Las cosas del hablar

No es lo mismo (con perdón de Alejandro Sanz):

  • No es lo mismo hablar en privado que en público.
  • No es lo mismo expresar diversidad de ideas que atacar.
  • No es lo mismo usar un vocabulario que otro.
  • No es lo mismo alcohólico que borracho de mierda.
  • No es lo mismo drogadicto que puto yonki.
  • No es lo mismo fumador que gilipollas que invierte sus cuatro duros en provocarse una enfermedad.
  • No es lo mismo obeso que zampabollos que sólo sabe atracar la nevera, ya sea por enfermedad o por puro vicio.
  • No es lo mismo alguien que sólo se hace daño a sí mismo que un terrorista asesino.

Da igual la alegoría que queramos usar. Vivimos en unos tiempos en los que cualquier razonamiento o metáfora parecen peligrosos. La sombra de la censura planea sobre nosotros y parece que cualquier cosa puede volvernos objeto de escarnio… pero todo puede decirse sin agresividad, con educación. Evitar la violencia verbal es gratis y respetar a los demás facilita mucho la vida.

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El PCDLC (el inesperado desenlace)

¡Hola a todos!

No hace falta, creo yo, que vuelva a justificar todo el tiempo que llevaba sin escribir: estoy hasta arriba de trabajo, estoy lidiando con la oposición y… algo que tenía en secreto, pero que ya puedo revelar: estaba luchando por el carné de conducir.

Quienes habéis visitado este blog desde sus comienzos es probable que recordéis esa historia de cómo desarrollé pánico al PCDLC. Refresquemos la memoria: Puto Carné De Los Cojones.

Long time ago, far far away, en otra vida incluso, gasté mucho dinero (más que el Máster de RRHH que había cursado por esa misma época) y pasé muchos malos ratos en vano intentando conseguir el dichoso permiso. Es increíble lo que la sociedad penaliza no tenerlo.

Quien necesite refrescar la memoria, puede pinchar este enlace, pues no voy a volver a contar lo que ya he contado antes, sobre todo porque esta entrada pretende tener un tono muy distinto. Y a quien no la quiera refrescar, se lo resumo así, en términos muy físicos: noches sin dormir, corazón desbocado, lágrimas con mencionar el tema o incluso al volante, tensión muscular, dolores, autoestima a la altura de los tobillos … llámalo angustia, fobia, ansiedad, como gustes. Se convirtió en una pesadilla y parecía que cuanto más sufrimiento me suponía:

  • Más gente me preguntaba por el asunto y me hacía ver lo imprescindible que es; haciéndome ver lo imposible que me iba a ser trabajar y vivir sin él.  Me pregunto cuántos de ellos me preguntarían desde la buena fe y cuántos lo harían para menospreciarme, para situarse, de algún modo “por encima” de mí. A veces los problemas propios suben la autoestima ajena.
  • Más gente menospreciaba el tormento que me suponía o incluso a mí, directamente, porque se supone que “es fácil” y que “todo el mundo lo tiene”.
  • Más difícil veía yo conseguirlo.

¿En qué condiciones decidí retomar esta tortura?

  • Cuando comencé a tener un sueldo digno. Hasta aprobar la oposición, no había tenido un sueldo que diera para vivir ni un trabajo con derechos. Para sentirme mejor me era imprescindible pensar que era algo que pagaba de mi bolsillo, que nadie pudiera echarme nada en cara. Me habían echado en cara demasiadas cosas.  En su día me parecía imposible conseguir trabajo para tener el carné pues, al no tener carné, parecía imposible a su vez conseguir trabajo… pero tener éxito en la oposición rompió ese círculo vicioso.
  • Cuando pasó a ser un modo de mejorar mi vida, pero no una necesidad imperiosa u “obligación”. Almería, mi ciudad natal para quien no lo sepa, está fatal comunicada, pero ese no es el caso de Madrid. El curso pasado pude trabajar en una localidad de zona norte, casi en Burgos, viviendo yo en una localidad de zona sur y, aunque me suponía cuatro horas de transporte entre las dos de ida y las dos de vuelta, no estaba en una situación en la que me fuera imposible ir a trabajar, como si me hubiera podido pasar en Almería.
  • Cuando tomé conciencia de que mi chico y yo estamos solos en Madrid. Al no tener ni él ni yo familia aquí, estábamos potencialmente solos ante una emergencia. Ojo, no hablo de que sea imprescindible tener un conductor, en Madrid no lo es, pero puede ser una ayuda MUY importante ante muchas situaciones. Por ejemplo, que (dicho por él mismo) “algún imbécil se rompa el tendón del hombro en una despedida de soltero tipo Humor Amarillo en Salamanca y no pueda conducir de vuelta a casa “.
  • Cuando no lo iba a saber ni mi sombra y la poca gente que lo pudiera saber no iba a estar preguntándome todos los días cuántas clases llevaba, cuántos intentos, cuándo iba a volver examinarme… esas cosas tan cotidianas, tan bienintencionadas incluso, pero que duelen tanto cuando alguien tiene una dificultad semejante.
  • Cuando vi que en casa iba a tener apoyo, no reproches. Y me refiero a ningún tipo de reproches: ni por dinero gastado, ni por meses en el tema, ni por número de clases dadas… lo que viene siendo el contexto de cariño, apoyo y calma que hubiera necesitado la primera vez. Hablando abiertamente, la persona que tanto daño psicológico me hizo ya no me lo iba a volver a hacer.

Pero todos sabemos que una cosa es emprender un camino y, otra, permanecer en él hasta el final. ¿Qué factores me han ayudado a perseverar?

  • Un buen profesor. Puedo hablar con conocimiento de causa, porque he pasado por tres profesores. El primero era un chaval joven, buen docente y buena persona, que había sido compañero mío en el colegio. Con la distancia que dan los años pienso que, quizá, sólo quizá, no sabía lidiar con alumnos tan ansiosos como era yo en ese momento pero, por otro lado, mis condiciones de entonces eran infinitamente peores que las que he tenido ahora. No le culpo en absoluto y me apena no poder comunicarle que ya he superado ese trauma pues, lamentablemente, ese joven compañero de colegio acabó con su vida hace unos años. Sé que se hubiera alegrado mucho por mí.  En cuanto al segundo profesor, es alguien de mi nueva etapa. Veréis, yo elegí autoescuela antes de tener destino este curso, por lo que elegí una autoescuela de Madrid capital, desde la lógica de “si he de mudarme, Madrid centro pilla a la misma distancia de todas partes”. También es cierto que tiene unos precios muy muy competitivos y que ofrecía la posibilidad de sacar el carné sin asistir a las clases teóricas, desde casa. Pensad que, tras una década, yo había perdido hace años la nota del teórico; tenía que aprobarlo de nuevo. Pero ese no es problema: el teórico lo saqué a la primera en esta segunda ronda. El problema es que mi segundo profesor, a quien no considero mal hombre, no tenía paciencia para tratar con alguien tan ansioso y traumatizado con el asunto como yo. Hablando en plata, no puedes corregir a una persona ansiosa a gritos. Como al final me tocó un centro educativo en la misma localidad en la que resido y no estaba para perder el tiempo yendo a y  viniendo de Madrid, localicé la autoescuela más cercana a mi domicilio, aunque me supusiera pagar una especie de penalización y empecé de cero con otro profesor. A este señor le debo muchísimo. Suele contar  que tantos años al volante tratando con gente le han hecho muy psicólogo, y realmente es así. En mi caso, ha tenido que saber gestionar que me sentara como si estuviera momificada (rígida total de brazos y piernas, con las consiguientes dificultades), “desconexiones súbitas de cerebro” (cuando fallas algo que sabes hacer), combos de ansiedad (fallas una vez y entonces fallas cuatrocientas más), ataques de saturación (con llantos incluidos)… y me hizo ver gradualmente cosas muy significativas. Lo primero, hacerme notar que conducía mejor cuando estaba hablando y distraída que cuando iba “atenta” y  con la ansiedad de hacerlo bien. Podía hacerlo, pero sólo parecía capaz de lograrlo cuando no estaba ansiosa por lograrlo. Eso me hizo ir cogiendo confianza. Lo segundo, me demostró que era contraproducente castigarme a clases dobles. Yo iba con la mentalidad de lograrlo cuanto antes, pero no iba a lograrlo si me dedicaba a tener sesiones de conducción eternas y frustrantes. Lo tercero fue adquirir la capacidad de sobreponerse al error. Normalmente un error no te arruina el examen (salvo que sea una falta de las serias) pero una cadena de errores sí puede hacerlo. Para ello tocó entrenarme, poco a poco, a “quitarme de la cabeza” el error que acababa de cometer, respirar hondo y vivir el presente; porque si el error seguía en mi cabeza, empezaba a cometer más y más errores. Todo ello lo hizo siempre desde el respeto, jamás me dio la sensación de que me menospreciara por el trabajo que me estaba costando.  Al contrario, diría que nos hemos tomado aprecio y que ya nos ha faltado irnos de cafés, pues tantos meses dando clase dan para muchas charlas, un aspecto (el afectivo, el sentirse en confianza) que también es importante para quien llega tan herido a las clases como llegué yo: que haya una buena sintonía con el profe que te toque.  Otra cosa que admiro ha sido su habilidad para ajustar la clase a mi estado anímico del día. Parecía saber instintivamente cuándo podía meterme por lugares más complicados y cuándo era mejor que no me pidiera maniobras exigentes. Mucho de mi éxito actual ha sido logro suyo. Sin ser psicólogo, me hizo una auténtica desensibilización sistemática, el tratamiento que emplean los terapeutas para superar las fobias.
  • El apoyo de Noel. Porque, aunque yo ya no tuviera a nadie que me hiciera reproches, yo a estas alturas ya estaba programada para hacérmelos a mí misma: estás tardando mucho, llevas mucho dinero gastado, no avanzas, no te lo vas a sacar en la vida, eres demasiado torpe para esto, estás perdiendo tiempo de estudio, o, incluso, a lo mejor una persona tan despistada y ansiosa como yo no debería conducir porque el coche es una auténtica máquina de matar, etcétera… varias veces, sobre todo después de algunas clases que se dieron especialmente mal, estuve a punto de dejarlo, y me supo reconducir para que no lo hiciera.
  • Admitir la influencia de la ansiedad en mis resultados. El día anterior al examen hice una clase nefasta, con desconexión del cerebro incluida. Decidí olvidar cómo se aparca en línea, cuando llevaba meses haciéndolo correctamente. De ahí el profesor me hizo ensayar un montón de veces cómo rectificar la maniobra si tomaba mal la referencia, lo que me resultó muy angustioso. Sin embargo, esa fue la maniobra que me dio el aprobado en el examen, lo que explicaré más adelante. Siendo consciente de ello, pedí ayuda médica (primera vez que tomo algo para la ansiedad), no estudié nada el día anterior (no hubiera podido), me fui al entrenamiento de Kung Fu la tarde anterior y entrené a fuego (la actividad física es mano de santo para poder dormir bien), tomé además una tila antes del examen (recordemos que la tila me ayudó mucho con las oposiciones en 2015) y, no pudiendo ir a pasear por culpa de la lluvia entre las 7 y las 10 de la mañana (el tiempo que estuve en la DGT esperando mi turno de examen) me fui a hacer varias veces la primera forma de la Siu Nim Tao a los baños, por lo que si hay cámaras ocultas alguien se habrá cachondeado  de mí pero bien. Esto tiene sentido: es un modo de moverse, soltar así la tensión, dejar la mente en blanco y respirar hondo. Yo no tengo capacidad de hacer Mindfulness/Meditación en completa quietud, así que eso es lo más parecido que he aprendido a hacer y, si a mí me sirve ¿qué hay de malo?.  La ansiedad es un monstruo que no siempre somos capaces de gestionar solos. Si hace falta ayuda externa, hay que pedirla; sin menoscabo de desarrollar estrategias internas, que son las que servirán a largo plazo.

Vayamos a la última pregunta: ¿Qué pasó el día del examen?

  • El día empezó mal. Llovía. Me tocaba salir en cuarto lugar (cuarta persona de cuatro que llevaba mi profesor) y saber que los tres que iban delante de mí habían ido suspendiendo no era algo que ayudara mucho, como no ayudaba estar esperando de 7 a 10 y pico de la mañana. Para colmo, escuché hablar a unas muchachas de que, según ellas “todo el mundo sabe que en Toledo es más fácil”.
  • Presencié el tercer suspenso. El muchacho realmente no iba en condiciones de hacer el examen, le habían faltado clases, pero la maniobra que le llevó al suspenso fue eliminatoria: hizo un giro a la izquierda sin ceder a los que venían de frente, por lo que el profesor tuvo que clavar freno con todos sus reflejos, porque hubiéramos podido tener un accidente cojonudo. A mí me tocó relevarle tras semejante susto y los nervios de la situación, aunque no fuera mi error, me calaron.
  • El examinador no era precisamente la alegría de la huerta: aún reconociendo que los examinadores deben mantenerse en su rol, para ser imparciales, me parece lamentable que entren sin decir su nombre y que sean tan tajantes en sus contestaciones. Cuando el chaval que iba antes que yo cometió el error que le costó el examen, el chaval dijo humildemente: “Tiene razón, ha sido culpa mía”. ¿Qué hace el examinador? ¿animarle? ¿consolarle? ¿ser cortés? No, le suelta un “pues claro que ha sido culpa suya”. Al menos, porque todo hay que decirlo, no nos hizo preguntas de mecánica, no nos metió por lugares especialmente complicados a mi entender y no nos castigó con los diez minutos de conducción libre que se estilan desde los últimos cambios en este examen. Con lidiar con esos ratos de lluvia y sol, pon y quita los limpias, pon y quita las luces, ya teníamos bastante.
  • Según empezó el examen, me piden que estacione… y yo, que tenía la clase del jueves previo grabada a fuego en mi cabeza, lo primero que hice fue equivocarme con las referencias, exactamente del mismo modo en el que me equivoqué en esa clase catastrófica previa. Lo bonito del asunto es que había ensayado cómo salir del brete, eso sí, con medio millón de maniobras: volante a la izquierda, volante a la derecha, volante a la izquierda, volante a la derecha, espejo izquierdo, espejo derecho, no le des al coche, no le des al coche, no le des al coche… a todo esto, viendo con el rabillo del ojo a mi profesor con los pies en los pedales por si debía frenar en seco. Pues bien 1) mi profesor no llegó a pisar los pedales (¡gracias infinitas!), 2) el examinador, a pesar de la mala pinta que tenía ese estacionamiento, aguantó respetuosamente hasta que terminé la maniobra (¡gracias también! al César lo que es del César)  y 3) contra todas las apuestas, fui capaz de terminar exitosamente la maniobra. Tras eso me relajé, sabiendo que había pasado lo peor, y me vine arriba. Parecía tener de pronto una voz interior que me iba diciendo qué tenía que hacer. En una ocasión, me salté deliberadamente un giro a la izquierda. Aunque no había una señal que me impidiera la entrada, vi a todos los coches aparcados de frente y desconfié, es decir, no fue un error, fue una estrategia: había alcanzado un estado mental que me permitía actuar estratégicamente, algo que hasta ese momento no había logrado nunca antes al volante. Luego estuve cerca de equivocarme siguiendo unas indicaciones, pero no lo hice y, ya en la DGT, a punto de dejar ya el coche, lo calé una vez, pero sin caer en esos bucles eternos de “si lo calo una vez, lo calo cuarenta veces”, tan típicos míos. Según paré y escuché decir “APTA” me quedé casi sin reacción.  Creo que mi cerebro tardó un par de horas en procesar la información; no podía creerlo. Tened en cuenta que, por increíble que os pueda parecer, para mí aprobar el examen de conducir era más difícil que aprobar una oposición. El profe me dio dos abrazos, se alegró un montón por mí. Me alegra haber podido corresponder a su paciencia y esfuerzos ayudándole a subir su moral: sé que es alguien que se preocupa sinceramente por sus alumnos y sé que le hubiera afectado que ese día hubiéramos suspendido todos.

El resto del día podéis imaginarlo: felicitaciones por Facebook, felicitaciones por móvil, ir a comer fuera y al cine para celebrarlo… y jugar un poco con el Seat León de Noel (ese sagrado Seat León que no deja a nadie) en la cochera, eso sí. Por cierto, que en primera sale como una bestia parda (he notado un montón la diferencia de motor) y me tendré que readaptar a los pedales.

Para la semana que viene tendré mi “L”, mi carné provisional y mi seguro y dentro de un par de semanas me turnaré con Noel en el clásico Madrid- Asturias  que hacemos para celebrar su cumpleaños. De hecho, me ha prometido que cogeré el coche un poco todas las semanas para no perder manejo, pues sabemos que hay mucha gente que consigue el carné pero después pasa mucho tiempo sin coger el coche y le pilla miedo. Al fin y al cabo, con todo lo que llevo superado, si me he animado a sacar el carné será para utilizarlo ¿no creéis?..

Ahora, a modo de conclusión, quiero dejar claro por qué me he molestado en escribir una entrada tan larga y por qué quiero hacerla pública:

  • En este mundo de postureo parece que todo el mundo se saca el carné con veinte clases y a la primera. Mentira.  No digo que no haya casos, pero según las estadísticas, en cada examen sólo aprueban el 46%, así que algo no cuadra… y se trata de una mentira que hace bastante daño a quienes no encontramos nada fácil la prueba.
  • Que el carné se dé mejor o peor no tiene nada que ver con la capacidad intelectual de la persona. Yo diría que tiene más que ver con la capacidad de estar atento, de controlar los nervios y de adquirir destrezas psicomotoras.
  • Las capacidades de la persona no tienen nada que ver con su valía. Esto vale para la capacidad de conducir y para cualquier otra. La valía de la persona la dan sus valores, su ética, no su capacidad de conducir, o de cantar, o de dibujar, o de sacar calificaciones excelentes.
  • No deberíamos asociar nuestras capacidades o nuestros logros a nuestra autoestima. Cada uno sabe las cargas que ha tenido que llevar. El “tanto tienes/ tanto logras, tanto vales” es una falacia enorme.
  • El entorno es importante. Una misma persona, en situaciones distintas y con influencias diferentes, puede obtener resultados muy distintos. A las pruebas me remito. En mi primer intento, aprobé el teórico a la segunda y me examiné infructuosamente ocho veces del práctico. Ahora, tanto el teórico como el práctico los he sacado a la primera, si bien no han sido precisamente en veinte clases ni en cuarenta. Tampoco importa. Esto nos lleva al tercer punto.
  • El carné es lo de menos. Sigo pensando que el coche es una máquina de matar. Lo importante no es dar el número mínimo de clases para aprobar. Lo importante es salir a la carretera sin ser un peligro público: pues puedes matar a otros y a ti mismo.
  • Conozco al menos a tres personas que compartían fobia conmigo. Digo “compartían” porque quiero hablar en pasado de mi fobia. Una vez en clase mi profesor me dijo que quería lograr que disfrutara de conducir y yo le respondí que si lograba que dejara de odiarlo ya era un buen triunfo. Profe, lo has conseguido. Ya no lo odio y, quién sabe, quizá algún día hasta me guste. Y esto es enorme. De estas tres personas que comparten fobia (amaxofobia, siendo precisos) dos de ellas no han podido examinarse o volver a examinarse del carné y la tercera aprobó, pero nunca fue capaz de coger el volante después de haber aprobado. Además de para dar las gracias a quienes me han apoyado (algunos mencionados aquí, otros no), quería contar cosas útiles para estas personas y para quienes puedan estar pasando por una situación parecida a la mía. Me gustaría dar esperanza (pero esperanza basada en consejos concretos), ayudaros a recuperar la autoestima con un testimonio sincero y, si no queréis enfrentar esa fobia por las razones que sean, deciros que me seguís mereciendo el más grande de los respetos. Uno de nuestros principales derechos es el derecho a escoger a qué batallas nos enfrentamos y cuáles rechazamos. Que nadie os haga sentir mal. Que nadie os lo quite.

¡Abrazos a todos los que hayáis llegado hasta el final!

¡Saquemos el lado rocker!

 

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La escultora

La escultora (ficción):

Hay algo mágico en las manos cuando danzan sobre una masa informe y, de pronto, brota una figura. Es imposible no pensar en Buonarroti cuando decía que su don no era tallar el mármol sino extraer la obra de arte que se encontraba dentro. Sin embargo, aquel famoso escultor liberaba a sus esculturas de lo sobrante a golpe de cincel, con cierta violencia. La escultora, por el contrario, parecía acariciar la arcilla y esta, dulcemente, adoptaba la forma que conviniera a sus deseos.

_¿Quieres mirar? Acércate, ya está casi acabada_ dijo invitándome.

Yo, a mis escasos ocho años, ya distinguía entre la excéntrica hermana de mi madre, la contrabandista de golosinas con la que compartía toda clase de confidencias, y la misteriosa artista que se encerraba horas y horas en soledad, exigiendo no ser molestada, y que así permanecía sin necesidad de comer o dormir hasta que abandonaba su encierro con la frente llena de arcilla y una sonrisa satisfecha…o con lágrimas amargas de frustración.

Dando pequeños pasos, entré en el sancta sacntorum. Nunca me había atrevido a hacerlo porque sospechaba que si por juego o accidente rompía algo, podía quedarme meses y meses sin asignación, además de convertirme en el objeto de una ira terrible. Por eso, cuando me invitó a pasar, llegué casi de puntillas, con una mezcla de temor y reverencia.

Contemplé la figura. Estaba aún húmeda pero se distinguía con toda claridad a una bellísima mujer desnuda.

_ ¿Te gusta?_ me preguntó.

_ ¿Cómo no, tita?- repliqué incrédulo, creyendo en verdad que era imposible que aquello no le gustara a alguien.

_ ¿Qué te parece que es?

_ Es una chica desnuda_ contesté_ parece un hada de cuento… – añadí, porque mi anterior frase me parecía poca cosa para un momento que se me antojaba tan solemne.

_ ¿Por qué te parece una chica?-

Guardé silencio un instante.

– Tiene pechos.-

Ella tomó de la mesa uno de sus artilugios para modelar. Para mi consternación, cercenó sin piedad los dos pechos de la figura. Yo contuve un grito. Con la de tiempo que dedicaba mi tía a sus esculturas, no daba crédito a que mutilara así su propia obra.

_ ¡Qué pena! ¡La has dejado fea!

_ ¿Tú crees?_ se rió_ yo ahora tengo una duda. Decías que mi escultura era una chica porque tenía pechos. Ahora que se los he quitado ¿sigue siendo una chica?_

Pensé entonces en que en la escuela me habían hablado de que una mujer por ciertas enfermedades podía acabar sin un pecho o sin ambos. Me sentí culpable por haber llamado “fea” a la escultura, incluso aunque mi tía no me hubiera hecho ningún reproche.

_ Sigue siendo una chica_ me atreví a contestar_ sólo que una chica sin pechos.

_ ¿Y cómo sabes ahora que es una chica?

_ Tiene el pelo largo, hasta la cintura…- iba a continuar con más cosas cuando vi que ella, con sus herramientas, comenzaba a destruir aquella hermosa melena.

-¿Sigues pensando que es una chica? – cantaba su voz, divertida, mientras le dejaba la cabeza tan huérfana como una oveja trasquilada – como ves, está pasando por la peluquería.

_ Ya no sé, tita – dije, sintiéndome algo estafado – porque iba a añadir que tiene las curvas de chica, pero creo que cada vez que te diga algo lo vas a cambiar o quitar. Al final no es una chica o un chico, es barro. Si te dijera que es un chico, no sé… ¡tal vez te daría por transformarla en un pato!_

Mi exasperación acrecentaba su humor, pero atisbé en su mirada un sentimiento de aprobación.

_ Exacto. Esta figura es barro. Mientras sea joven y blanda, podrá cambiar cuando yo quiera, pero si la pongo a secar bajo el sol, se hará mayor, se endurecerá y cualquier posibilidad de cambio pasará por romperse.

_ Oh._ susurré, sabiendo que algo se me escapaba.

_ Las personas somos parecidas a estas esculturas de barro. Los creyentes dicen que Dios es un escultor que modeló al primer hombre y a la primera mujer. Nos parecemos a mis esculturas en que con los años nos endurecemos y nos es más difícil cambiar, pero también en que aunque nos quiten un pecho, un brazo o una pierna, seguimos siendo nosotros mismos. Mas hay una diferencia…

_ Claro. Que estamos vivos – la interrumpí, con la ilusión de haber entendido algo.

_ Y como estamos vivos, somos nuestros propios escultores. Decidimos qué somos y qué vamos a hacer. Decidimos nuestro papel en el mundo a través de nuestro modo de actuar. Incluso ser un chico o una chica, signifique lo que signifique eso.

_ O un pato – reí.

_ O nada en absoluto, si decidimos dejar de ser – dijo, tirando su figura de barro al suelo, que volvió a transformarse en una masa informe.

Feliz día de la mujer. 

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Me han publicado dos problemas

¡Hola!

Reaparezco para contar que ya han sido publicados en la web de Ricardo Vázquez los problemas que hicimos los que participamos en el curso de didáctica de las matemáticas el pasado mes de noviembre en Fuenlabrada. Los míos se encuentran exactamente aquí, dentro del subapartado de sexto de Primaria. Son tareas competenciales dirigidas a trabajar el MCM y el MCD, dos cuestiones que suelen ser difíciles para el alumnado. Espero que os puedan ser útiles, tanto si sois colegas de profesión como si sois padres o madres con ganas de echar una mano a vuestros hijos.

Y ahora, vuelvo a mi tupper oposicional.

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Protegido: El espíritu de las navidades pasadas

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Curiosidades navideñas

¡Hola a todos!

Este año mi acostumbrada felicitación navideña va a ser sustituida por un listado de curiosidades. No me culpéis, estamos en crisis y no me siento demasiado navideña últimamente. La razón de este escrito es que he detectado a través de conversaciones con allegados que aunque la gente tienda a casarse por la Iglesia y a bautizar a los hijos, de la Biblia se sabe muy poco. Ojo, ser creyente no es obligatorio y nadie considera propio de personas cultas y respetables saber estas cosas, pero creo que son útiles para conocer el origen de costumbres (como la de poner belenes) y para hacernos pensar.

  1. José y María viajaron a Belén porque, siendo Cirino gobernador de Siria, el emperador Augusto decidió hacer un censo de todo el imperio. Por tanto, aunque vivían en Nazaret, les tocó hacer un viaje de más de una semana con María embarazada. Había que registrar al nuevo hijo.
  2. La razón de ir a Belén en lugar de empadronarse en Nazaret es porque los judíos funcionaban con un sistema tribal. A José, considerado del linaje del Rey David, le suponía ir a la ciudad en la que se supone que había nacido el Rey David. No por ello se le puede considerar un aristócrata. El Rey David había nacido en torno al año 1040 a.C.
  3. No se conoce la fecha del nacimiento de Jesús. Sólo se sabe que no debía hacer demasiado frío, porque se hace una referencia a que los pastores estaban al raso. Al menos, según el Evangelio de Mateo.  También imagino que al emperador Augusto no se le hubiera ocurrido hacer viajar a la gente si el tiempo hubiera sido muy malo.
  4. Si el nacimiento de Jesús se celebra en diciembre es porque en el imperio romano se celebraban por esas fechas las Saturnales. Eran días de fiestas, banquetes e intercambio de regalos. Además, el 25 de diciembre se celebraba el día del sol invicto (solsticio de invierno). Es fácil entender que, no pudiendo acabar con la fiesta pagana, optaran por sustituir el nacimiento del sol por el nacimiento de Jesús, de ahí que actualmente esta fecha siga siendo festiva, igual que el solsticio de verano, hoy día de San Juan, en el que antes se celebraba con hogueras que había que saltar (¿nos suena?) el matrimonio de Júpiter y Juno.
  5. Tanto Mateo como Lucas dan a entender que Belén (probablemente por el tema del censo) estaba a rebosar de gente y que, cuando María se puso de parto no había posada. Por ello, a modo de apaño,  lo de que les dieran refugio en un pesebre o establo hasta que quedara una habitación libre.  A causa de esto se ha explotado la idea de un “Jesús pobre”. Idea muy lejos de ser cierta. Su padre (llamémosle padre porque padre es el que cría) era carpintero, lo que en aquello tiempos era como ser, a la vez arquitecto, albañil diseñador de muebles… además de carpintero, claro. Su madre era prima de un sacerdote (Zacarías), de lo que se deduce que también era de familia medianamente importante. No aristócrata, pero imaginaos lo que sería tener un padre arquitecto (y con mucho trabajo) y una madre emparentada con gente importante de la curia.
  6. Un dato: poco después del nacimiento de Jesús se dio el evento de la matanza de los inocentes,  es decir, cuando el rey Herodes el Grande tuvo una pájara y SE SUPONE (no está comprobado) que decidió hacer lo del Faraón en tiempos de Moisés: mandar matar a todos los niños menores de dos años, que es lo que “celebramos” gastando bromas el 28 de diciembre el “Día de los Inocentes”. José tuvo un sueño en el cual un ángel le comunicaba que debía huir con su familia a Egipto, lo que explica que Jesús salvara la vida. Yo creo que ese “ángel”  fue cualquier contacto que tuviera la familia. También se salvó cierto primo de Jesús conocido por el nombre de Juan el Bautista; clásico caso de chico de familia pudiente que acabó convertido en asceta (lo que actualmente llamaríamos hippie, vegano y antisistema) predicando en el desierto y bautizando a sus seguidores.
  7. Mucho se habla de los tres Reyes Magos. Según los evangelios canónicos ni eran tres, ni eran reyes ni eran magos. Tampoco parece que regalaran oro, incienso y mirra; no según los evangelios canónicos. La única referencia, al parecer, es del evangelista Mateo que habla de unos sabios (sin especificar número) que aparecieron por ahí después de haber observado el cielo. ¿De dónde salen los tres Reyes Magos con su oro, incienso y mirra? de los llamados “evangelios apócrifos”. Curioso ¿no?.
  8. Un último dato. El dogma católico de la perpetua virginidad de María (algo en lo que decimos “creer” cuando en la Iglesia se nos pide que entonemos el credo) no aparece en ninguna Biblia. Fue decidido en el Concilio de Éfeso en el año 431 d.C. En la Biblia parece darse por supuesto que aunque la concepción de Jesús fuera bastante extraordinaria, luego María hizo vida marital normal. Es más, en la Biblia hay referencias a hermanos de Jesús (evangelios de Mateo y Marcos). Supuestamente eran cuatro: Jacobo, José, Simón y Judas (no el famoso traidor, otro). Nunca se aclaró si son hijos de José y María o si, por el contrario, pudieron ser hijos de un primer matrimonio de José. Otra posibilidad que dan los expertos es que pudieran ser primos de Jesús. Por las dudas, en Gálatas, el mismísimo Pablo de Tarso comenta que se encontró con Pedro, el famoso apóstol, y con, atención: “Jacobo, el hermano del Señor” que me da a mí que, por más que lo quieran poner de primo, era hermano y muy hermano. Considerando además que en los textos bíblicos también se comenta que esos hermanos eran casados, es posible que hoy en día puedan existir descendientes de Jesús.

Espero que os haya gustado y que no se os haya hecho demasiado largo.

Y venga, va, faltaré a mi palabra… Feliz Navidad 🙂


 

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Un pequeño informe de cómo siguen las cosas

¡Hola a todos!

Este es el primer ratito en muchos días que tengo para actualizar el blog. Ya sabéis, la oposición me está devorando y vuelvo a examinarme el verano del año que viene. Cuento con la ventaja de que gran parte del trabajo lo hice en 2015 y cuento con el inconveniente de que en esta ocasión me toca trabajar y estudiar al mismo tiempo.

La novela que estaba (o estoy) escribiendo con una amiga está en “stand by”. Suerte que ella es comprensiva, sabe que le hemos dedicado muchas horas y que en cuanto me sea posible la retomaré. Espero poder hacerlo antes de que llegue el verano de 2017 pero, si no, la retomaré entonces, pues le he dedicado demasiadas horas como para dejarla de lado.

El relato del  viaje lo acabaré terminando, a ratitos. Nada se pierde, porque estuve tomando notas en un cuadernito durante el viaje y, si tengo algún lapsus, Noel, que tiene muy buena memoria, me tendrá que iluminar

Ciertas cargas de índole legal que estuvieron pesando sobre mí parece que estarán a punto de aflojarse. Tal vez eso signifique el retorno de la libertad de expresión a mi propio blog, aunque creo que en ese sentido nunca volveré a ser tan libre como lo era antes, ya que la vida me ha dado poderosas lecciones.

La operación salud que tanto me acompañó en el 2015 ha vuelto en 2017 pero con una novedad: además de a dieta estoy con el deporte y con deporte no me refiero precisamente a caminar. Noel y yo nos hemos apuntado a Wing Chun, una rama de Kung Fu. Puedo decir (me llena de orgullo y satisfacción, como diría uno que yo me sé) que ayer mismo aprobamos nuestro primer examen de cinturón y, a pesar de que tenemos los brazos y las piernas que parecen el Vaticano por tantos cardenales, estamos enormemente satisfechos por el camino tomado.

A ninguno de los dos nos ha gustado nunca el deporte. Si acaso, a él más que a mí (sí hizo alguna actividad deportiva antes, se entiende). Se puede decir que las razones de salud nos obligaron. Ya puestos a elegir, queríamos algo que pudiera gustarnos a los dos y que resultara práctico, de lo que pudiéramos aprender algo. Aquel razonamiento nos llevó a interesarnos por las artes marciales y ya, a partir de lo que teníamos en la zona en la que vivimos y de pálpitos personales que se demostraron acertados, acabamos cayendo en el Wing Chun.

Esto de empezar artes marciales me ha confrontado con muchas cosas. Me pasé muchos años alejada de toda actividad física por mi condición de asmática, cuando ahora la sobrellevo perfectamente con seguimiento médico y la ayuda de dos broncodilatadores. Mi entorno me acomplejó por torpe. Siempre se hizo hincapié en mis escasas capacidades físicas y supongo que es lo natural cuando te rodea gente sincera 😉  Nunca destaqué por flexible, rápida, ágil, hábil, etc… más bien por lo contrario y asociar el deporte con perder la dignidad es algo que desanima rápidamente.

Imaginad lo que es, después de no haber hecho actividad física alguna desde los doce años (acabé exenta) iniciar un deporte en serio a los 32, una edad en la que incluso quien ha sido buen deportista está perdiendo ya facultades, siendo además bastante obesa y con las malas capacidades innatas que os he contado. Por eso justamente estoy orgullosa: partiendo de muchos límites que otros compañeros no tienen, he sido capaz a base de esfuerzo de ponerme al mismo nivel que los demás cuando inicialmente me calculaban dos meses más que al resto para alcanzar los objetivos.

Hacer bien algo que te es sencillo no tiene mérito. El mérito lo tiene quien hace algo que no se le da bien y, a base de constancia, se supera a sí mismo (Noel dixit).

Empezar Wing Chun me ha dado además cierta coherencia interna, porque hace muchos años que opino que todas las mujeres deberíamos ser capaces de defendernos.  Vivimos aún en un mundo, lamentablemente, machista y por el hecho de ser mujer estoy más expuesta a ciertos riesgos. No lo digo yo, lo dice la estadística.

También estoy descubriendo lo interesantes que son las artes marciales a la hora de entrenar el ritmo, la concentración, la impulsividad y la tolerancia a la frustración. Al fin y al cabo, el entrenamiento en el Kung Fu, filosóficamente hablando, es el entrenamiento de la perfección gracias a la constancia. Confío en que este trabajo mental me sea tan útil como me está siendo el físico; por si queréis saberlo, perdí todo el peso que había ganado el curso pasado y me noto más fuerte y con mejores reflejos.

Aunque por imagen estoy más cerca del bueno de Kung Fu Panda que de Lara Croft, me permito estar contenta y reafirmar la vieja idea de que lo importante está en el interior.

Por cierto, dato para pensar. En mi gimnasio sólo estamos dos chicas y ayer nos presentamos a los exámenes nada más que cuatro. Hombres podía haber treinta o más perfectamente. ¿Veis lógica esta proporción?

En fin, antes de terminar, aunque implica cambiar de tema, voy a enlazar todos los artículos que he estado escribiendo para la revista “Magazine Crew”. Ha sido el único compromiso en el mundo de las letras que he podido mantener hasta el momento y se me ocurrió pensar que tal vez no fuera una mala idea hacer algún tipo de índice ordenado de esos textos en mi blog. Ahí van los enlaces:

Están ordenados de los más nuevos a los más antiguos. Por otro lado, casi todos son artículos que tratan sobre algún aspecto de la educación a excepción del último, que es un relato.

Espero que os haya alegrado tener noticias mías más detalladas y el contar con este índice de lo que llevo escrito en “The Magazine Crew”.

Un beso a todos. Gracias por seguir ahí.

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