Conclusiones

Hola a todos:

He pasado unos días en una especie de “UCI” emocional. Terminaron las oposiciones y algunas cosas me pasaron factura, a destacar:

  • Una rebaremación.
  • Estudiar y trabajar a la vez.
  • Mis dificultades para organizarme, que son más que notables.
  • El mareo administrativo: ahora convoco, ahora no convoco, ahora no hay presupuestos, ahora cancelan las demás comunidades…
  • Mi cambio de especialidad a dos meses de la prueba como consecuencia de los factores anteriores, por aquello de figurar en dos bolsas en lugar de en una.  Imaginad el estrés.

Me encontré con una nota que no fue nada buena en esta segunda especialidad y, con la anterior, retrocedí tantos puestos que es imposible que me llamen por Primaria, PERO… parece que mi apuesta no fue tan mala. Por la otra lista, a pesar de mi mala calificación, es muy probable que me llamen. Paradojas agridulces de la vida. Yo inicialmente me veía fuera del sistema y parece ser que aún puedo dar batalla dentro de la pública, aunque entre a trabajar más tarde que en los cursos anteriores.

No obstante, tuve que rumiar mi disgusto. Pasé dos semanas sin querer ver a nadie, profundamente agotada de todo y muy triste, creo que la sombra del desempleo es una de las cosas que más miedo me dan en esta vida (será que llevo una década luchando contra él con un éxito… discutible). Al fin y al cabo, trabajé siete meses en el curso 2015/2016 y el curso 2016/2017 entero, pero la cuestión es resistir y seguir sumando antigüedad hasta que lo mande todo a la mierda me haga con la plaza.

Con todo, no las tengo todas conmigo. Así, quiero retomar inglés y comenzar con otros dos idiomas que no comentaré aquí ya que, por desgracia, el nivel de competitividad es tal que no quiero dar ideas. Por ello, tampoco comentaré en qué otra especialidad me he metido.

Por otro lado, a la vuelta del verano, quiero:

  • Recopilar mis relatos y ver si puedo moverlos.
  • Retomar un proyecto literario muy gordo que dejé colgado (puede que salga algo, puede que no).
  • Retomar la operación “vida sana” en condiciones.

La dieta se me echó un poco a perder en los meses previos a la oposición, pero ya puedo volver a comer casero. En cuanto al deporte, me siento muy orgullosa de poder decir que estoy a punto de cumplir un año como practicante de Kung Fu. Me supuso una vía de escape muy importante para el estrés tan severo que tuve este año, ya no por trabajar y estudiar a la vez, sino porque me tocó un destino muy muy complicado que demandaba muchas horas de trabajo en casa y no menos desgaste emocional. De paso, me ayudó a generar un hábito saludable (jamás había tenido yo hábitos deportivos), evitó que la ganancia de peso con la oposición fuera mayor y… consecuencias inesperadas (guiño, guiño, risa maligna):

      • Parece que no, pero tener casi tres cinturones, aunque es una puta mierda un nivel bastante escaso, te da algo más de seguridad a la hora de lo que pueda pasar (al menos sabría hacer algo… y nadie se lo espera).
      • De pronto pego unas ostias cojonudas he desarrollado mucha más fuerza en brazos y piernas que, digo yo, no está tan mal. Si soy una tía grande y no puedo evitarlo, mejor que me mueva con agilidad… y para poder hacerlo, es preciso estar lo suficientemente fuerte para manejar mi estructura, ya que nunca seré una “flor de pitiminí” (ni quiero). PD: Hablo de estar fuerte, no de “echar bola”. Con el tiempo aprendes que es casi imposible que eso lo desarrolle una mujer, a menos que ella lo busque con muchas ganas.

Me quedé con las ganas de haber terminado el relato vacacional del año pasado. Quizá lo haga, tengo las fotos y mis anotaciones en un cuadernillo, pero se me va a acumular el trabajo… pues este verano tengo previsto ir a Tailandia y, si hay suerte, me acercaré también a Marruecos para visitar a mi querida amiga norteamericana (¡esa Miss Beaton!)  la chica que estuvo unos meses acogida en mi casa, que vuelve a estar cerca por motivo de sus estudios.

No puedo olvidar, antes de cerrar este resumen, lo importante que fue obtener mi “L”, esa letra que me permite conducir y que representa el haber vencido una fobia de muchos años, esa letra que me abre posibilidades laborales y personales y, sobre todo, que me permite dar en las narices a esas personas que me ridiculizaron por no tenerla.

¿Sabéis? El trabajo es importante, pero no lo es todo. Hay mucho en mi vida que me hace feliz y, lo más importante, si echo la vista atrás, la mejor decisión que pude tomar fue cambiar de ciudad; mi vida ha ido prosperando desde entonces, tanto en lo sentimental como en lo literario y laboral. No puedo quejarme.

¡Un abrazo a todos!

 

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Te quería llamar

Yo reconozco que hace mucho tiempo que no te llamo, pero te quería llamar. Siempre te he apreciado, no lo dudes, somos amigas de toda la vida. Hemos compartido muchas cosas buenas y malas y siempre hemos estado ahí, aunque fuera en la distancia y aunque, por cosas de la adultez, ya no nos viéramos tan a menudo y los teléfonos casi hubieran dejado de sonar…

Supe lo que te había pasado este viernes. Te juro que he estado pensando en ti cada minuto durante estos días y en lo mal que debías sentirte, pero he estado liadísima. Es lo que tiene ser emigrante; sólo veo a mi gente durante los fines de semana.  Además, te reconozco que también me daba un poco de reparo: no quería ser inoportuna, ni  preguntarte sobre asuntos desagradables;  sé lo mal que lo pasas si alguien te ve llorar, nunca he sido hábil consolando a la gente…   y tampoco me parecía lógico tratar de animarte y acabar las dos llorando juntas.  Siempre te he visto tan fuerte que me dije “mejor dejo que se recupere estos días y ya la llamo cuando se encuentre mejor”.

Sin embargo, llegó el lunes y con él la vergüenza de no haberte llamado antes. Por eso decidí escribirte. No te creas que no me supuso esfuerzo, me tocó encarar que quizá no había hecho lo correcto. Mi consuelo era recordar que siempre has sido una persona muy sociable, con un montón de amigos, e imaginaba que, pese a que quizá hubieras podido estar dolida por mi silencio, a buen seguro tu teléfono no habría dejado de sonar. Incluso creía que era posible que ya estuvieras harta de tantos buitres;  ya sabes, esa gente que aparece a patadas para comunicarse contigo sólo cuando estás mal, que se alimentan de la desgracia ajena.

Jamás hubiera anticipado que irías a reaccionar así. Jamás amenazaste con aquello. Lo que has hecho parecía más propio de mí, que me pasé años sufriendo de ansiedad y depresión, tantos, que decidí guardar silencio y dejar de llamar la atención. Intuyo que siempre pensaste eso de mí: que decía esas cosas para llamar tu atención. Por eso quizá, aunque es la primera vez que caigo en ello, dejé de llamar por teléfono y casi también de escribir. Estaba acostumbrada a comunicarme demandando consuelo, sin reparar en las necesidades de los demás. Me sentía egocéntrica y fui aprendiendo a guardar silencio, pero me temo que no aprendí a detectar cuándo los demás necesitaban algo de mí.

¿Qué pasó por tu cabeza? Con lo pendiente que sueles estar de las redes sociales, empecé a temer cuando vi que pasaban las horas y ya nunca apareció el doble check azul…

Volví a plantearme llamarte y, de nuevo, no lo hice porque temí que te hubieras enfadado de verdad conmigo y tampoco sé gestionar la ira del otro, sobre todo cuando me importa.

Esa noche me llamó tu madre… y creo que no volveré a dormir. Nunca.

Por favor, perdóname.

***

He escrito este texto porque vengo notando desde hace un tiempo que las personas no sabemos reaccionar cuando alguien que nos importa se siente mal, sobre todo si el problema es de verdad grave y si esa persona nos parece psicológicamente “fuerte”. Por eso tendemos a huir y nos justificamos alegando que podemos resultar inoportunos, pero realmente nuestra reacción es una mezcla de cobardía y falta de herramientas para gestionar un mal estado anímico ajeno. A veces no tenemos el poder de consolar al otro, de animarle… pero eso no significa que no sea importante que estemos allí. La presencia cercana de alguien querido consuela por sí misma o, al menos, evita que el afectado se sienta abandonado a merced de sus problemas (o solo con sus mierdas, elige la frase que más te guste).

También he escrito el texto porque veo que con la edad la amistad se va devaluando. Va de la mano del aumento de las responsabilidades: la gente está cada vez más ocupada con sus trabajos y sus familias y puede acabar resultando imposible no descuidar a los amigos. Caemos en el error de percibirles como un gasto de tiempo y energías a cambio de nada. Olvidamos a menudo que la amistad es la familia que se elige y a veces es lo que queda cuando todo lo demás falla.

Aunque sea un insulto a la inteligencia del lector el dar moralejas, me voy a permitir en lujo de dar alguna en esta ocasión:

  • Si ves que alguien cercano sufre, ve a verle.
  • Si no puedes verle hoy, intenta verle mañana.
  • Si no, esta semana.
  • Si realmente no puedes en una semana, llama.
  • Si no puedes llamar, haz una videoconferencia…
  • Y, si realmente no te queda otra posibilidad (toca examen de conciencia) entonces escribe un mensaje de texto lo más personal, extenso y cercano posible, pero bajo ningún concepto te quedes sabiendo que alguien querido lo pasa mal y no has hecho nada porque te ha parecido más sencillo esperar a que la tormenta pase. 

Que conste que esta moraleja también me la tengo que aplicar yo. Los medios de incomunicación nos han hecho más vagos.

PD: También he querido reflejar que muchas veces no es la maldad sino la ignorancia o el estar devorados por nuestros propios problemas la que nos lleva a descuidar a nuestra gente.

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Sueños

 

_¡Ojalá fuera rica!

_Ese deseo es más viejo que el cagar, Martina.

_No es más que la verdad – suspiró, mirando con asco su plato de pasta precocinada del bazar- fíjate, con esa costumbre tuya de venir semanalmente a mi casa, vas a morirte de cáncerdesida por tanto glutamato –

_Y crees que si fueras rica comerías mejor – comentó Luis, entre risas.

_¿Lo dudas?

_Estoy convencido de que no. Las personas se distinguen por sus defectos y entre los tuyos está el ser una embajadora del caos.

Una simple ojeada a la cocina daba la razón a su invitado, pero ella se mordió la lengua. El colega era así, graciosete, y así había que quererle.

_Bueno, siempre puedes intentar hacerte rica con tus cuadros.

_Sí, porque desde luego sirviendo cafés en la cantina del instituto no va a ser.

_Debes pensar en tu gran obra.

_Lo primero que debo plantearme es si de verdad tengo talento. Cobrar una media de 200 euros mensuales malvendiendo mis obras por Internet no me hace creerme la nueva Dalí.

_ Hay quien no vende nada. Además, si te sirve de consuelo, el talento es algo que se suele valorar de modo póstumo.

_A menos que tengas padres o abuelos – rió Martina, con cierta amargura – lo que no es precisamente mi caso.

_Volvamos a lo esencial. Quieres dinero ¿no?

_Me es imprescindible para vivir como quiero: libre, sin pedir favores, sin depender de nadie, viajando, disfrutando de la vida.. –

Luis bostezó y decidió tumbarse en el sofá. Había confianza. Martina, sin embargo, no podía permanecer quieta en un mismo punto.

_Dicen que todo el mundo puede ser rico si se lo propone y que, para ser feliz, sólo basta gritárselo fuerte al universo…

_Sí, se dicen muchas gilipolleces – le interrumpió, exasperada, mientras se encendía un cigarrillo y comenzaba a fumarlo medio asomada a la ventana.

_¿En qué eres mejor que los demás? ¿Te lo has preguntado?

_Había una vez un artista que era genial dibujando un jarrón. Llevaba cuarenta años dibujando de mil modos el mismo jarrón, día tras día…

_Qué cachonda.

_¿No es esa la gente que triunfa, la que alcanza la maestría siendo perseverante? Miento, hay dos modos de triunfar, o bien siendo excelente, una cualidad con la que casi se nace, o siendo perseverante. Eso sin incluir las rodilleras, claro. ¿Y qué pasa cuando no eres ni lo uno ni lo otro y tampoco eres de usar rodilleras? Que te dan por el….

_Anda, anda, eres una chica fina, reprime esas palabrotas, que pareces un arriero. Cierra los ojos, hazme el favor.-

Ella enarcó una ceja.

_Ciérralos y escúchame. Verás, no soy Luis, ese colega al que cebas a fideos chinos, sino algo así como un fantasma de Dickens o, mejor aún, un cruce entre fantasma de Dickens y genio de la lámpara. Vengo a concederte un deseo, antes eran tres pero hasta los genios estamos en crisis. Y sí, sé bien que estás lo suficientemente leída como para saber que cuando aparece un genio que te concede deseos, está a punto de complicársete la vida. Voy a volvértelo a preguntar ¿tu deseo es ser rica? –

A Martina le dio un ataque de risa, pero continuó con los ojos cerrados.

_¡Pues claro!

_Cuando abras los ojos te vas a encontrar en otra cama, en otra casa y en otra vida, pero esto tiene truco: sólo durará una semana. Así podrás poner a prueba tus propias convicciones.

_No me digas que has tenido una charla con el universo. Yo te invité a fideos para comerlos, no para fumártelos.

_Abre los ojos.-

*

Cuando despertó, su amigo Luis no estaba ahí. Volvió a cerrar los ojos. Menudo sueño. Cada día tenía unos sueños más extraños.

La alarma volvió a sonar. Abrió los ojos de nuevo y reparó en que eran las doce. Se incorporó de la cama de un salto. No tenía idea de qué día era, ni de la semana ni del mes. Tal vez hubiera debido estar trabajando y se había quedado dormida.

Entonces se dio cuenta. Aquella no era su habitación. La cama era el doble de grande que su cama. Los muebles no eran los de su piso de más de cuarenta años. De hecho, los muebles eran sorprendentemente nuevos y coloridos, aunque elegantes. El cuarto era amplio y el armario empotrado. Junto a la cama tenía un ventanal que daba a una terracita. También había una puerta que daba a un cuarto de baño.

_No es mi casa – tembló – y tampoco la de Luis. ¿Dónde estoy?.-

Miró su ropa. Ella normalmente dormía en cueros o, como mucho, con una camiseta vieja. ¿Qué hacía con ese pijamita tan cuqui de raso blanco? Ella no utilizaba esas cosas ni cuando decidía hacerse acompañar por un maromo alguna noche.

Decidió aproximarse con pasos cortos al espejo de la habitación, temiendo que la imagen del reflejo no se correspondiera con la suya. Sin embargo sí, era ella. Una “ella” con un pijama cuqui, unas uñas arregladas y una melena sin puntas abiertas, sin raíces blancas y con mechas.

Se encogió de hombros. Recientemente habían empezado a salirle canas. Había decidido no teñírselas, al menos, no de momento. Le parecía que dejarse envejecer era propio de tener más personalidad pero, a la vista de aquella realidad alternativa, parecía que la causa de fondo era la de tener menos dinero. Un autoengaño como otro cualquiera.

De pronto, la asaltó un pensamiento. En otras circunstancias, le hubiera apetecido echarse un cigarro, pero aquella versión adinerada no sentía deseos por fumar.

Escuchó una melodía. La llamaban al móvil. Su móvil no era su móvil, pero al menos esa melodía de llamada parecía conectarla consigo misma. Sus gustos musicales permanecían. Descolgó.

_¿Qué te parece tu nueva realidad?

_Me parece que estoy soñando y que volveré a despertar en lo que entiendo que es la realidad.

_Ocurrirá, pero en una semana, como te dije. Tómatelo como un sueño algo más largo de lo normal, será lo mejor.

_¿Qué día es hoy?

_Miércoles.

_¿Hora?

_Doce y diez de la mañana. Caramba, creí que habías mirado el despertador.

_Me temo que me van a despedir del trabajo.

_No te preocupes, esta versión tuya no trabaja. Se dedica a disfrutar de la vida.-

La llamada se cortó.

*

_¡Sigue contándome, petarda! ¡Esto de protagonizar los sueños de una mujer me pone! ¿Cómo era tu versión millonaria?

_ Insoportable, definitivamente insoportable – protestó, desplomándose despatarrada en el sillón.- Hay cosas de pija que nunca hice, eso sí, como hablarle mal a los camareros, pero mi ropa parecía robada a una militante del pepé; mis amigos eran estirados y estúpidos; viajaba mucho menos de lo que creía; hacía, en general, mucho menos de lo que imaginaba… y al final seguía creyendo que mi vida era un desastre. Tenía un montón de tiempo libre que empleaba en atormentarme con mis propios pensamientos, seguía fastidiada porque apenas se vendían mi cuadros y ¿sabes qué es lo peor?

_Confiesa – preguntó Luis, entre risas.

_Que, a pesar de ser infeliz, mi mayor preocupación era no regresar a esta realidad, no volver a ser pobre. No era feliz, pero sí me sentía liberada de ciertos miedos y aquella versión mía parecía preferir la paz a la tranquilidad.

_¿Y qué intentabas?-

Martina sonreía al recordarlo. A veces los sueños son muy estúpidos.

_ Invertir. ¡Con lo nula que soy para eso! Pero en mi sueño pensaba que, de algún modo, ya que el dinero habría de desaparecer al cabo de una semana, tal vez si adquiría propiedades, compraba acciones, qué se yo, lo que generasen los intereses de ese dinero permanecería. Ten en cuenta que tenía un techo propio, un coche, y que vivía de las rentas. Desde esa realidad se hacía duro, y no te ofendas, vivir en una casa alquilada que se cae a pedazos, desplazarse en metro y madrugar cada día para ir a un trabajo en el que te faltan el respeto y apenas te permiten ir al baño o comer en condiciones.

_ Pero la cruel realidad se abatió sobre pobre Martina – remató su amigo, intentando emular una voz barítona de narrador – y un triste día ella volvió a despertar entre las sucias sábanas de su hogar vallecano.

_ No tan sucias – gruñó.

_ Prefiero no indagar.

_ … pero qué difícil es dejar un privilegio cuando lo has tenido ¿verdad?- suspiró, con la mirada perdida – ¿Cómo una va a dejarse esclavizar de nuevo cuando ha experimentado una etapa en la que disfrutaba de derechos e, incluso, de una ilusión de libertad?

_ Podría haber sido peor. Podrías haber soñado que tenías talento, obtenías reconocimiento a tu trabajo y vendías cuadros por montones y que luego, de repente, ese talento desaparecía o dejaba de ser reconocido y te tocaba regresar a la mediocridad de tu vida…-

Se hizo el silencio. Ella continuó fumando. Esta nueva versión suya fumaba más aún. 

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Las cosas del hablar

No es lo mismo (con perdón de Alejandro Sanz):

  • No es lo mismo hablar en privado que en público.
  • No es lo mismo expresar diversidad de ideas que atacar.
  • No es lo mismo usar un vocabulario que otro.
  • No es lo mismo alcohólico que borracho de mierda.
  • No es lo mismo drogadicto que puto yonki.
  • No es lo mismo fumador que gilipollas que invierte sus cuatro duros en provocarse una enfermedad.
  • No es lo mismo obeso que zampabollos que sólo sabe atracar la nevera, ya sea por enfermedad o por puro vicio.
  • No es lo mismo alguien que sólo se hace daño a sí mismo que un terrorista asesino.

Da igual la alegoría que queramos usar. Vivimos en unos tiempos en los que cualquier razonamiento o metáfora parecen peligrosos. La sombra de la censura planea sobre nosotros y parece que cualquier cosa puede volvernos objeto de escarnio… pero todo puede decirse sin agresividad, con educación. Evitar la violencia verbal es gratis y respetar a los demás facilita mucho la vida.

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El PCDLC (el inesperado desenlace)

¡Hola a todos!

No hace falta, creo yo, que vuelva a justificar todo el tiempo que llevaba sin escribir: estoy hasta arriba de trabajo, estoy lidiando con la oposición y… algo que tenía en secreto, pero que ya puedo revelar: estaba luchando por el carné de conducir.

Quienes habéis visitado este blog desde sus comienzos es probable que recordéis esa historia de cómo desarrollé pánico al PCDLC. Refresquemos la memoria: Puto Carné De Los Cojones.

Long time ago, far far away, en otra vida incluso, gasté mucho dinero (más que el Máster de RRHH que había cursado por esa misma época) y pasé muchos malos ratos en vano intentando conseguir el dichoso permiso. Es increíble lo que la sociedad penaliza no tenerlo.

Quien necesite refrescar la memoria, puede pinchar este enlace, pues no voy a volver a contar lo que ya he contado antes, sobre todo porque esta entrada pretende tener un tono muy distinto. Y a quien no la quiera refrescar, se lo resumo así, en términos muy físicos: noches sin dormir, corazón desbocado, lágrimas con mencionar el tema o incluso al volante, tensión muscular, dolores, autoestima a la altura de los tobillos … llámalo angustia, fobia, ansiedad, como gustes. Se convirtió en una pesadilla y parecía que cuanto más sufrimiento me suponía:

  • Más gente me preguntaba por el asunto y me hacía ver lo imprescindible que es; haciéndome ver lo imposible que me iba a ser trabajar y vivir sin él.  Me pregunto cuántos de ellos me preguntarían desde la buena fe y cuántos lo harían para menospreciarme, para situarse, de algún modo “por encima” de mí. A veces los problemas propios suben la autoestima ajena.
  • Más gente menospreciaba el tormento que me suponía o incluso a mí, directamente, porque se supone que “es fácil” y que “todo el mundo lo tiene”.
  • Más difícil veía yo conseguirlo.

¿En qué condiciones decidí retomar esta tortura?

  • Cuando comencé a tener un sueldo digno. Hasta aprobar la oposición, no había tenido un sueldo que diera para vivir ni un trabajo con derechos. Para sentirme mejor me era imprescindible pensar que era algo que pagaba de mi bolsillo, que nadie pudiera echarme nada en cara. Me habían echado en cara demasiadas cosas.  En su día me parecía imposible conseguir trabajo para tener el carné pues, al no tener carné, parecía imposible a su vez conseguir trabajo… pero tener éxito en la oposición rompió ese círculo vicioso.
  • Cuando pasó a ser un modo de mejorar mi vida, pero no una necesidad imperiosa u “obligación”. Almería, mi ciudad natal para quien no lo sepa, está fatal comunicada, pero ese no es el caso de Madrid. El curso pasado pude trabajar en una localidad de zona norte, casi en Burgos, viviendo yo en una localidad de zona sur y, aunque me suponía cuatro horas de transporte entre las dos de ida y las dos de vuelta, no estaba en una situación en la que me fuera imposible ir a trabajar, como si me hubiera podido pasar en Almería.
  • Cuando tomé conciencia de que mi chico y yo estamos solos en Madrid. Al no tener ni él ni yo familia aquí, estábamos potencialmente solos ante una emergencia. Ojo, no hablo de que sea imprescindible tener un conductor, en Madrid no lo es, pero puede ser una ayuda MUY importante ante muchas situaciones. Por ejemplo, que (dicho por él mismo) “algún imbécil se rompa el tendón del hombro en una despedida de soltero tipo Humor Amarillo en Salamanca y no pueda conducir de vuelta a casa “.
  • Cuando no lo iba a saber ni mi sombra y la poca gente que lo pudiera saber no iba a estar preguntándome todos los días cuántas clases llevaba, cuántos intentos, cuándo iba a volver examinarme… esas cosas tan cotidianas, tan bienintencionadas incluso, pero que duelen tanto cuando alguien tiene una dificultad semejante.
  • Cuando vi que en casa iba a tener apoyo, no reproches. Y me refiero a ningún tipo de reproches: ni por dinero gastado, ni por meses en el tema, ni por número de clases dadas… lo que viene siendo el contexto de cariño, apoyo y calma que hubiera necesitado la primera vez. Hablando abiertamente, la persona que tanto daño psicológico me hizo ya no me lo iba a volver a hacer.

Pero todos sabemos que una cosa es emprender un camino y, otra, permanecer en él hasta el final. ¿Qué factores me han ayudado a perseverar?

  • Un buen profesor. Puedo hablar con conocimiento de causa, porque he pasado por tres profesores. El primero era un chaval joven, buen docente y buena persona, que había sido compañero mío en el colegio. Con la distancia que dan los años pienso que, quizá, sólo quizá, no sabía lidiar con alumnos tan ansiosos como era yo en ese momento pero, por otro lado, mis condiciones de entonces eran infinitamente peores que las que he tenido ahora. No le culpo en absoluto y me apena no poder comunicarle que ya he superado ese trauma pues, lamentablemente, ese joven compañero de colegio acabó con su vida hace unos años. Sé que se hubiera alegrado mucho por mí.  En cuanto al segundo profesor, es alguien de mi nueva etapa. Veréis, yo elegí autoescuela antes de tener destino este curso, por lo que elegí una autoescuela de Madrid capital, desde la lógica de “si he de mudarme, Madrid centro pilla a la misma distancia de todas partes”. También es cierto que tiene unos precios muy muy competitivos y que ofrecía la posibilidad de sacar el carné sin asistir a las clases teóricas, desde casa. Pensad que, tras una década, yo había perdido hace años la nota del teórico; tenía que aprobarlo de nuevo. Pero ese no es problema: el teórico lo saqué a la primera en esta segunda ronda. El problema es que mi segundo profesor, a quien no considero mal hombre, no tenía paciencia para tratar con alguien tan ansioso y traumatizado con el asunto como yo. Hablando en plata, no puedes corregir a una persona ansiosa a gritos. Como al final me tocó un centro educativo en la misma localidad en la que resido y no estaba para perder el tiempo yendo a y  viniendo de Madrid, localicé la autoescuela más cercana a mi domicilio, aunque me supusiera pagar una especie de penalización y empecé de cero con otro profesor. A este señor le debo muchísimo. Suele contar  que tantos años al volante tratando con gente le han hecho muy psicólogo, y realmente es así. En mi caso, ha tenido que saber gestionar que me sentara como si estuviera momificada (rígida total de brazos y piernas, con las consiguientes dificultades), “desconexiones súbitas de cerebro” (cuando fallas algo que sabes hacer), combos de ansiedad (fallas una vez y entonces fallas cuatrocientas más), ataques de saturación (con llantos incluidos)… y me hizo ver gradualmente cosas muy significativas. Lo primero, hacerme notar que conducía mejor cuando estaba hablando y distraída que cuando iba “atenta” y  con la ansiedad de hacerlo bien. Podía hacerlo, pero sólo parecía capaz de lograrlo cuando no estaba ansiosa por lograrlo. Eso me hizo ir cogiendo confianza. Lo segundo, me demostró que era contraproducente castigarme a clases dobles. Yo iba con la mentalidad de lograrlo cuanto antes, pero no iba a lograrlo si me dedicaba a tener sesiones de conducción eternas y frustrantes. Lo tercero fue adquirir la capacidad de sobreponerse al error. Normalmente un error no te arruina el examen (salvo que sea una falta de las serias) pero una cadena de errores sí puede hacerlo. Para ello tocó entrenarme, poco a poco, a “quitarme de la cabeza” el error que acababa de cometer, respirar hondo y vivir el presente; porque si el error seguía en mi cabeza, empezaba a cometer más y más errores. Todo ello lo hizo siempre desde el respeto, jamás me dio la sensación de que me menospreciara por el trabajo que me estaba costando.  Al contrario, diría que nos hemos tomado aprecio y que ya nos ha faltado irnos de cafés, pues tantos meses dando clase dan para muchas charlas, un aspecto (el afectivo, el sentirse en confianza) que también es importante para quien llega tan herido a las clases como llegué yo: que haya una buena sintonía con el profe que te toque.  Otra cosa que admiro ha sido su habilidad para ajustar la clase a mi estado anímico del día. Parecía saber instintivamente cuándo podía meterme por lugares más complicados y cuándo era mejor que no me pidiera maniobras exigentes. Mucho de mi éxito actual ha sido logro suyo. Sin ser psicólogo, me hizo una auténtica desensibilización sistemática, el tratamiento que emplean los terapeutas para superar las fobias.
  • El apoyo de Noel. Porque, aunque yo ya no tuviera a nadie que me hiciera reproches, yo a estas alturas ya estaba programada para hacérmelos a mí misma: estás tardando mucho, llevas mucho dinero gastado, no avanzas, no te lo vas a sacar en la vida, eres demasiado torpe para esto, estás perdiendo tiempo de estudio, o, incluso, a lo mejor una persona tan despistada y ansiosa como yo no debería conducir porque el coche es una auténtica máquina de matar, etcétera… varias veces, sobre todo después de algunas clases que se dieron especialmente mal, estuve a punto de dejarlo, y me supo reconducir para que no lo hiciera.
  • Admitir la influencia de la ansiedad en mis resultados. El día anterior al examen hice una clase nefasta, con desconexión del cerebro incluida. Decidí olvidar cómo se aparca en línea, cuando llevaba meses haciéndolo correctamente. De ahí el profesor me hizo ensayar un montón de veces cómo rectificar la maniobra si tomaba mal la referencia, lo que me resultó muy angustioso. Sin embargo, esa fue la maniobra que me dio el aprobado en el examen, lo que explicaré más adelante. Siendo consciente de ello, pedí ayuda médica (primera vez que tomo algo para la ansiedad), no estudié nada el día anterior (no hubiera podido), me fui al entrenamiento de Kung Fu la tarde anterior y entrené a fuego (la actividad física es mano de santo para poder dormir bien), tomé además una tila antes del examen (recordemos que la tila me ayudó mucho con las oposiciones en 2015) y, no pudiendo ir a pasear por culpa de la lluvia entre las 7 y las 10 de la mañana (el tiempo que estuve en la DGT esperando mi turno de examen) me fui a hacer varias veces la primera forma de la Siu Nim Tao a los baños, por lo que si hay cámaras ocultas alguien se habrá cachondeado  de mí pero bien. Esto tiene sentido: es un modo de moverse, soltar así la tensión, dejar la mente en blanco y respirar hondo. Yo no tengo capacidad de hacer Mindfulness/Meditación en completa quietud, así que eso es lo más parecido que he aprendido a hacer y, si a mí me sirve ¿qué hay de malo?.  La ansiedad es un monstruo que no siempre somos capaces de gestionar solos. Si hace falta ayuda externa, hay que pedirla; sin menoscabo de desarrollar estrategias internas, que son las que servirán a largo plazo.

Vayamos a la última pregunta: ¿Qué pasó el día del examen?

  • El día empezó mal. Llovía. Me tocaba salir en cuarto lugar (cuarta persona de cuatro que llevaba mi profesor) y saber que los tres que iban delante de mí habían ido suspendiendo no era algo que ayudara mucho, como no ayudaba estar esperando de 7 a 10 y pico de la mañana. Para colmo, escuché hablar a unas muchachas de que, según ellas “todo el mundo sabe que en Toledo es más fácil”.
  • Presencié el tercer suspenso. El muchacho realmente no iba en condiciones de hacer el examen, le habían faltado clases, pero la maniobra que le llevó al suspenso fue eliminatoria: hizo un giro a la izquierda sin ceder a los que venían de frente, por lo que el profesor tuvo que clavar freno con todos sus reflejos, porque hubiéramos podido tener un accidente cojonudo. A mí me tocó relevarle tras semejante susto y los nervios de la situación, aunque no fuera mi error, me calaron.
  • El examinador no era precisamente la alegría de la huerta: aún reconociendo que los examinadores deben mantenerse en su rol, para ser imparciales, me parece lamentable que entren sin decir su nombre y que sean tan tajantes en sus contestaciones. Cuando el chaval que iba antes que yo cometió el error que le costó el examen, el chaval dijo humildemente: “Tiene razón, ha sido culpa mía”. ¿Qué hace el examinador? ¿animarle? ¿consolarle? ¿ser cortés? No, le suelta un “pues claro que ha sido culpa suya”. Al menos, porque todo hay que decirlo, no nos hizo preguntas de mecánica, no nos metió por lugares especialmente complicados a mi entender y no nos castigó con los diez minutos de conducción libre que se estilan desde los últimos cambios en este examen. Con lidiar con esos ratos de lluvia y sol, pon y quita los limpias, pon y quita las luces, ya teníamos bastante.
  • Según empezó el examen, me piden que estacione… y yo, que tenía la clase del jueves previo grabada a fuego en mi cabeza, lo primero que hice fue equivocarme con las referencias, exactamente del mismo modo en el que me equivoqué en esa clase catastrófica previa. Lo bonito del asunto es que había ensayado cómo salir del brete, eso sí, con medio millón de maniobras: volante a la izquierda, volante a la derecha, volante a la izquierda, volante a la derecha, espejo izquierdo, espejo derecho, no le des al coche, no le des al coche, no le des al coche… a todo esto, viendo con el rabillo del ojo a mi profesor con los pies en los pedales por si debía frenar en seco. Pues bien 1) mi profesor no llegó a pisar los pedales (¡gracias infinitas!), 2) el examinador, a pesar de la mala pinta que tenía ese estacionamiento, aguantó respetuosamente hasta que terminé la maniobra (¡gracias también! al César lo que es del César)  y 3) contra todas las apuestas, fui capaz de terminar exitosamente la maniobra. Tras eso me relajé, sabiendo que había pasado lo peor, y me vine arriba. Parecía tener de pronto una voz interior que me iba diciendo qué tenía que hacer. En una ocasión, me salté deliberadamente un giro a la izquierda. Aunque no había una señal que me impidiera la entrada, vi a todos los coches aparcados de frente y desconfié, es decir, no fue un error, fue una estrategia: había alcanzado un estado mental que me permitía actuar estratégicamente, algo que hasta ese momento no había logrado nunca antes al volante. Luego estuve cerca de equivocarme siguiendo unas indicaciones, pero no lo hice y, ya en la DGT, a punto de dejar ya el coche, lo calé una vez, pero sin caer en esos bucles eternos de “si lo calo una vez, lo calo cuarenta veces”, tan típicos míos. Según paré y escuché decir “APTA” me quedé casi sin reacción.  Creo que mi cerebro tardó un par de horas en procesar la información; no podía creerlo. Tened en cuenta que, por increíble que os pueda parecer, para mí aprobar el examen de conducir era más difícil que aprobar una oposición. El profe me dio dos abrazos, se alegró un montón por mí. Me alegra haber podido corresponder a su paciencia y esfuerzos ayudándole a subir su moral: sé que es alguien que se preocupa sinceramente por sus alumnos y sé que le hubiera afectado que ese día hubiéramos suspendido todos.

El resto del día podéis imaginarlo: felicitaciones por Facebook, felicitaciones por móvil, ir a comer fuera y al cine para celebrarlo… y jugar un poco con el Seat León de Noel (ese sagrado Seat León que no deja a nadie) en la cochera, eso sí. Por cierto, que en primera sale como una bestia parda (he notado un montón la diferencia de motor) y me tendré que readaptar a los pedales.

Para la semana que viene tendré mi “L”, mi carné provisional y mi seguro y dentro de un par de semanas me turnaré con Noel en el clásico Madrid- Asturias  que hacemos para celebrar su cumpleaños. De hecho, me ha prometido que cogeré el coche un poco todas las semanas para no perder manejo, pues sabemos que hay mucha gente que consigue el carné pero después pasa mucho tiempo sin coger el coche y le pilla miedo. Al fin y al cabo, con todo lo que llevo superado, si me he animado a sacar el carné será para utilizarlo ¿no creéis?..

Ahora, a modo de conclusión, quiero dejar claro por qué me he molestado en escribir una entrada tan larga y por qué quiero hacerla pública:

  • En este mundo de postureo parece que todo el mundo se saca el carné con veinte clases y a la primera. Mentira.  No digo que no haya casos, pero según las estadísticas, en cada examen sólo aprueban el 46%, así que algo no cuadra… y se trata de una mentira que hace bastante daño a quienes no encontramos nada fácil la prueba.
  • Que el carné se dé mejor o peor no tiene nada que ver con la capacidad intelectual de la persona. Yo diría que tiene más que ver con la capacidad de estar atento, de controlar los nervios y de adquirir destrezas psicomotoras.
  • Las capacidades de la persona no tienen nada que ver con su valía. Esto vale para la capacidad de conducir y para cualquier otra. La valía de la persona la dan sus valores, su ética, no su capacidad de conducir, o de cantar, o de dibujar, o de sacar calificaciones excelentes.
  • No deberíamos asociar nuestras capacidades o nuestros logros a nuestra autoestima. Cada uno sabe las cargas que ha tenido que llevar. El “tanto tienes/ tanto logras, tanto vales” es una falacia enorme.
  • El entorno es importante. Una misma persona, en situaciones distintas y con influencias diferentes, puede obtener resultados muy distintos. A las pruebas me remito. En mi primer intento, aprobé el teórico a la segunda y me examiné infructuosamente ocho veces del práctico. Ahora, tanto el teórico como el práctico los he sacado a la primera, si bien no han sido precisamente en veinte clases ni en cuarenta. Tampoco importa. Esto nos lleva al tercer punto.
  • El carné es lo de menos. Sigo pensando que el coche es una máquina de matar. Lo importante no es dar el número mínimo de clases para aprobar. Lo importante es salir a la carretera sin ser un peligro público: pues puedes matar a otros y a ti mismo.
  • Conozco al menos a tres personas que compartían fobia conmigo. Digo “compartían” porque quiero hablar en pasado de mi fobia. Una vez en clase mi profesor me dijo que quería lograr que disfrutara de conducir y yo le respondí que si lograba que dejara de odiarlo ya era un buen triunfo. Profe, lo has conseguido. Ya no lo odio y, quién sabe, quizá algún día hasta me guste. Y esto es enorme. De estas tres personas que comparten fobia (amaxofobia, siendo precisos) dos de ellas no han podido examinarse o volver a examinarse del carné y la tercera aprobó, pero nunca fue capaz de coger el volante después de haber aprobado. Además de para dar las gracias a quienes me han apoyado (algunos mencionados aquí, otros no), quería contar cosas útiles para estas personas y para quienes puedan estar pasando por una situación parecida a la mía. Me gustaría dar esperanza (pero esperanza basada en consejos concretos), ayudaros a recuperar la autoestima con un testimonio sincero y, si no queréis enfrentar esa fobia por las razones que sean, deciros que me seguís mereciendo el más grande de los respetos. Uno de nuestros principales derechos es el derecho a escoger a qué batallas nos enfrentamos y cuáles rechazamos. Que nadie os haga sentir mal. Que nadie os lo quite.

¡Abrazos a todos los que hayáis llegado hasta el final!

¡Saquemos el lado rocker!

 

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La escultora

La escultora (ficción):

Hay algo mágico en las manos cuando danzan sobre una masa informe y, de pronto, brota una figura. Es imposible no pensar en Buonarroti cuando decía que su don no era tallar el mármol sino extraer la obra de arte que se encontraba dentro. Sin embargo, aquel famoso escultor liberaba a sus esculturas de lo sobrante a golpe de cincel, con cierta violencia. La escultora, por el contrario, parecía acariciar la arcilla y esta, dulcemente, adoptaba la forma que conviniera a sus deseos.

_¿Quieres mirar? Acércate, ya está casi acabada_ dijo invitándome.

Yo, a mis escasos ocho años, ya distinguía entre la excéntrica hermana de mi madre, la contrabandista de golosinas con la que compartía toda clase de confidencias, y la misteriosa artista que se encerraba horas y horas en soledad, exigiendo no ser molestada, y que así permanecía sin necesidad de comer o dormir hasta que abandonaba su encierro con la frente llena de arcilla y una sonrisa satisfecha…o con lágrimas amargas de frustración.

Dando pequeños pasos, entré en el sancta sacntorum. Nunca me había atrevido a hacerlo porque sospechaba que si por juego o accidente rompía algo, podía quedarme meses y meses sin asignación, además de convertirme en el objeto de una ira terrible. Por eso, cuando me invitó a pasar, llegué casi de puntillas, con una mezcla de temor y reverencia.

Contemplé la figura. Estaba aún húmeda pero se distinguía con toda claridad a una bellísima mujer desnuda.

_ ¿Te gusta?_ me preguntó.

_ ¿Cómo no, tita?- repliqué incrédulo, creyendo en verdad que era imposible que aquello no le gustara a alguien.

_ ¿Qué te parece que es?

_ Es una chica desnuda_ contesté_ parece un hada de cuento… – añadí, porque mi anterior frase me parecía poca cosa para un momento que se me antojaba tan solemne.

_ ¿Por qué te parece una chica?-

Guardé silencio un instante.

– Tiene pechos.-

Ella tomó de la mesa uno de sus artilugios para modelar. Para mi consternación, cercenó sin piedad los dos pechos de la figura. Yo contuve un grito. Con la de tiempo que dedicaba mi tía a sus esculturas, no daba crédito a que mutilara así su propia obra.

_ ¡Qué pena! ¡La has dejado fea!

_ ¿Tú crees?_ se rió_ yo ahora tengo una duda. Decías que mi escultura era una chica porque tenía pechos. Ahora que se los he quitado ¿sigue siendo una chica?_

Pensé entonces en que en la escuela me habían hablado de que una mujer por ciertas enfermedades podía acabar sin un pecho o sin ambos. Me sentí culpable por haber llamado “fea” a la escultura, incluso aunque mi tía no me hubiera hecho ningún reproche.

_ Sigue siendo una chica_ me atreví a contestar_ sólo que una chica sin pechos.

_ ¿Y cómo sabes ahora que es una chica?

_ Tiene el pelo largo, hasta la cintura…- iba a continuar con más cosas cuando vi que ella, con sus herramientas, comenzaba a destruir aquella hermosa melena.

-¿Sigues pensando que es una chica? – cantaba su voz, divertida, mientras le dejaba la cabeza tan huérfana como una oveja trasquilada – como ves, está pasando por la peluquería.

_ Ya no sé, tita – dije, sintiéndome algo estafado – porque iba a añadir que tiene las curvas de chica, pero creo que cada vez que te diga algo lo vas a cambiar o quitar. Al final no es una chica o un chico, es barro. Si te dijera que es un chico, no sé… ¡tal vez te daría por transformarla en un pato!_

Mi exasperación acrecentaba su humor, pero atisbé en su mirada un sentimiento de aprobación.

_ Exacto. Esta figura es barro. Mientras sea joven y blanda, podrá cambiar cuando yo quiera, pero si la pongo a secar bajo el sol, se hará mayor, se endurecerá y cualquier posibilidad de cambio pasará por romperse.

_ Oh._ susurré, sabiendo que algo se me escapaba.

_ Las personas somos parecidas a estas esculturas de barro. Los creyentes dicen que Dios es un escultor que modeló al primer hombre y a la primera mujer. Nos parecemos a mis esculturas en que con los años nos endurecemos y nos es más difícil cambiar, pero también en que aunque nos quiten un pecho, un brazo o una pierna, seguimos siendo nosotros mismos. Mas hay una diferencia…

_ Claro. Que estamos vivos – la interrumpí, con la ilusión de haber entendido algo.

_ Y como estamos vivos, somos nuestros propios escultores. Decidimos qué somos y qué vamos a hacer. Decidimos nuestro papel en el mundo a través de nuestro modo de actuar. Incluso ser un chico o una chica, signifique lo que signifique eso.

_ O un pato – reí.

_ O nada en absoluto, si decidimos dejar de ser – dijo, tirando su figura de barro al suelo, que volvió a transformarse en una masa informe.

Feliz día de la mujer. 

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Me han publicado dos problemas

¡Hola!

Reaparezco para contar que ya han sido publicados en la web de Ricardo Vázquez los problemas que hicimos los que participamos en el curso de didáctica de las matemáticas el pasado mes de noviembre en Fuenlabrada. Los míos se encuentran exactamente aquí, dentro del subapartado de sexto de Primaria. Son tareas competenciales dirigidas a trabajar el MCM y el MCD, dos cuestiones que suelen ser difíciles para el alumnado. Espero que os puedan ser útiles, tanto si sois colegas de profesión como si sois padres o madres con ganas de echar una mano a vuestros hijos.

Y ahora, vuelvo a mi tupper oposicional.

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