Viaje a Rusia (VI) San Petersburgo

¡Hola, caracolas!

Efectivamente, como os podéis imaginar, ya me han llamado a trabajar y de ahí el retraso con la actualización, pero por suerte ya queda poquito. ¡Vamos al lío!

La llegada a San Petersburgo (día 9):

  • El señor del Kiwitaxi que nos llevó del hotel al aeropuerto tenía varios dientes de oro. No es que sea algo muy reseñable, pero cualquier persona que lleve varios dientes de oro adquiere un aspecto más terrible, como cinematográfico.
  • En el vuelo de Moscú a San Petersburgo me tocó junto a la ventanilla de emergencia. Como es lógico, la azafata me pidió mi copereishon en inglés, pues cuando tienes ese asiento, de paso te toca la misión de abrir la salida de emergencia. La gracia es que me pidan mi copereishon y luego me remitan a unas instrucciones de seguridad en ruso que debo leer. En fin, que descuiden, que mi intención no es obstaculizar la salida, morir y dejar que mueran todos. De nada.
  • El hotel resultó maravilloso: contaba con ascensor y puertas que se cerraban. El único problema es que la cama era dura como una piedra, pero por suerte en la misma habitación había unas escaleras que conducían a una buhardilla habilitada como dormitorio infantil que contenía un futón comíoemierda a modo de cama. Nos las apañamos para sacar quitar el futón, lanzarlo sobre la cama e ignorar  la colonia de microorganismos rusos que debían vivir ahí, a fin de convertir un lecho de fakires en una cama de personas. PD: Cuenta la leyenda que justo antes de que Noel lanzara el colchón desde  la barandilla del desván, a una tal Silvia se le ocurrió decir: “y así murió Silvia, aplastada por un colchón” de tal manera que Noel, del ataque de risa, casi se cae por unas escaleras muy precarias con un futón en la mano.
  • Tras esto cayó una siesta de cinco horas (cosas de los reajustes horarios) y un paseo del que salió una de las frases célebres del viaje: “en Rusia el francés se paga”. En serio, si vais a Rusia y empezáis a ver “patisseries” y similares, preparad los rublos porque os van a clavar. Siempre va a ser más económico lo local. De hecho, por lo poco que llevo visto, es tontería ir a Asia y cercanías y pretender comer barato al estilo europeo- occidental. Pensad que lo de ir probando comida forma parte de la experiencia.

¿Fast and furious? (día 10): 

Antes de seguir con el día 10, os vuelvo a enlazar la primera entrada con el itinerario para cada uno de los días.  ¡No os perdáis!.

  • Nada más comenzar a andar, empezamos a ver policía y una especie de carrera entre dos coches. No hablo precisamente de coches baratos. También había un buen número de mirones a ambos lados de la acera y unos cuantos cámaras muy pendientes de la escena. Sí, escena. Cuando Noel se lamentaba por no haber grabado la escena a tiempo, los coches volvieron a salir un par de veces más a hacer exactamente lo mismo que hicieron la primera vez, con lo cual Noel pudo grabarla con toda la comodidad.  Quién sabe, quizá salgamos por segunda ver en una película. Si no sabéis de qué hablo, pinchad sobre el enlace y buscad la tercera anécdota de esa entrada.  Si en unos meses aparece un “The Fast and the Furious” ambientado en San Petersburgo, recordad que yo estuve ahí, al pie de la noticia una vez más. 
  • Casi nos echamos a llorar (exageración, evidente) cuando encontramos una tienda de souvenirs en la que vendían postales. ¿Por qué en Rusia apenas se ven tiendas en las que vendan postales?. Y ya en ella descubrimos a un muchacho latinoamericano con quien no hizo falta entenderse en inglés. ¡Toda una racha!. Aprovecho para comentar que la poca gente que me he encontrado en el viaje que hablaba en español, me la he encontrado en San Petersburgo. Sobre todo, turistas. De cara al público, ese chico fue el único.
  • Paseando encontramos un pequeño museo sobre instrumentos de tortura. España apareció mencionada algunas veces por nuestra “pequeña” contribución a la materia durante la época de la Inquisición, pero lo peor es comprobar que nuestro último condenado a muerte por “garrote vil” falleció en 1975. Recomiendo leer su historia.
  • ¡Reencontramos el TRDELNIK!. Cuando estuvimos en Praga desarrollamos una adicción malsana hacia este dulce y, una vez en España, temimos no volver a probarlo jamás… ¡pero resulta que los venden en San Petersburgo!. Como bien se suele decir, son las pequeñas cosas las que nos hacen felices.
  • Y, cómo no, llegó el momento de probar el vodka en forma de cocktail “Blue Lagoon“. Ya por el caviar no me preguntéis, que somos clase obrera.

El Versalles ruso (día 11): 

  • Los jardines de Peterhof son algo espectacular. Fuentes, esculturas, oro… y cuenta la leyenda que hay un palacio (el museo “Grand Palace”), pero por cuestiones idiomáticas mezcladas con poca voluntad por parte de quienes llevan el tema, no nos fue posible visitarlo, a pesar de estar pagado, pues desde el momento en el que sales del recinto, te piden que pagues el ticket de nuevo y tampoco era cuestión de pagar dos veces. Os juro que preguntamos, pero os remito a los problemas de comunicación a los que he hecho referencia a lo largo de estas entradas.
  • Llegar a los jardines tiene su complicación cuando vas por cuenta propia (y no encontramos ninguna visita guiada en inglés para llegar). Es preciso coger el metro y, en cierto punto, combinarlo con un microbús que mete miedo al pánico. Los asientos te dejan medio culo fuera, resbalan, no cuentan con cinturones de seguridad y van parando donde les da la gana. Considerando que se nos ocurrió comer en los puestos que hay junto a los jardines de Peterhof y las hamburguesas no tenían precisamente buena pinta y que, además, Noel se sentó a contramarcha en el microbús… milagro fue que no nos diera por vomitar ahí mismo, sobre todo a él que llegó a preocuparme bastante.
  • Otro detalle de calidad son los baños portátiles que tenían por ahí. Pagué 35 rublos por entrar a uno y, en lugar de orinar, bien podría haberme dedicado a pescar con una caña todos los horrores que se veían en el fondo de la taza. Miedo daba que alguno de esos horrores estuviera vivo y, en el intento de hacer un pis, acabara devorando mi cadáver. Honestamente, me sorprendió la mala infraestructura turística de San Petersburgo en comparación con Moscú, cuando se trata de un sitio tan visitado.
  • Ya de tarde, vivimos la experiencia de ser sorprendidos por una lluvia potente y helada. Habíamos tenido un clima tan estupendo los días anteriores, que nos confiamos. No sé cómo no enganchamos una pulmonía.  No recuerdo haber corrido más en mi vida.

El palacio de Caterina (día 12): 

  • Advertencia. Lo ideal es comprar el ticket del palacio con antelación. Llegando a primera hora de la mañana (eso sí, en autobús de línea decente) tuvimos que esperar de pie más de dos horas. En este contexto, es muy molesto cuando la gente que está en una cola no camina porque está demasiado ocupada haciéndose selfies. 
  • En realidad, en esa cola vimos a gente muy interesante: la pareja que estaba frente a nosotros, comiéndose un bocadillo, haciendo videoconferencias y pasando tres cojones del crío de no más de cuatro años que iba con ellos; el chino situado a nuestra espalda que no se tiró menos de cien rutios (eructos) en esas dos horas. Ojo, sin disimulo ninguno, sin disculparse, sin taparse la boca. Hablamos de sonidos a todo volumen, reiterativos y con la boca bien abierta. Después, teníamos a los japoneses de los que hablé en entradas anteriores que llevaban consigo unas pequeñas butacas (además de los paraguas) para esperar cómodamente sentados y protegidos del sol.
  • Afortunadamente la lluvia nos respetó la visita. A pesar de lo larga que fue la cola, el palacio y, sobre todo, LA CÁMARA DE ÁMBAR, merecieron mucho la pena.  Es quizá uno de esos lugares que todo el mundo debería visitar una vez en la vida. No obstante, según llegamos al hotel empezó a llover y ya apenas paró. De milagro salimos a cenar, aprovechando una pequeña pausa durante el diluvio.

¡Ya sólo me quedan el día 13 y el regreso! Podría continuar, pero esta entrada ya me quedó muy larga.   Próximamente habrá más que, espero, disfrutéis. 

¡Abrazos!

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Viaje a Rusia (V) Anécdotas

¡Hooola de nuevo!

¡Vamos allá con la siguiente ración de anécdotas rusas!

Recordad que recomiendo tener a la vista la entrada anterior, para que sepáis por dónde vamos, y la primera entrada, en la que señalé el itinerario.

Cosas que pasaron en Sergiev Posad: 

  • Nos tocó enfrentarnos a una estación de trenes de cercanías con toda la información escrita en cirílico. Por suerte, yo había aprendido a leerlo un poco. Preguntar era casi inútil, como ya comenté. Nos costó varias horas (incluyo parada en un local con WiFi gratis para buscar más información de Rusalia) encontrar a la única persona que sabía inglés de la estación. Parte del problema consistía en que habíamos sido demasiado madrugadores y previsores: habíamos llegado a la estación bien temprano pero el primer tren hacia Sergiev Posad no salía hasta las 12:03. Igualmente, hasta que no llegamos a destino no estuvimos seguros de haber cogido el tren adecuado.
  • Mientras esperábamos en la estación (dudando muy seriamente de nuestras capacidades para llegar a destino) presenciamos cómo una chica muy bajita casi se abre la cabeza por intentar sentarse de un salto sobre una estructura que tenía a sus espaldas una muy buena caída (las escaleras que daban al metro). Tuvo que ser una señora muy mayor que se había sentado en ese mismo sitio un rato antes sin problemas quien evitó que la muchacha, debido a su exceso se ímpetu, se abriera la cabeza.
  • Ya en Sergiev Posad descubrí que a los centros de oración ortodoxos se debe entrar con los hombros cubiertos y, en el caso de las mujeres, con un pañuelo en la cabeza, aunque allí me libré de la obligación, nadie me dijo nada ni me impidió la entrada.
  • Eso sí, fue traumático ir a los aseos y descubrir que allí se estila lo que yo llamo “aseo tailandés” (puesto que lo descubrí en Tailandia) y que realmente se llama placa turca. En su día, cuando fui a Tailandia, aprendí a orinar en ellas, aunque me supuso mi pequeño trauma o choque cultural, pero jamás he podido hacer (me divierte el eufemismo) “aguas mayores” en una.  No obstante, el día de marras no pude orinar porque había caminado tanto por Moscú durante las jornadas anteriores que me había despertado con una tensión tan cojonuda en el coxis que no podía doblar el espinazo, ni siquiera para hacer el esfuerzo de tocarme los dedos de los pies con las manos, así que no era capaz de ponerme en cuchillas; cada vez que dejaba de estar erguida, la espalda me pegaba un latigazo… así que me tocó aguantar hasta que salí del monasterio.
  • Ya os conté que en la puerta me vendieron KVAS y mucha gracia no me hizo, aunque quita la sed. Lo que me sorprendió es que bebieran alcohol tan cerca de un recinto religioso.

Hijo de la luna: 

Una vez en Moscú, me sorprendió muchísimo pasar por una fachada y escuchar a toda voz la canción de “Hijo de la luna” y no, no era una versión rusa, estamos hablando de la vieja “Hijo de la luna” cantada por Ana Torroja de cuando Mecano era Mecano.

Día 7. En Ekaterimburgo (ciudad perteneciente a Siberia): 

Nos encontramos con uno de los hoteles más peculiares en los que jamás hayamos estado. Por lo que vimos, se encuentra regentado por tres muchachas y, aunque la información no nos consta, nos dio la sensación de que se trataba de tres hermanas, ya que una aparentaba unos 20 y era la que asumía funciones de mayor responsabilidad (recepción de clientes) otra que debía tener unos 16 la ayudaba (enseñando las habitaciones, limpiando) y otra mucho más joven (en torno a 14) parecía limitarse a acompañarlas. Las tres se demostraban una gran complicidad.  Asimismo, había una cuarta muchacha, pero el día en el que llegamos nos la encontramos durmiendo en un sofá que se encontraba justo frente al mostrador de la recepción, ya que ella era la que se quedaba haciendo el turno de noche. Por cierto, que por puro despiste mío, casi pongo mi culo sobre los pies de esa muchacha cuando me tocó quitarme los zapatos para dejarlos en la entrada.

¿Por qué era peculiar este hotel?

  • Ya antes de subir, nos encontramos con un ascensor roto. Esos días nos tocó subir y bajar de un cuarto piso. No mata a nadie, pero no es muy cómodo.
  • Ver a la recepcionista usar el Google Translate para comunicarse es muy significativo, aunque ya teníamos asumido que esto en Rusia iba a ser la norma.
  • Nos dieron una habitación con la puerta rota. Para cerrarla, había que pillar la puerta con una toalla. La sensación es que inicialmente nos correspondía otra habitación, de hecho, iban a dárnosla, pero cuando la de dieciséis abrió la puerta… estaba entera sin recoger, por lo que nos asignaron la de la toalla. Que, por cierto, al poco rato un niño de no más de cuatro años que iba correteando por el pasillo nos abrió la puerta de sopetón y muerto de risa. Menos mal que no estábamos haciendo nada no apto para menores.
  • Cuando hicimos notar este hecho, la muchacha apenas respondió con una frase “Administration cares”. Obvio: ¿Cómo podíamos temer que alguien quisiera robarnos con una vigilancia tan férrea? (añadir tono irónico).
  • No obstante, no se trataba de una excepción: ese hotel tenía un verdadero problema con las puertas. Simplemente, yendo por los pasillos descubrí otro cuarto cuya puerta también se cerraba con una toalla. Además, al día siguiente Noel se quedó encerrado en uno de los baños aunque, en lugar de pedir ayuda, resolvió salir por sí mismo dándole un empujón.
  • Aunque lo más impactante es que creo que la chica de 14 me tiró los tejos. Si no me los tiró, como mínimo actuó de un modo muy raro ante mí. Estaba empeñada en conversar conmigo aunque no supiera cómo. Me intentó explicar que le encantaba España pero, cuando le pregunté si había estado, me respondió que no, que había estado dando clase de español. Se me ocurrió entonces la gran idea de hablarle en español y ella, riendo, empezó a enumerar las pocas palabras que recuerda de mi idioma: “uno, dos, cuatro… ¡buenas tardes!”. Hasta ese momento estaba siendo muy divertido… pero pasó de divertido a, en cierto modo, perturbador, cuando, de pronto, abandonó el mostrador, se colocó a mi lado, extendió los brazos y dijo, con voz mimosa: “Huuuuuge me!!!” (Abrázame). Sí, esa inocente criatura me abrazó recién llegada de un viaje: sudorosa, oliendo a todo lo malo de la humanidad… y sin razón alguna. Desde ese momento, cada vez que me veía por los pasillos me sonreía o hacía risitas haciéndome un saludo coqueto con la mano. Tened en cuenta que, al no haber agua potable en el grifo, me tocaba salir relativamente a menudo a tomarla de unos bidones que tenían preparados en los pasillos.  Ya al día siguiente, me estaba yo calzando, sentada en el famoso sofá frente al mostrador de recepción,  cuando veo que esta muchacha se sienta a mi lado y se me queda… mirando fíjamente las peras. Pero fijamente. No hablo de una miradita furtiva de las que luego se disimulan. Llegué a sentirme violenta e intenté iniciar algo que se pareciera a una conversación preguntándole si me recomendaba algún sitio para visitar en Ekaterimburgo. La muchacha empezó a tartamudear, balbucear y a encogerse de hombros, todo en uno, y no fue capaz de darme una respuesta clara (ni de echar mano al Google Translator). En otro orden de cosas, también me cayó un besamanos cuando me despedí del guía turístico que nos acercó de excursión a Ganina Yama ese mismo día. Ha de ser que por aquella parte del mundo son muy efusivos. Yo prometo que no me había echado ningún perfume con feromonas. 

Más sobre Ekaterimburgo: 

  • Han tomado una medida muy divertida en atención de aquellas personas que vayan a visitarles. Puesto que no son muy dados a traducir carteles, han pintado en el suelo una línea azul que conecta todos los puntos turísticos de la ciudad. Esa medida es ideal para las personas como yo, que no nos orientamos para nada.
  • Como os dije en entradas anteriores, cuenta con una Iglesia sobre la sangre derramada, en honor a los Romanov, que fueron asesinados allí, que ellos cuando dicen “sobre” quieren decir “encima de”.
  • Luego cuentan con un conjunto de iglesias en pleno bosque siberiano (ya lo dije pero lo repito) en Ganina Yama. Cada iglesia está dedicada a un Romanov (actualmente santos según la iglesia ortodoxa rusa) y, por tanto, son siete. El conjunto respeta el entorno: los templos son de madera, están conectados entre sí por caminos y no se han talado los árboles. Además, hay una galería de fotos alrededor de la mina en la que fueron hallados los cuerpos. Evidentemente Ganina Yama fue construida en torno a esa mina. Por cierto, ahí me obligaron a entrar a la ortodoxa: pañuelo en la cabeza y piernas cubiertas por un faldón rojo. Lo peor es que en lugar de darme un fular digno de tal nombre, me dieron un pañuelo del tamaño de una servilleta que no había modo de colocarse de manera elegante. Esto significa que Noel tiene unas fotos mías en las que yo le parezco demasiado a la abuela de la fabada. No me atrevo a publicarlas porque son pura carne de memes, pero no es precisamente mi estilo más favorecedor.
  • Por cierto, que encontramos al guía turístico de pura casualidad, tuvimos que hacer el recorrido en una furgonetilla enana infernal de las de ir culo contra culo y, por supuesto, escuchar todas las explicaciones únicamente en ruso, por lo que a mí me iba a dar algo por el trayecto. Escuchar una charla de más media hora en una lengua que no es la propia debe ser una tortura patentada por la KGB. Pero eso, luego, cuando nos recogió y nos devolvió al punto de partida, el tipo me obsequió con un besamanos. No quiero ni pensar en la cara que debí poner, el contacto físico sorpresivo me violenta mucho.
  • Ese día comimos en el Subway, donde tampoco hablaban inglés, así que fuimos señalando de qué ingredientes queríamos el bocadillo. Para nuestra sorpresa, no sé por qué razón (¿promoción? ¿aniversario?) nos regalaron una cuchara. Quizá fue por valientes, puesto que fue en ese lugar donde descubrimos el Sprite de Pepino. Ahí la tenemos, en la mesita del salón que nos hace de altar de los recuerdos que vamos teniendo de nuestros viajes: la cuchara del Subway de Ekaterimburgo.

Con esto he zanjado los días 6, 7 y 8, por lo que a partir de la próxima entrada toca hablar de las anécdotas sucedidas en San Petersburgo. ¡Prometo actualizar pronto! (enseguida empieza mi “año académico” y en este me toca de nuevo opositar).

¡Abrazos!

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Viaje a Rusia (IV) Anécdotas

Seguimos con historietas sucedidas Moscú entre los días 3 y 5.

En el Kremlin:

Entre muchos objetos Romanov y eclesiásticos de lujo inimaginable pude  ver evangelios de oro y pedrería “de bolsillo” de tal grosor y contundencia que, usados de determinado modo, servirían para arrancarle la cabeza a un oso.

También vi una exhibición de vestidos y carruajes que nos llevan a pensar que lo de presumir tiene ya algunos años; no lo inventaron los millenial. 

Obviamente, lo más espectacular del interior del Kremlin son las catedrales… y ver todo aquello repleto de militares, puesto que no deja de ser una ciudad dentro de Moscú empleada en su mayor parte con fines gubernamentales donde nos dejan gentilmente pasar a ciertas zonas muy acotadas para que disfrutemos de los bienes de interés cultural.

Es impactante, por cierto, que en las cinturas de los vestidos de lujo de una de las exhibiciones eran, en algún caso, del tamaño del puño de Noel. En consecuencia, es fácil ver qué relación tiene la evolución de la vestimenta con el feminismo.

Para quien no lo vea: tradicionalmente la elegancia femenina se ha asociado a la restricción de movimientos. En China se ve en la costumbre de vendar los pies para torcerlos y crear cierto efecto de fragilidad al caminar. En aquellos años, está claro que si las mujeres iban con esos corsés a duras penas podían respirar, comer, moverse… así que el sujetador es un gran avance en comparación con ello. Sin embargo, todavía usamos tacones, a pesar de que está demostrado que su uso daña los pies y que evidentemente es difícil moverse igual de bien con tacones que sin ellos. También es más fácil moverse con un traje de los considerados masculinos que con un vestido de los considerados femeninos.  Qué curioso que lo masculino se una a la comodidad y a la facilidad de movimientos y la “delicadeza” femenina se asocie a la fragilidad y a las dificultades para moverse. 

Imágenes difíciles de calificar o agrupar (si te lías, consulta este enlace con el itinerario del viaje): 

  • Un asiático, a quien conjeturo chino, que llevaba una camiseta rosa de Mao decorada con brillantitos (avistado en el Kremlin).
  • La cola para ver la tumba de Lenin, que podía tener una longitud de 500 metros. Como ya comenté en entradas anteriores, está muy bien embalsamado y luce como si se hubiera dormido ayer, o mejor. Es impactante entrar durante segundos en esa sala fría, a oscuras, con Lenin en el centro enfocado directamente por una luz roja. 
  • Un señor con una bandera rusa disfrazado de Putin (avistado en la Plaza Roja).
  • Un taller de contrucción de barcos vikingos para niños en una plaza (la de la Revolución).
  • Encontrar en una franquicia (el My My) una GASPACHO SOUP que no me atreví a probar.
  • Un museo en honor a las víctimas del Comunismo (al final de la calle Nicolás). Hubiéramos entrado, pero estaban de obras. Sí, lo pienso y lo voy a decir: parece que los rusos han sido más capaces de asumir que el comunismo mató gente que los españoles con respecto al franquismo. 
  • El metro de Moscú que, además de ser el más bonito del mundo, es el más largo y el más antiguo. Puedes ver pinturas, esculturas, lámparas de araña, hoces y martillos…
  • Aunque quizá lo más incalificable (para mi fue sorprendente y fuera de rango) fue la visita al Museo de los Cosmonautas, ya que, entre otras cosas, pudimos entrar dentro de una réplica de la estación espacial rusa MIR. Nota curiosa: el señor Gagarin está enterrado en el mismo cementerio al que pertenece el mausoleo de Lenin donde, dicho sea de paso, también está enterrado Stalin. 
  • El parque VDNX cuenta con el monumento a los agricultores. Primer lugar en el que veo un monumento a los agricultores.

La historia del niñato que intentó robarle a Noel: 

En uno de los desplazamientos en metro por Moscú nos encontramos con un niñato que no aparentaba más de quince años por su complexión, si bien iba completamente vestido de negro, encapuchado, con gafas de sol y una máscara en la boca que llevaba estampadas en color blanco las fauces de un tiburón.

El niñato intentó echar mano al bolsillo, pero Noel se giró con tales reflejos que el muchacho se acobardó e, incluso, se quitó la máscara.

Hay que decir que llevaba consigo una tablet con la que se puso a juguetear y yo, lo más discretamente que pude, me puse a cotillear de lejos qué andaba viendo. No es algo que yo acostumbre a hacer, pero el notas, entre las pintas y lo de haber intentado robar a Noel, mucha confianza no me inspiraba.

Así descubrí que el niñato se puso a ver vídeos de su pandilla (debía ser su pandilla porque él mismo salía) haciendo pintadas en los trenes o, incluso, subiéndose sobre su techo a lo Indiana Jones para grabar y difundir la hazaña.

La historia del ruso de los pines: 

En el quinto día de nuestro viaje fuimos al segundo Kremlin, situado en Izmailovo.

Debo dejar claro que en ruso “kremlin” significa “recinto amurallado”. Lo aclaro porque yo pensaba que sólo existía un kremlin y a) no es así y b) los kremlin tienen más de contrucciones históricas que de edificios gubernamentales.

El kremlin de Izmailovo es una construcción antigua y preciosa habilitada como espacio masivo de venta de souvenirs y que a la vez contiene un espectacular molino. De hecho, era uno de los sitios que se recomendaban en Internet para ir a comprar detallitos por la buena relación entre el precio y la variedad.

Entre otras cosas, nos encontramos con un retrato de Sergio Ramos vestido de militar ruso. Dicho retrato costaba tantos rublos que ya no puedo acordarme.

Pero la anécdota no la protagonizó Sergio Ramos, sino un señor mayor que venía muchísimos pines.

Recordad los problemas lingüísticos. Nosotros no hablamos ruso y ellos casi no hablan inglés. Sin embargo, el tipo nos abordó con una sonrisa y empezó a señalarnos pines (Gagarin, naves espaciales, deportistas, Gagarin, un oso ruso, Gagarin… parecía muy orgulloso de Gagarin).

Mas he aquí la maravilla de la comunicación no verbal. Entre tal oferta de pines nosotros buscábamos cosas muy concretas, en concreto, cosas comunistas. Al ver que no nos marchábamos y que seguíamos buscando algo, nos echó una sonriente mirada de placer culpable, como queriendo decir “amadme: sé lo que estáis buscando y lo tengo”.  Para nuestra sorpresa, aunque la mayor parte de sus pines andaban clavados en una tela, expuestos, muy a la vista, había una pequeña selección disimuladamente colocada en un plato de plástico, que no podías ver si él no te la mostraba. Simplemente preguntó, tras una pausa: “¿Lenin?”.

Obvio. ¡Lenin!. Acabamos con dos de Lenin y uno de la hoz y el martillo. Claramente no habíamos dado con un ruso, sino con un soviético, no sería el único, ya que en uno de los aeropuertos nos encontramos a una señora muy señora que le había encasquetado a su pasaporte una cubierta de la antigua URSS (se ve en las siglasCCCP“). Y ya días después, en Ekaterimburgo, vimos un coche que llevaba pegadas en letra bien grande estas mismas siglas. Cuando digo “bien grande” quiero decir “de no haber sabido de qué se trataba, hubiera pensado que era algún tipo de coche publicitario”.

Hasta aquí vamos bien de historias por hoy. Próximamente más batallitas. 

 

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Viaje a Rusia (III) Anécdotas

¡Hola caracolas!

Continúo con las batallitas viajeras de abuela cebolleta.

Primera anécdota: una entrada traumática

Aunque el viaje a Rusia nos encantó, lo cierto es que la entrada no pudo ser más desagradable, en parte porque no íbamos totalmente sobre aviso de lo que iba a ocurrir. Entrar en Rusia requiere pasar un control de documentación que, en nuestro caso, nos llevó algo más de una hora. Habíamos volado con Aeroflot que, según la red, es la compañía más segura a la hora de volar en Rusia, aunque una amiga me había comentado que tenían fama de perder los equipajes.

Por eso cuando superamos el control estábamos muy nerviosos. No sabíamos si las maletas habían salido ya por la cinta o no y tampoco encontrábamos la información necesaria en los paneles. Esto hubiera sido un inconveniente de poca monta si hubiéramos dado con alguien medianamente capaz de comunicarse en inglés en el aeropuerto, pero nos cayeron bastante malas caras al grito de “No English!“.

Por suerte, tienen más que estudiado que el control dura una hora, así que no colocan las maletas en las cintas hasta que no ha pasado todo el mundo el control, así que a los veinte minutos de haber demostrado que éramos turistas legales y tras haber sufrido cuarenta microinfartos pensando en nuestras maletas, la información apareció en el panel y las maletas aparecieron en la cinta. ¡Abracadabra!.

Entretanto, temíamos habernos quedado sin conductor. Como ya no tenemos veinte años, y aunque tenemos un rollo bastante mochilero, hemos comenzado a concedernos pequeños lujos. Uno de ellos es contratar taxis para que nos recojan en el aeropuerto y nos dejen en el hotel, que bastante cansados llegamos del avión. La página web que empleamos para ello es la de Kiwitaxi.

Evidentemente temíamos que el señor conductor del kiwitaxi nos hubiera abandonado, ya que nosotros no esperábamos tardar hora y media en salir del control y recuperar la maleta. Sin embargo, estaba ahí, imagino que ya se conoce el pampaneo.

En este momento ya nos concienciamos que en Moscú el inglés… como que no. Si ni en el aeropuerto te atienden en inglés y luego va un conductor por ti, sabiendo que vienes del extranjero, y tampoco sabe… da una buena referencia del nivel medio por allí. El tipo al menos parecía muy agradable hasta que nos dio, como digo, la kiwihostia, pues es razonable que cobre el tiempo extra de espera y el tiempo de estancia del coche en el parking del aeropuerto, pero si vas haciendo cuentas se ve cuándo alguien te la está colando, si bien nos pilló con muchas ganas de descansar y muy pocas de discutir.

Consejo: Tened esto en cuenta si voláis a Rusia. Dad un margen de un par de horas para el aterrizaje, el control y la recuperación del equipaje. Así evitáis la tentación de la estafa.

Segunda anécdota: el pasaporte

Esa noche cenamos en una hamburguesería, tras un rato dando vueltas y temiendo no cenar, ya que los sitios que había en el entorno de nuestro hotel parecían desproporcionadamente pijos. Por suerte, al fin encontramos un PECTOPAH (se lee “Restorán” y está claro lo que es) relativamente cerca de donde nos alojábamos. Tenía buena relación calidad- precio, aunque no era un lugar para ir a comer todos los días.

Como curiosidad: tenía una farmacia dentro. Pude ver que había varios restaurantes con farmacias dentro. Ya no hay excusas para pedirle un ibuprofeno a los camareros.

Mirando en la carta descubrí que tenían sidra de pera. Me llamó la atención y decidí probarla. Para mi asombro absoluto, el camarero me pidió muy educadamente el pasaporte para cerciorarse de que no soy menor de edad. ¡A mis 34 años estoy hecha una chavala!.

Consejo: Llevad el pasaporte siempre encima. No sólo os lo pueden pedir en monumentos. Te lo pueden pedir en los bares si se te ocurre beber alcohol.

Tercera anécdota: la peli porno.

El segundo día de nuestro viaje, como podéis comprobar en la primera entrada del viaje a Moscú, fuimos a la calle Arbat, que es toda una preciosidad: arquitectura llamativa, artistas callejeros, terrazas… mucha vida.

De pronto vemos llegar una pedazo de limusina. No recuerdo ya si era negra o roja, porque lo que salió de ella llamó todavía más mi atención. Básicamente, era un tipo muy musculoso que linchaba a patadas a otro tipo que sólo llevaba un minitanga muy perturbador y unos grilletes en sus muñecas unidos con cadenas a una argolla que tenía en el cuello.

Después de cinco minutos en los que Noel y yo valoramos meternos a defender al tipo en tanga (sí, estamos fatal de nuestras cabezas) vimos salir de la limusina a una tipa muy larga, de larga melena muy rubia, con taconazos y un bañador rojo digno de Pamela Anderson en “Los vigilantes de la playa”. La chica lloraba y parecía desesperada por defender al tipo con grilletes.

Segundos después, ya no había nada, a excepción de la cámara que había estado ingeniosamente escondida. Quizá lo que querían es que la gente por la calle saliera mostrando naturalidad.

Ya sabéis cuál es la conclusión: es muy probable que Noel y yo salgamos en una película porno rusa.

*

Y hasta aquí por hoy, que tampoco os quiero sobrecargar.

¡Próximamente más!

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Viaje a Rusia (II) Recopilatorio de anotaciones.

¡Hola de nuevo, caracolas!

Sí, es lo que tiene el insomnio, mi viejo amigo: que acabo publicando dos entradas el mismo día. 

Este año mis vacaciones veraniegas tuvieron una novedad y es que tomé anotaciones en dos formatos diferentes: mi cuaderno (sí, viajo con cuaderno de viajes, así no pierdo los detalles) y… el muro de Facebook.

Como no todos mis lectores del blog me tienen añadida en mis redes sociales y tampoco mis amigos en las redes sociales están obligados a leer todo lo que escribo, voy a copiar y pegar aquí los textos más interesantes (a mi parecer) que publiqué en mi perfil sobre mi viaje a lo largo de estos días. Me tomo la libertad, eso sí, de enriquecer las publicaciones originales.  Escribiré en cursiva los textos añadidos a las entradas originales.

¡Vamos allá!

***

Primera publicación. 10 de agosto.

Anécdotas rusas:

1. Ayer pedí una bebida con alcohol y requirieron mi pasaporte para comprobar que soy mayor de edad.  Luego dicen que los rusos son adictos al vodka.  Pues no sé, pero mirando en Internet al parecer te puede enganchar la policía si vas por la calle con un comportamiento inadecuado a causa de la bebida. 

2. Casi nadie habla inglés. Hay quien se dirige a mí directamente en ruso. Yo pensaba que los españoles éramos los únicos idiotas que cuando no sabemos un idioma y hablamos con un extranjero, creemos que basta con hablarle a gritos para que nos entienda. 

3. Unos 25 grados de máxima y esta gente pone el aire acondicionado tan fuerte que hasta Noel se resfría.  Recordemos que Noel es un señor con barba que vive en manga corte y pone el coche, por defecto, a dieciséis grados para encontrarse cómodo. 

4. Pegatinas de Putin. Tazas de Putin. Camisetas de Putin vestido de “Superman”. Añado: matroskas de Putin, bolsas de té de Putin, camisetas de Putin vestido de militar, armado con un kalashnikov y cabalgando un oso (animal de Rusia)… 

***

Segunda publicación: también el 10 de agosto.

Cosas del hotel ruso: 

1. Fijación por los suelos de moqueta. Por eso los zapatos se quedan en la entrada.  Al final me di cuenta de que no era cosa del primer hotel: en todos los hoteles rusos en los que estuvimos tenían esta costumbre, así que me imagino que se trata de una cuestión cultural. 

2. Habitaciones enanas. Cuando pides una de matrimonio, te dan una litera y toca hacer contrapeso cuando uno sube o baja. Lo del segundo hotel fue aún “mejor”: la puerta del dormitorio estaba rota. Cuando nos quejamos a la administración del hotel (tranquilos, ampliaré esta infomación) nos dijeron que “ellos vigilaban”. Eso no evitó que un día se nos metiera en el cuarto un niño de cuatro años (menos mal que no estábamos haciendo nada que hubiera podido traumatizarle). El tercer hotel era el que estaba mejor equipado, pero el tamaño de la ducha no era apto para personas con claustrofobia. 

3. En mi cuarto no hay ventana, aunque hay ventilación. Obvio, no respiramos tranquilos ahí hasta que no descartamos la posibilidad de quedarnos sin oxígeno en esa ratonera. 

4. Con aire acondicionado se convierte en una cubitera. Lugar pequeño, aire acondicionado a todo dar… ¿qué esperáis?.

5. La entrada es aterradora. De hecho, os debo una foto de la entrada. Cuando la haya subido, la enlazaré a continuación. 

Sin embargo, estamos cómodos, es un lugar extremadamente céntrico y muy limpio, los colchones ni duros ni blandos, y el lugar vale para lo que tiene que valer.

Además, se llama Winterfell (traducción: Invernalia, los seguidores de “Juego de Tronos” me entenderán) e incluye decoración friki. Suficiente

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Tercera publicación: 11 de agosto.

Consejos para moverse por Moscú: 

1. No alquiles coche, en serio. Menos aún una bici. Si alquilas pese a todo una bici, haz lo que hacen los rusos: ve por la acera. Hoy vi a un muchacho darse una leche como un «campano» por no seguir este consejo.  He de reconocer que he sido una mala mujer y hasta que no vi la leche que se dio el pobre ciclista, estuve criticando para mis adentros a todos los ciclistas y patinadores con los que me crucé, pero es que allí casi todos van por la acera. Los rusos son muy “intensos” al volante. 

2. Intenta conseguir los tickets por Internet con antelación (no como nosotros). Si la lías, toca hacer cola y las que se montan para el Kremlin y la tumba de Lenin son muy serias, así que en ese caso madruga mucho y muy fuerte. Aviso: y si estas colas me parecieron largas, son una broma en comparación con la cola que más de tres horas que tuvimos que hacer para entrar al Palacio de Catalina (San Petesburgo). Eso sí, valió la pena, pero mejor evitarlas siempre que sea posible. Y, si no puedes evitarlas, haz como los asiáticos con los que nos encontramos: lleva un taburete de playa en la mochila para poder pegarte el lujo de esperar cómodamente. 


3. Pilla una tarjeta Troika de metro. En San Petesburgo tienen una tarjeta totalmente equivalente: es la tarjeta Podorozhnik. 


4. Si te alojas en el mismo centro, lleva contigo un kit mínimo de supervivencia. En el casco antiguo casi no hay tiendas al uso; la lógica indica que los rusos evitan vivir en el centro.  Al final las tiendas en Moscú son como los Fraggle Rock: están escondidas bajo tierra. ¿No me creéis? Pues resulta que en la parada de metro cercana a los jardines Alejandrowsky, precisamente donde se encuentran las franquicias del Mac Donald’s, Burger King, My My y compañía,  te encuentras un centro comercial desproporcionado, con tiendas de todo tipo. Pero, claro, para descubrirlas debes usar el metro o que se te ocurra curiosear por ahí: a simple vista no se ven. Eso, en cierto modo, es una genialidad, ya que no estropea la arquitectura del centro. 


5. Prueba los zumos del Mac Donalds con granadina. Te van a sorprender. Y, para comer, la franquicia rusa Mu Mú (se escribe My My y el símbolo es el de una vaquita). Esos zumos de naranja con granadina sólo los vimos en el Mac de Moscú, por desgracia. 

Consejo extra nivel experto: aprende algunas letras del alfabeto cirílico. O, mejor, aprende todas las que puedas.  Aunque Google transcribe y traduce la letra de imprenta, no funciona con grabados, relieves, etc. Confío con escribir largo y tendido de la tremenda utilidad que tuvo para mí el cirílico. 

Seguiremos informando.

Nota: omití el principal consejo que debía de dar, el de estudiar bien la página web de RUSALIA. En serio, es el sitio con más y mejor información en castellano que hayamos podido encontrar en la web para planificar nuestro viaje a Rusia. 

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Cuarta publicación: 13 de agosto.

La seguridad en Moscú: 

1. Tienen controles, incluyendo controles de metales, en todos los monumentosAbren todas las mochilas.

2. Detalle de calidad: tienen controles en el metro semejantes a los controles de los aeropuertos (metales y escáner). Te echan el ojo en cuando no inspiras confianza.

3. Se ve mucha policía en la calle, en los monumentos, en las estaciones del metro, en los vagones… de hecho pudimos ver cómo la policía se llevaba a un sujeto en el metro, presumiblemente un amigo de lo ajeno. 


4. Más sobre el metro, muchos monumentos y lugares diversos: las rutas de entrada están completamente separadas de las rutas de salida. En otras palabras: se entra por un camino y se sale por el otro. 


5. Es ilegal beber alcohol en la calle y en las guías turísticas de Internet se aconseja no sacar fotografías de las estaciones del metro (supongo que para evitar dar demasiada información a gente no deseada). De hecho, nosotros no tuvimos valor de sacar demasiadas fotos, siempre había algún policía rondando. 


6. Hay edificios rodeados por cámaras de vídeo que aparecen tachados en el Google Maps.

La sensación general es de mucha seguridad.

Seguiremos informando.

PD: Esta entrada dio lugar a un intenso debate en mi perfil a propósito de si Rusia es o no un estado policial. He de decir que este nivel de control solamente lo encontré en Moscú. 

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Quinta publicación: 14 de agosto.

Saludos desde Sergiev Posad, pueblo de Rusia al que hemos llegado cogiendo un cercanías. El choque lingüístico más gordo de nuestras vidas nos lo hemos llevado no en Tailandia sino intentando coger este tren. Ahora vamos a intentar ver uno de los monasterios más sagrados de Rusia

Para empezar, casi nadie en la estación de trenes hablaba inglés. Nos costó horas encontrar a la única persona que más o menos lo hacía. De hecho, según ella, realmente no hablaba inglés, pero era lo mejor que íbamos a encontrar. Por un momento llegamos a pensar que éramos completamente incapaces de encontrar el tren adecuado y alcanzar nuestro destino, era desesperante, pero lo conseguimos. 

Para seguir, todos los planos tenían los nombres de las estaciones en cirílico. Medio aprender a leerlo me ayudó a encontrar el nombre de nuestra parada. Luego el truco está en ir contando paradas para saber cuándo hay que bajar. Y ojo, sin confiarse, que las paradas son cortitas. 

Sergiev Posad merece la visita, eso sí, es uno de los centros más importantes de la iglesia ortodoxa rusa, además de ser Patrimonio de la Humanidad y parte de los pueblos del llamado “anillo de oro”. 

Aunque llegar fue complicado, aquí parecían más acostumbrados a los turistas que en otros puntos, puesto que no me hicieron cubrirme la cabeza para entrar a los templos (las mujeres ortodoxas suelen llevar un pañuelo en la cabeza cubriendo el pelo y una falda larga que tapa las piernas). Cuando fui a Ganina Yama sí que me tocó adoptar la imagen ortodoxa y considero que es el estilo que menos me favorece en el universo. Ya os contaré. 

A la salida del templo, nos encontramos a un sujeto vendiendo KVAS. Es una bebida alcohólica muy suave y refrescante… pero no nos gustó nada. Lo que me sorprendió es que vendieran con tanta naturalidad una bebida alcohólica a la salida de semejante conjunto religioso, viendo lo serios que eran con el alcohol en Moscú. 

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Sexta publicación: 14 de agosto.

Aspectos de desarrollo en Moscú:

1. Ciudad muy cuidada. Siempre hay alguien limpiando.
2. Muchos espacios verdes (y muy amplios).
3. En la puerta del mini zoo de aves y ardillas, había una máquina expendedora de comida apta para ellos.
4. Muchos puestos de alquiler de bicicletas.
5. Bloques de edificios muy altos (incluso 20 pisos).
6. Zona de rascacielos.
7. He visto parejas de mujeres cogidas de la mano (no de hombres). Pd. La situación más homofóbica que vi en Moscú la protagonizó un inglés, a quien vi quejarse de la «Rainbow people» ante otro sujeto (esto cuando hacíamos cola para ver a Lenin) por lo «poco discretos» (actitud, ropa corta, etc) que eran cuando él visitó Madrid. Por curiosidad ideológica: el muchacho (señor de unos 40) ea contrario al Brexit, pero no es dado a argumentos muy elaborados.
8. La tarjeta de metro funciona como tarjeta monedero. Repito: la tarjeta de metro funciona como tarjeta monedero (en Madrid estamos amargados con la nuestra, que se me antoja muy incómoda para el turista). Pd: se puede usar la tarjeta del metro para pagar el coste de los aseos con los que cuenta la red.
9. WiFi gratis en aeropuertos, en el tren que va al aeropuerto, en muchos puntos del casco antiguo de Moscú, en la red de metro….

Sólo hay dos cuestiones, desde el punto de vista del desarrollo, que echan un poco para atrás:

1. El agua de Moscú es potable, pero aconsejan no beberla mucho. En otros lados, ni lo intentes.
2. Aseos a la asiática en ciudades como Sergiev Posad (de hacer tus cosas en cuclillas sobre un agujero). Nota: luego he sabido que a este estilo de aseo se le llama “placa turca”. Yo les llamo “baños a la asiática” porque, al fin y al cabo, los vi por primera vez en Tailandia. No obstante, tengo entendido que hasta hace no mucho se podían encontrar en algunos puntos de España aseos muy similares. 

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Séptima publicación: 15 de agosto.

Algo interesante que he hecho hoy: visitar la «Iglesia sobre la sangre derramada» de Ekaterimburgo. Y no es un «sobre» de «acerca de» sino de «encima de». Esa iglesia se construyó sobre el lugar en el que asesinaron a los Romanov. Por cierto, frente a la Iglesia hay una cruz en su honor (con esculturas de la familia Romanov a su alrededor) y una serie de fotografías sobre ellos.

Luego descubrí que el concepto de colocar iglesias exactamente sobre la sangre derramada es algo que gusta a los rusos. En San Petesburgo hay otra iglesia sobre la sangre derramada (Iglesia del Salvador) que recibe este nombre porque se empezó a construir (1883) durante el mandato del zar Alejandro III exactamente sobre el lugar en el que había sido asesinado su padre pocos años antes. No obstante, la construcción de esta iglesia finalizó durante el reinado del zar Nicolás II (1907).

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Octava publicación: 16/08

Mañana en Ganina Yama, lugar donde encontraron muertos a los Romanov, en pleno bosque siberiano. Actualmente, lugar de peregrinación. Han dedicado una iglesia a cada uno de ellos dentro del complejo (es decir, hay siete iglesias) y hay una pasarela junto al pozo en el que hallaron los cuerpos con fotos de la familia.

Me tocó ir «a la ortodoxa». Ya daré más detalles.

Quiero hacer hincapié en que Ganina Yama NO es un lugar turístico. Para llegar lo que hicimos fue presentarnos en la estación de autobuses y quiso la casualidad que encontráramos un cartel publicitario con las excursiones a Ganina Yama y al obelisco que separa Europa de Asia. Según nos acercamos a descifrar el cartel, vino a nosotros un señor con el que nos pudimos entender… no sé muy bien cómo. Ese señor lleva a la gente en grupos pequeños (de seis en seis) a Ganina Yama, les deja un par de horas y luego les recoge, cuando lleva al siguiente grupo. Por supuesto, todos los demás pasajeros de la furgoneta que nos acercó al complejo eran rusos. 

Importante: Si en Moscú y en San Petesburgo casi nadie habla inglés… en Ekaterimburgo os lo podréis imaginar. De todos modos, a Ekaterimburgo le debo dedicar un capítulo completo, porque a nivel de anécdotas fue el más intenso y divertido. 

Eso sí, Ganina Yama espectacular. Muy respetuoso con el bosque: las iglesias son de madera y se conservan los árboles del entorno. La belleza natural del sitio es sobrecogedora. Ojo, es un lugar de oración y no de turismo, eso se nota. Me sorprendió saber que actualmente la iglesia ortodoxa rusa considera santos a los Romanov asesinados. 

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Evidentemente publiqué más entradas en Facebook sobre el viaje a Rusia, pero considero que estas son las principales por la información que proporcionan y porque se prestaban mucho a ser matizadas y complicadas. En entradas sucesivas retomaré el orden cronológico, más fácil de seguir.

De todos modos, espero que esta entrada os haya resultado interesante.

Será continuado.

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Viaje a Rusia (I)

¡Hola caracolas!

Llegó la hora de ir contando cómo fueron mis vacaciones este año. A ver si esta vez soy capaz de condensar la información mejor que en años anteriores, aunque no lo creo. De momento, comenzaré dejando por aquí cuál fue nuestra hoja de ruta, para que os hagáis una idea previa del viaje.

  • Salida: día 09/08/18. Curiosidad: salimos de viaje el mismo día que el año pasado.
  • Destino del vuelo: Moscú.
  • Duración de la estancia en Moscú: del día 09/08 al día 17/08, si bien, gracias al tren de cercanías, desde Moscú hicimos una pequeña excursión a Sergiev Posad.
  • El día 17/08 cogimos un vuelo interno de Moscú a Ekaterimburgo. Esta etapa incluyó una visita al complejo religioso de Ganina Yama.
  • El día 19/08 volamos de Ekaterimburgo a San Petesburgo.
  • El día 22/08 regresamos volando de San Petesburgo a Moscú y ya de Moscú a Madrid.

Al día siguiente de llegar a Madrid nos tocó ir a Asturias a recoger a nuestros animalejos, pero esa ya es otra historia.

Puntos de interés de nuestro itinerario (esquema desarrollado del viaje): 

Día 2:

  • Jardines Alejandrowsky.
  • Plaza Roja.
  • Catedral de San Basilio.
  • Catedral de Cristo Salvador.
  • Bulevar Gogolebsky.
  • Calle Arbat.

Día 3:

  • Kremlin.
  • Calle Nicolás.
  • Plaza de la Revolución.

Día 4:

  • Mausoleo de Lenin.
  • Museo de los Cosmonautas.
  • Parque/ monumento VDNX.
  • Estaciones de metro de Moscú.

Día 5:

  • Cementerio.
  • Lago de los cisnes.
  • Estadio olímpico.
  • La colina de los gorriones.
  • Izmailovo (el segundo Kremlin).

Día 6:

  • Sergiev Posad.

Día 7:

  • Ekaterimburgo (llegada, paseo por la ciudad).
  • Iglesia sobre la sangre derramada (1).

Día 8:

  • Ganina Yama.
  • Otro paseo por Ekaterimburgo.

Día 9:

  • Llegada a San Petesburgo.

Día 10:

  • Palacio de invierno.
  •  Catedral Pablo y Pedro.
  • Mezquita.
  • Crucero Aurora.
  • Iglesia sobre la sangre derramada (2).
  • Catedral de Kazan.

Día 11:

  • Jardines y palacio de Peterhof.

Día 12:

  • El palacio de Caterina.

Día 13:

  • Museo Hermitage.

Día 14: Regreso.

Datos curiosos: 

  • Kilómetros recorridos: 130.
  • Bebidas más extrañas: el KVAS, el Sprite de Pepino y la fanta de pera.
  • Clima: calor la primera mitad del viaje. Lluvia helada y aterradora los últimos días.
  • Carácter de la gente: normal, pero les frustra no tener pajolera idea de inglés.
  • Poderes desarrollados en el viaje: la capacidad de leer cirílico por pura supervivencia.
  • Al pie de la noticia: Noel y yo hemos presenciado los rodajes de, al menos, dos películas.
  • Mejor souvenir: La Putinseta.

Próximos capítulos: Lo que mola, las anécdotas. 

¡Continuará!

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La mochila (poesía)

Hoy voy a compartir con vosotros una poesía. No sin antes advertiros que cada vez escribo peor. Hubo años pasados en los que cuidaba más la métrica, la rima, el no hacer rimas pobres, las pausas e, incluso, dónde caían las tónicas, pues hasta el verso libre tiene sus pautas, no es ir colocando palabras como te dé la gana, o eso dicen los que saben.

Pero yo cada vez escribo menos, he dejado los foros literarios, he dejado esas actividades que implicaban corregir y ser corregida, me ha devorado la pereza y he pasado a hacer lo que antes criticaba: escribir desde las tripas sin más, pero a conciencia.

Y esto salió hoy. No es gran cosa en forma, probablemente sea una mierda. Pero descubrí que me salió con mucho contenido, quizá de las cosas más honestas que he podido escribir en mi vida.

Vamos al lío.

 

LA MOCHILA

El sol brilla, reflejado en el mar.

El aire de la libertad es respirable.

No hay piedras en mis pies.

No hay cuerdas en mis manos.

Nada debería pesarme.

En esta nueva era lo normal

es sonreír

y hasta reír a carcajadas.

Tener alas y volar.

 

Como decía,

no hay nada importante que me falte.

Me siento segura, en alma y cuerpo.

Como cada día. Tengo un techo.

Hay quien me ama.

Nunca había recibido más amor.

Hay quien valora mis esfuerzos.

Hay quien cree que aporto al mundo.

Yo también.

 

Pero llevo una mochila.

Una carga menos ligera de lo que aparenta.

La abro de año en año, cada vez menos,

pero siempre con temor al asomarme,

pues aunque cada vez soy más fuerte para llevarla

nunca ha aprendido a pesar menos.

 

Olor a podrido guarda siempre.

El olor de los insultos en la infancia.

De no saber en quién confiar.

De creérmelos.

De no entender por qué me atacan.

De no entender nada.

 

También guarda cosas rotas.

Los recuerdos que habrían debido pertenecer

a los años más felices de mi vida;

y luego la certeza

de que, además de víctima, fui verdugo.

Puedo hacer daño, lo hice,

no siempre me arrepiento de ello.

 

En los últimos años se llenó de nostalgia.

El simple paso del tiempo nos arrebata

a aquellos que más nos quisieron.

Y luego hay quien se marcha

mucho antes de que suene el fin de turno.

 

Sucede cuando el cuerpo se colapsa

ante un dolor continuo e inhumano

y la mente decide rendirse

ante el final de una guerra irresoluble.

 

[Demasiados abrazos atrapados

para siempre en el seno de una tumba].

 

Pero a veces no es la muerte

el único ladrón de baluartes.

Los firmes cimientos no son tan firmes.

Las cadenas del afecto no son tan fuertes.

Basta una escasa distancia entre los cuerpos,

o la distancia entre las mentes, planteamientos,

cualquier absurdo error o desacuerdo

(o, incluso, conveniencia)

y la falta de continuidad en todo caso,

para hacer olvidar lo inolvidable.

 

Se descubre que no hay más patria que la tumba,

ni más lealtad que la de quien hoy y a diario

pone su alma a tu servicio

para ayudarte a llevar la carga

y que, por más que una brújula te oriente

y un mapa te señale tu casa,

hogar es donde hay quien te espera,

amigo es quien permanece

y familia es quien, sin mediar sangre, lo merece,

pues el pasado es un camino sin retorno

y mañana empieza hoy. 

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