El parque de las ratas

Buenos días, gente 

Os voy a copiar (parcialmente, puesto que soy la primera dueña de mi información) otro texto que puse en otro foro, por aquello de que ando mal de tiempo, pero representa bien en qué ha andado mi mente en estos tiempos:

Ayer me acordé de vosotros. Os voy a contar por qué para situaros un poco.

Estaba viendo «The let down». Es una serie australiana que emiten en Netflix España. Se puede traducir como « la subida de la leche» ( tiene gracia que en inglés la leche baje en lugar de subir) o algo así como «la depresión». Como os podéis imaginar, trata de las desventuras de una madre primeriza.

Sí, es lo que tiene acabar de ser madre. Me he vuelto autorreferencial nivel « necesito ver una serie que trate mis putos problemas y, a ser posible, reírme de ellos antes de cortarme, metafóricamente las venas».

Sin entrar en pormenores, la madre primeriza decide integrarse en un grupo de madres para ir tratando sus dificultades, por lo que en cada capítulo, además de hablar de las cosas que le pasan a ella, también aparecen historias en relación a alguna de las otras madres.

Una de esas madres, en uno de los últimos capítulos de la segunda (y última hasta el momento) temporada tiene un pequeño problema de alcoholismo del que se da cuenta bruscamente y un personaje divertido le hace una especie de terapia exprés para evitar que degenere en un alcoholismo de verdad.

En una de las conversaciones entre estos dos personajes, el «terapeuta» le cuenta a la mujer que ella lo que necesita es un «parque de las ratas» y le vino a relatar de modo muy resumido un experimento que se hizo con un grupo de ratas adictas a la morfina a finales de los setenta.

En ese experimento y en otros anteriores se había comprobado que muchas ratas mantenidas en solitario y con esa adicción elegían suministrarse droga hasta morir antes que comer o beber… pero en aquel experimento se supo que si se mantenía a las ratas adictas en grupo (relaciones sociales) en una jaula divertida y estimulante, las ratas dejaban de administrarse morfina.

Podéis ver más detalles del experimento, que comprobé en la red que es real, en un cómic que se llama « El parque de las ratas» y que está disponible en Internet.

Este experimento supuso la certeza de que la adicción no se trata sólo de una droga muy fuerte ante la que sucumbes por la propia fuerza de la droga si te atreves a probarla. 

Lo revelador es saber que si las personas contamos con un apropiado «Parque de las ratas», apoyos sociales y una vida que nos guste, en la que el ocio sano tenga presencia, la adicción a) no se produce y b) puede superarse si ya existía.

[Y aquí se acabó copiar].

Bien os imagináis que cuando se tiene una criatura, muchas cosas cambian. Se deja de dormir, se reordenan las prioridades (está el bebé y luego todo lo demás). A veces parece que lo único que soy capaz de hacer bien es cuidar de mi hija, que nada más sale.

Además, recordad mi mudanza: aquí, hoy por hoy, estoy sola socialmente hablando. Sí, tengo a Noel, tengo a Mar, pero amigos no tengo, lo he comentado alguna vez. Si en algún momento quiero tomarme un café con alguien fuera de la familia no se puede.

Al menos, hace poco estuve en Almería, vi a mucha gente querida e incluso me encontré con una despedida de soltera sorpresa, así que mi queja no va de que la gente no me quiera, sino de que tengo a demasiada gente que me quiere lejos y eso hace que a menudo me sienta asfixiada en Asturias.

Por suerte, a pesar de que se supone que el cuerpo tarda un año de recuperarse de un parto, el sábado pasado asistí a un seminario de Wing Tsun en Asturias. Quería ver cómo iba aquí las cosas, cómo es el Sifu, cómo son los profesores, qué ambiente hay en las clases… y bueno, fue frustrante en cuanto a mi destreza: es gracioso tener un grado sexto y sentirse incapaz de hacer los ejercicios más sencillos por pura falta de práctica, de hecho, hubo un momento en el que me sentía incapaz de procesar hasta las instrucciones más sencillas, tal era mi colapso a la tercera hora de entrenamiento, pero, y de aquí la relación con el inicio de mi entrada, creo que he recuperado mi jaula de ratas.

Señoras y señores, vuelvo a Wing Tsun el próximo martes. Tendré que turnarme con Noel y contar con el apoyo de los abuelos, pues no es lo mismo no tener responsabilidades que tenerlas, pero no me puedo quejar: los abuelos de mi nena son estupendos.

Lo necesita mi cuerpo, que jamás había estado en peor estado de forma, y lo necesita mi mente, no ya por conocer gente, sino por hacer algo fuera de las rutinas domésticas. Yo sin una cierta actividad puedo enloquecer y sé que me espera un tiempo de parón profesional hasta volver a estabilizar la situación, así que, si me queréis, debéis alegraros por el hecho de que retome el deporte, aunque comenzaré más que nada “cobrando”, ya me entendéis.

Un abrazo, pajarracos.

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Relato de parto

¡Hola, pajarracos y pajarracas!

¿Qué tal estáis?

Yo con muchas cosas que contar, pero muy poco tiempo para hacerlo y la energía bajo mínimos.

Este post se va a centrar en lo esencial, algo que ya sabéis la mayoría: desde el mes de julio tengo una hija, lo que me convierte en madre (¡quién lo iba a decir! ¿no eran las madres esas personas que siempre tienen razón, cocinan muy rico y encuentran todo lo que se pierde? pues algo va mal, esas cosas no me las enseñó la matrona).

El texto que voy a pegar lo publiqué inicialmente en un grupo de Facebook (El parto es nuestro) en el que las mujeres nos apoyamos unas a otras de cara a la gestación y al parto. Se comparten dudas y experiencias y, en mi caso, tengo mucho que agradecerles.

Uno de los recuerdos que tengo es que a más de cuatro les dio por contarme los partos más horribles que conocían durante mi embarazo. De hecho, estando ya hospitalizada para mi inducción, en la víspera de mi parto programado, una conocida (enfermera, para más señas) me vino a contar que salió tan traumatizada de su parto que necesitó terapia psicológica después.

Vamos a pensar que la moza lo hizo sin maldad, peroooooooooo… si había algún momento en el que no debía contarme esa experiencia traumática era ese.

En consecuencia, creo que es muy importante que aquellas que tenemos buenas experiencias (o, si no buenas, tranquilizadoras) las compartamos con las demás también. Ahora me he dado cuenta de que la gestación es una etapa en la que se pasa muchísimo miedo y lo último que necesita una embarazada, que ya pasa terror antes de cada análisis, de cada ecografía, de cada vez que debe subirse a una báscula, etc, es que la gente de su entorno añada más miedo al que ya hay.

Y ya que no tengo mucho tiempo, pues en un rato me toca dar un biberón, copio esa experiencia con la idea de que pueda serle útil o tranquilizadora a alguien, aunque eliminaré ciertos datos por salvaguardar un poco la privacidad. Allá va:

Buenas tardes, compañeras. He escrito aquí muchas veces a lo largo de mi embarazo pidiendo ayuda y consejo, así que lo justo era compartir mi relato de parto por si le puede servir a alguien.

Empezando por el final, mi fecha prevista de parto hubiera sido el (…) de julio, pero me provocaron el parto el (…), en mi semana 38+4. La razón era mi bajo líquido amniótico. Quizá recordéis que gané unos días empleando mi oposición como excusa y que pedí una segunda opinión privada al respecto.

Nunca me dieron una cifra objetiva referente al líquido amniótico que me quedaba. En la pública vieron la situación como una emergencia. La ginecóloga privada era partidaria de que me hubieran hecho una monitorización cada 48 horas para prolongar mi embarazo un poco más, pero cuando ese sábado fui ingresada decidí no luchar más por el lógico miedo de que prolongar mi embarazo fuera una decisión negativa para mi hija.

Así, me quedé ingresada un sábado en el que me pusieron un propess. Hay que decir que el jueves anterior había interrumpido un intento de Hamilton. Cuando comenté esto con la ginecóloga privada me dijo que no hubieran podido hacerme la maniobra ni queriendo, el cuello de útero estaba muy muy verde, casi como el de una mujer no embarazada. Supongo que se dieron cuenta de eso el sábado y por eso, en vez de intentar la maniobra, me pusieron un propess.

Ponerme el primer propess fue indoloro. El problema fue quitármelo el (…). Me ocasionó una irritación brutal, de hecho, ha sido la primera vez en mi vida que me he visto gritando en una revisión ginecológica. Esto también lo compartí por aquí y varias de vosotras me dijisteis que podía negarme a que me pusieran un segundo propess, aunque lo leí demasiado tarde.

Irónicamente, como hubo que usar tanto lubricante para podérmelo poner, el propess se cayó en cuanto fui al cuarto de baño. Fue muy extraño, porque la ginecóloga me examinó y me dijo que lo tenía dentro, que probablemente me había sugestionado, que lo de que mi molestia física desapareciera había sido un efecto placebo… no me había sentido más infantilizada en mi vida, pero mejor así. El (…) entero lo pasé sin el propess y sin que volvieran a molestarme más allá de los tres monitores diarios… y que la irritación fuera pasando seguro que me ayudó en el parto.

Al día siguiente os tuve en mis pensamientos. Redacté y entregué el plan de parto siguiendo vuestros consejos. Aquí se recibe un tipo de formación y apoyo que no suelen dar las matronas. No obstante, debo ser honesta y confesar que el parto siempre me ha dado pavor, por el tema de mi mala gestión del dolor físico. Antes del embarazo, había sido una persona que ante el menor dolor ya se tomaba un Ibuprofeno 600. Además, soy muy aprensiva, por eso decidí no ver vídeos de partos en YouTube.

No os extrañará entonces que yo siempre había tenido claro que quería la epidural. No me veía capaz de soportar el proceso sin ella. No obstante, como leí aquí que tiene un efecto sobre el parto, quería posponerla lo posible o bien que me pusieran la «walking».

Pues bien (spoiler) ya os digo que en el hospital de (…) la «walking» no existe.

Entré en la sala de partos el lunes a las 10:30. Mi cuello del útero seguía muy verde y no había rastro del propess. Me pusieron oxitocina y me dejaron caer que me mentalizara, que estos partos son más largos y, bueno, de un modo u otro ese día iban a sacar a la niña.

Me monitorizaron, pero hay que decir que me dieron intimidad con mi pareja (sólo entraban si yo las llamaba), una pelota de Pilates, una cama muy regulable y libertad de movimientos.

Sin embargo, los monitores dieron mucha guerra. A poco que me moviera, perdían las constantes de la niña, hasta el punto de que, en cuanto mi dilatación lo permitió, me metieron los cables por dentro para no perderla de vista.

No contentos con esto, el monitor de mis contracciones no detectó jamás una contracción. Me da que las matronas creyeron que yo estaba exagerando hasta que descubrieron que ya estaba de cuatro centímetros.

Obvio, la intervención no se limitó a ponerme oxitocina. También en cuanto fue posible me rompieron la bolsa para acelerar las cosas. Hay que decir que esto físicamente ni me dolió. Lo que me impactó fue el poco líquido que noté caer. Temo que con él ni se hubiera podido llenar un vaso.

Ya de cuatro centímetros, me ofrecieron la epidural. Inicialmente me planteé aguantar más, pero a poco que razoné me di cuenta de que no es lo mismo tener un parto natural y no pedir o posponer la epidural para evitar el suministro de oxitocina que encontrarme con un parto marcado por la oxitocina desde el principio.

Además, las contracciones no me daban tregua, tenía una cada tres minutos, y su intensidad subía con mucha rapidez.

Por cierto, a mí lo que más me ayudó no fue la pelota de Pilates, sino inclinarme hacia delante, unas veces de pie y otras sentada.

Cuando vino el anestesista pasé miedo. Temía que no quisiera ponerme la anestesia por mi desviación de columna, pero no tuve ningún problema. También temía no poder permanecer quieta mientras me pinchaba, porque la reacción de encorvarme hacia delante con cada contracción era instintiva y casi imposible de controlar, así que toca reconocer que el anestesista fue rápido y hábil.

La anestesia tardó su tiempo en hacer efecto. Primero se me durmió una pierna, luego la otra. Por eso durante un rato, las contracciones se parecían extrañamente a los calambrazos de una ciática.

Al poco de hacerme efecto, una matrona me sugirió que aprovechara la oportunidad para relajarme y echarme una siesta.

En menos de cinco minutos, empecé a notar tales dolores en el pubis que interpreté que la anestesia había dejado bruscamente de hacer efecto… pero, para sorpresa de todos, una matrona se asomó a mirar y gritó: «¡Pero si está en completa! ¡Pon los pies aquí! ¡Empuja, que te va a aliviar!».

Fue doloroso, chicas. Empujones muy fuertes, muy seguidos. Grité que sentía que me iba a partir en dos (de hecho, lo que grité fue: «¡Me va a partir el culo!») y acabé agradeciendo la episiotomía, cuando yo hubiera querido evitarla.

Como os había contado, entré en la sala de partos a las 10: 30. El expulsivo comenzó a las 16 y a las 17.07 tenía a mi hija en mis brazos.

Hubo o creo que hubo algunas consecuencias. La pequeña está bien, pero nació con 2kg 670 gramos y no hubo modo humano de que se enganchara al pecho. Ahora me toca batallar con el misterioso «cólico del lactante», del que nadie sabe la causa o el tratamiento y sólo saben decirte que te aguantes los tres próximos meses. No puedo evitar pensar que a mi hija le faltaron sus dos semanas.

Por otro lado, me sentí muy bien tratada el día del parto, pese al despropósito de los días anteriores y me vino muy bien que una de vosotras me dijera que, aunque el parto no fuera como había previsto, no por ello tenía que ser malo.

Pese a todos mis miedos, al final fui capaz de enfrentarme a un parto inducido, duro… y, paradoja, dada su velocidad e intensidad, la mayor parte de él sin anestesia.

Espero que esta historia pueda ayudar a aquellas que compartís mis miedos.

Un abrazo.

Espero que este “tocho” os pueda ser de interés y, de paso, espero poder sacar otro ratito para contaros más cosas de la maternidad, el postparto y mi vida en general.

¡Cuidaos!

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Adaptación

¡Hola, pajarracos!

Como sabéis los que habéis tenido acceso a la información confidencial de la entrada anterior, he estado inactiva y sigo inactiva porque me ha venido una época de cambios muy cruciales en mi vida.

Sí diré de modo público que dentro de seis días hará dos meses desde que me mudé a Avilés. Entre el papeleo, los pequeños arreglos de la casa, conseguir muebles que faltaban… no se puede decir que me haya aburrido, no.

Sin embargo, sí os confesaré que, aunque hagan ilusión, todos los comienzos son duros y, en esos escasos momentos en los que me puedo permitir pensar, creo que lo que más duro se me hace es cierta soledad. No os equivoquéis, aquí tengo una base sólida: tengo a mi pareja y a su familia, que son encantadores y nos apoyan mucho. También conozco desde hace años a amigos de mi pareja y la sintonía con muchos de ellos es buena… pero llego a echar de menos tomarme un café con mis propias amistades, aunque es de agradecer que ya recibí un par de visitas desde Madrid.

Esto es curioso porque realmente mi vida social en Madrid no era demasiado grande. Sí, a lo largo de siete años he conocido a diversas personas que se me han hecho muy queridas, pero, en general, allí el ritmo es de locura, todos viven lejos unos de otros y, al final, te pasas la vida de casa al trabajo y del trabajo a casa y se hace verdaderamente complicado quedar con nadie… pero, como la mente humana es así de curiosa, me sentía mucho más tranquila cuando pensaba que “podía hacerlo” aunque no lo hiciera.

Ahora, digamos, sí se hace imposible tomarse un café con ellos.

En cuando a mis amigos de Almería, me había acostumbrado a verles una vez cada pocos meses, pero en esta ocasión la espera será más larga y también lo llevo regular. Espero compensarlo y que, aunque mis visitas a mi tierra sean menos frecuentes, al menos sea posible compensarlo haciéndolas de mayor duración. Estoy muy comprometida con no desvincularme de mi tierra y, sobre todo, de las personas que me importan, que al final es lo importante.

Supongo que, de todos modos, sentirse sola no es algo que venga tan mal. La soledad ayuda a reflexionar. La soledad aumenta las posibilidades de que me dé por escribir, que dicen las malas lenguas que hace años, cuando lo hacía con frecuencia, no se me daba del todo mal. En esta noche meditabunda en la que tengo a Noel durmiendo porque debe despertarse a las 5.45 de la mañana (cosas del horario de verano; el precio a pagar por estar en casa a la hora de comer) ya he escrito dos correos electrónicos largos a un par de amigos (antes hacía eso con frecuencia) y, fijaos, me ha dado por actualizar este blog medio abandonado, que al final es semejante a escribiros una carta a todos vosotros.

Por cierto, gracias por seguir estando ahí, pese al paso de los años.

Dicho esto, imagino que iré conociendo gente por estas tierras. No es la primera vez que, en muchos sentidos, empiezo de cero. Al final siempre levanto cabeza, aunque debo confesar que conocer gente y hacer amistades no es lo mismo en la veintenta que en la treintena; más que nada porque en la treintena las amistades suelen tener ya una antigüedad y la gente está más cerrada a conocer gente nueva por aquello de que es una edad en la que suele priorizarse la propia familia.

De todos modos, no quisiera cerrar esta entrada dejando la sensación de que estoy triste. No es así. Hay muchas cosas que me ilusionan. Se abren nuevos caminos para mí. Pero todos los cambios, incluso los más positivos, tienen su lado traumático y de ajuste y negarlo sería bastante hipócrita por mi parte.

Un abrazo enorme.

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Protegido: Grandes cambios en mi vida

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Viaje a Rusia (VI) San Petersburgo

¡Hola, caracolas!

Efectivamente, como os podéis imaginar, ya me han llamado a trabajar y de ahí el retraso con la actualización, pero por suerte ya queda poquito. ¡Vamos al lío!

La llegada a San Petersburgo (día 9):

  • El señor del Kiwitaxi que nos llevó del hotel al aeropuerto tenía varios dientes de oro. No es que sea algo muy reseñable, pero cualquier persona que lleve varios dientes de oro adquiere un aspecto más terrible, como cinematográfico.
  • En el vuelo de Moscú a San Petersburgo me tocó junto a la ventanilla de emergencia. Como es lógico, la azafata me pidió mi copereishon en inglés, pues cuando tienes ese asiento, de paso te toca la misión de abrir la salida de emergencia. La gracia es que me pidan mi copereishon y luego me remitan a unas instrucciones de seguridad en ruso que debo leer. En fin, que descuiden, que mi intención no es obstaculizar la salida, morir y dejar que mueran todos. De nada.
  • El hotel resultó maravilloso: contaba con ascensor y puertas que se cerraban. El único problema es que la cama era dura como una piedra, pero por suerte en la misma habitación había unas escaleras que conducían a una buhardilla habilitada como dormitorio infantil que contenía un futón comíoemierda a modo de cama. Nos las apañamos para sacar quitar el futón, lanzarlo sobre la cama e ignorar  la colonia de microorganismos rusos que debían vivir ahí, a fin de convertir un lecho de fakires en una cama de personas. PD: Cuenta la leyenda que justo antes de que Noel lanzara el colchón desde  la barandilla del desván, a una tal Silvia se le ocurrió decir: “y así murió Silvia, aplastada por un colchón” de tal manera que Noel, del ataque de risa, casi se cae por unas escaleras muy precarias con un futón en la mano.
  • Tras esto cayó una siesta de cinco horas (cosas de los reajustes horarios) y un paseo del que salió una de las frases célebres del viaje: “en Rusia el francés se paga”. En serio, si vais a Rusia y empezáis a ver “patisseries” y similares, preparad los rublos porque os van a clavar. Siempre va a ser más económico lo local. De hecho, por lo poco que llevo visto, es tontería ir a Asia y cercanías y pretender comer barato al estilo europeo- occidental. Pensad que lo de ir probando comida forma parte de la experiencia.

¿Fast and furious? (día 10): 

Antes de seguir con el día 10, os vuelvo a enlazar la primera entrada con el itinerario para cada uno de los días.  ¡No os perdáis!.

  • Nada más comenzar a andar, empezamos a ver policía y una especie de carrera entre dos coches. No hablo precisamente de coches baratos. También había un buen número de mirones a ambos lados de la acera y unos cuantos cámaras muy pendientes de la escena. Sí, escena. Cuando Noel se lamentaba por no haber grabado la escena a tiempo, los coches volvieron a salir un par de veces más a hacer exactamente lo mismo que hicieron la primera vez, con lo cual Noel pudo grabarla con toda la comodidad.  Quién sabe, quizá salgamos por segunda ver en una película. Si no sabéis de qué hablo, pinchad sobre el enlace y buscad la tercera anécdota de esa entrada.  Si en unos meses aparece un “The Fast and the Furious” ambientado en San Petersburgo, recordad que yo estuve ahí, al pie de la noticia una vez más. 
  • Casi nos echamos a llorar (exageración, evidente) cuando encontramos una tienda de souvenirs en la que vendían postales. ¿Por qué en Rusia apenas se ven tiendas en las que vendan postales?. Y ya en ella descubrimos a un muchacho latinoamericano con quien no hizo falta entenderse en inglés. ¡Toda una racha!. Aprovecho para comentar que la poca gente que me he encontrado en el viaje que hablaba en español, me la he encontrado en San Petersburgo. Sobre todo, turistas. De cara al público, ese chico fue el único.
  • Paseando encontramos un pequeño museo sobre instrumentos de tortura. España apareció mencionada algunas veces por nuestra “pequeña” contribución a la materia durante la época de la Inquisición, pero lo peor es comprobar que nuestro último condenado a muerte por “garrote vil” falleció en 1975. Recomiendo leer su historia.
  • ¡Reencontramos el TRDELNIK!. Cuando estuvimos en Praga desarrollamos una adicción malsana hacia este dulce y, una vez en España, temimos no volver a probarlo jamás… ¡pero resulta que los venden en San Petersburgo!. Como bien se suele decir, son las pequeñas cosas las que nos hacen felices.
  • Y, cómo no, llegó el momento de probar el vodka en forma de cocktail “Blue Lagoon“. Ya por el caviar no me preguntéis, que somos clase obrera.

El Versalles ruso (día 11): 

  • Los jardines de Peterhof son algo espectacular. Fuentes, esculturas, oro… y cuenta la leyenda que hay un palacio (el museo “Grand Palace”), pero por cuestiones idiomáticas mezcladas con poca voluntad por parte de quienes llevan el tema, no nos fue posible visitarlo, a pesar de estar pagado, pues desde el momento en el que sales del recinto, te piden que pagues el ticket de nuevo y tampoco era cuestión de pagar dos veces. Os juro que preguntamos, pero os remito a los problemas de comunicación a los que he hecho referencia a lo largo de estas entradas.
  • Llegar a los jardines tiene su complicación cuando vas por cuenta propia (y no encontramos ninguna visita guiada en inglés para llegar). Es preciso coger el metro y, en cierto punto, combinarlo con un microbús que mete miedo al pánico. Los asientos te dejan medio culo fuera, resbalan, no cuentan con cinturones de seguridad y van parando donde les da la gana. Considerando que se nos ocurrió comer en los puestos que hay junto a los jardines de Peterhof y las hamburguesas no tenían precisamente buena pinta y que, además, Noel se sentó a contramarcha en el microbús… milagro fue que no nos diera por vomitar ahí mismo, sobre todo a él que llegó a preocuparme bastante.
  • Otro detalle de calidad son los baños portátiles que tenían por ahí. Pagué 35 rublos por entrar a uno y, en lugar de orinar, bien podría haberme dedicado a pescar con una caña todos los horrores que se veían en el fondo de la taza. Miedo daba que alguno de esos horrores estuviera vivo y, en el intento de hacer un pis, acabara devorando mi cadáver. Honestamente, me sorprendió la mala infraestructura turística de San Petersburgo en comparación con Moscú, cuando se trata de un sitio tan visitado.
  • Ya de tarde, vivimos la experiencia de ser sorprendidos por una lluvia potente y helada. Habíamos tenido un clima tan estupendo los días anteriores, que nos confiamos. No sé cómo no enganchamos una pulmonía.  No recuerdo haber corrido más en mi vida.

El palacio de Caterina (día 12): 

  • Advertencia. Lo ideal es comprar el ticket del palacio con antelación. Llegando a primera hora de la mañana (eso sí, en autobús de línea decente) tuvimos que esperar de pie más de dos horas. En este contexto, es muy molesto cuando la gente que está en una cola no camina porque está demasiado ocupada haciéndose selfies. 
  • En realidad, en esa cola vimos a gente muy interesante: la pareja que estaba frente a nosotros, comiéndose un bocadillo, haciendo videoconferencias y pasando tres cojones del crío de no más de cuatro años que iba con ellos; el chino situado a nuestra espalda que no se tiró menos de cien rutios (eructos) en esas dos horas. Ojo, sin disimulo ninguno, sin disculparse, sin taparse la boca. Hablamos de sonidos a todo volumen, reiterativos y con la boca bien abierta. Después, teníamos a los japoneses de los que hablé en entradas anteriores que llevaban consigo unas pequeñas butacas (además de los paraguas) para esperar cómodamente sentados y protegidos del sol.
  • Afortunadamente la lluvia nos respetó la visita. A pesar de lo larga que fue la cola, el palacio y, sobre todo, LA CÁMARA DE ÁMBAR, merecieron mucho la pena.  Es quizá uno de esos lugares que todo el mundo debería visitar una vez en la vida. No obstante, según llegamos al hotel empezó a llover y ya apenas paró. De milagro salimos a cenar, aprovechando una pequeña pausa durante el diluvio.

¡Ya sólo me quedan el día 13 y el regreso! Podría continuar, pero esta entrada ya me quedó muy larga.   Próximamente habrá más que, espero, disfrutéis. 

¡Abrazos!

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Viaje a Rusia (V) Anécdotas

¡Hooola de nuevo!

¡Vamos allá con la siguiente ración de anécdotas rusas!

Recordad que recomiendo tener a la vista la entrada anterior, para que sepáis por dónde vamos, y la primera entrada, en la que señalé el itinerario.

Cosas que pasaron en Sergiev Posad: 

  • Nos tocó enfrentarnos a una estación de trenes de cercanías con toda la información escrita en cirílico. Por suerte, yo había aprendido a leerlo un poco. Preguntar era casi inútil, como ya comenté. Nos costó varias horas (incluyo parada en un local con WiFi gratis para buscar más información de Rusalia) encontrar a la única persona que sabía inglés de la estación. Parte del problema consistía en que habíamos sido demasiado madrugadores y previsores: habíamos llegado a la estación bien temprano pero el primer tren hacia Sergiev Posad no salía hasta las 12:03. Igualmente, hasta que no llegamos a destino no estuvimos seguros de haber cogido el tren adecuado.
  • Mientras esperábamos en la estación (dudando muy seriamente de nuestras capacidades para llegar a destino) presenciamos cómo una chica muy bajita casi se abre la cabeza por intentar sentarse de un salto sobre una estructura que tenía a sus espaldas una muy buena caída (las escaleras que daban al metro). Tuvo que ser una señora muy mayor que se había sentado en ese mismo sitio un rato antes sin problemas quien evitó que la muchacha, debido a su exceso se ímpetu, se abriera la cabeza.
  • Ya en Sergiev Posad descubrí que a los centros de oración ortodoxos se debe entrar con los hombros cubiertos y, en el caso de las mujeres, con un pañuelo en la cabeza, aunque allí me libré de la obligación, nadie me dijo nada ni me impidió la entrada.
  • Eso sí, fue traumático ir a los aseos y descubrir que allí se estila lo que yo llamo “aseo tailandés” (puesto que lo descubrí en Tailandia) y que realmente se llama placa turca. En su día, cuando fui a Tailandia, aprendí a orinar en ellas, aunque me supuso mi pequeño trauma o choque cultural, pero jamás he podido hacer (me divierte el eufemismo) “aguas mayores” en una.  No obstante, el día de marras no pude orinar porque había caminado tanto por Moscú durante las jornadas anteriores que me había despertado con una tensión tan cojonuda en el coxis que no podía doblar el espinazo, ni siquiera para hacer el esfuerzo de tocarme los dedos de los pies con las manos, así que no era capaz de ponerme en cuchillas; cada vez que dejaba de estar erguida, la espalda me pegaba un latigazo… así que me tocó aguantar hasta que salí del monasterio.
  • Ya os conté que en la puerta me vendieron KVAS y mucha gracia no me hizo, aunque quita la sed. Lo que me sorprendió es que bebieran alcohol tan cerca de un recinto religioso.

Hijo de la luna: 

Una vez en Moscú, me sorprendió muchísimo pasar por una fachada y escuchar a toda voz la canción de “Hijo de la luna” y no, no era una versión rusa, estamos hablando de la vieja “Hijo de la luna” cantada por Ana Torroja de cuando Mecano era Mecano.

Día 7. En Ekaterimburgo (ciudad perteneciente a Siberia): 

Nos encontramos con uno de los hoteles más peculiares en los que jamás hayamos estado. Por lo que vimos, se encuentra regentado por tres muchachas y, aunque la información no nos consta, nos dio la sensación de que se trataba de tres hermanas, ya que una aparentaba unos 20 y era la que asumía funciones de mayor responsabilidad (recepción de clientes) otra que debía tener unos 16 la ayudaba (enseñando las habitaciones, limpiando) y otra mucho más joven (en torno a 14) parecía limitarse a acompañarlas. Las tres se demostraban una gran complicidad.  Asimismo, había una cuarta muchacha, pero el día en el que llegamos nos la encontramos durmiendo en un sofá que se encontraba justo frente al mostrador de la recepción, ya que ella era la que se quedaba haciendo el turno de noche. Por cierto, que por puro despiste mío, casi pongo mi culo sobre los pies de esa muchacha cuando me tocó quitarme los zapatos para dejarlos en la entrada.

¿Por qué era peculiar este hotel?

  • Ya antes de subir, nos encontramos con un ascensor roto. Esos días nos tocó subir y bajar de un cuarto piso. No mata a nadie, pero no es muy cómodo.
  • Ver a la recepcionista usar el Google Translate para comunicarse es muy significativo, aunque ya teníamos asumido que esto en Rusia iba a ser la norma.
  • Nos dieron una habitación con la puerta rota. Para cerrarla, había que pillar la puerta con una toalla. La sensación es que inicialmente nos correspondía otra habitación, de hecho, iban a dárnosla, pero cuando la de dieciséis abrió la puerta… estaba entera sin recoger, por lo que nos asignaron la de la toalla. Que, por cierto, al poco rato un niño de no más de cuatro años que iba correteando por el pasillo nos abrió la puerta de sopetón y muerto de risa. Menos mal que no estábamos haciendo nada no apto para menores.
  • Cuando hicimos notar este hecho, la muchacha apenas respondió con una frase “Administration cares”. Obvio: ¿Cómo podíamos temer que alguien quisiera robarnos con una vigilancia tan férrea? (añadir tono irónico).
  • No obstante, no se trataba de una excepción: ese hotel tenía un verdadero problema con las puertas. Simplemente, yendo por los pasillos descubrí otro cuarto cuya puerta también se cerraba con una toalla. Además, al día siguiente Noel se quedó encerrado en uno de los baños aunque, en lugar de pedir ayuda, resolvió salir por sí mismo dándole un empujón.
  • Aunque lo más impactante es que creo que la chica de 14 me tiró los tejos. Si no me los tiró, como mínimo actuó de un modo muy raro ante mí. Estaba empeñada en conversar conmigo aunque no supiera cómo. Me intentó explicar que le encantaba España pero, cuando le pregunté si había estado, me respondió que no, que había estado dando clase de español. Se me ocurrió entonces la gran idea de hablarle en español y ella, riendo, empezó a enumerar las pocas palabras que recuerda de mi idioma: “uno, dos, cuatro… ¡buenas tardes!”. Hasta ese momento estaba siendo muy divertido… pero pasó de divertido a, en cierto modo, perturbador, cuando, de pronto, abandonó el mostrador, se colocó a mi lado, extendió los brazos y dijo, con voz mimosa: “Huuuuuge me!!!” (Abrázame). Sí, esa inocente criatura me abrazó recién llegada de un viaje: sudorosa, oliendo a todo lo malo de la humanidad… y sin razón alguna. Desde ese momento, cada vez que me veía por los pasillos me sonreía o hacía risitas haciéndome un saludo coqueto con la mano. Tened en cuenta que, al no haber agua potable en el grifo, me tocaba salir relativamente a menudo a tomarla de unos bidones que tenían preparados en los pasillos.  Ya al día siguiente, me estaba yo calzando, sentada en el famoso sofá frente al mostrador de recepción,  cuando veo que esta muchacha se sienta a mi lado y se me queda… mirando fíjamente las peras. Pero fijamente. No hablo de una miradita furtiva de las que luego se disimulan. Llegué a sentirme violenta e intenté iniciar algo que se pareciera a una conversación preguntándole si me recomendaba algún sitio para visitar en Ekaterimburgo. La muchacha empezó a tartamudear, balbucear y a encogerse de hombros, todo en uno, y no fue capaz de darme una respuesta clara (ni de echar mano al Google Translator). En otro orden de cosas, también me cayó un besamanos cuando me despedí del guía turístico que nos acercó de excursión a Ganina Yama ese mismo día. Ha de ser que por aquella parte del mundo son muy efusivos. Yo prometo que no me había echado ningún perfume con feromonas. 

Más sobre Ekaterimburgo: 

  • Han tomado una medida muy divertida en atención de aquellas personas que vayan a visitarles. Puesto que no son muy dados a traducir carteles, han pintado en el suelo una línea azul que conecta todos los puntos turísticos de la ciudad. Esa medida es ideal para las personas como yo, que no nos orientamos para nada.
  • Como os dije en entradas anteriores, cuenta con una Iglesia sobre la sangre derramada, en honor a los Romanov, que fueron asesinados allí, que ellos cuando dicen “sobre” quieren decir “encima de”.
  • Luego cuentan con un conjunto de iglesias en pleno bosque siberiano (ya lo dije pero lo repito) en Ganina Yama. Cada iglesia está dedicada a un Romanov (actualmente santos según la iglesia ortodoxa rusa) y, por tanto, son siete. El conjunto respeta el entorno: los templos son de madera, están conectados entre sí por caminos y no se han talado los árboles. Además, hay una galería de fotos alrededor de la mina en la que fueron hallados los cuerpos. Evidentemente Ganina Yama fue construida en torno a esa mina. Por cierto, ahí me obligaron a entrar a la ortodoxa: pañuelo en la cabeza y piernas cubiertas por un faldón rojo. Lo peor es que en lugar de darme un fular digno de tal nombre, me dieron un pañuelo del tamaño de una servilleta que no había modo de colocarse de manera elegante. Esto significa que Noel tiene unas fotos mías en las que yo le parezco demasiado a la abuela de la fabada. No me atrevo a publicarlas porque son pura carne de memes, pero no es precisamente mi estilo más favorecedor.
  • Por cierto, que encontramos al guía turístico de pura casualidad, tuvimos que hacer el recorrido en una furgonetilla enana infernal de las de ir culo contra culo y, por supuesto, escuchar todas las explicaciones únicamente en ruso, por lo que a mí me iba a dar algo por el trayecto. Escuchar una charla de más media hora en una lengua que no es la propia debe ser una tortura patentada por la KGB. Pero eso, luego, cuando nos recogió y nos devolvió al punto de partida, el tipo me obsequió con un besamanos. No quiero ni pensar en la cara que debí poner, el contacto físico sorpresivo me violenta mucho.
  • Ese día comimos en el Subway, donde tampoco hablaban inglés, así que fuimos señalando de qué ingredientes queríamos el bocadillo. Para nuestra sorpresa, no sé por qué razón (¿promoción? ¿aniversario?) nos regalaron una cuchara. Quizá fue por valientes, puesto que fue en ese lugar donde descubrimos el Sprite de Pepino. Ahí la tenemos, en la mesita del salón que nos hace de altar de los recuerdos que vamos teniendo de nuestros viajes: la cuchara del Subway de Ekaterimburgo.

Con esto he zanjado los días 6, 7 y 8, por lo que a partir de la próxima entrada toca hablar de las anécdotas sucedidas en San Petersburgo. ¡Prometo actualizar pronto! (enseguida empieza mi “año académico” y en este me toca de nuevo opositar).

¡Abrazos!

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Viaje a Rusia (IV) Anécdotas

Seguimos con historietas sucedidas Moscú entre los días 3 y 5.

En el Kremlin:

Entre muchos objetos Romanov y eclesiásticos de lujo inimaginable pude  ver evangelios de oro y pedrería “de bolsillo” de tal grosor y contundencia que, usados de determinado modo, servirían para arrancarle la cabeza a un oso.

También vi una exhibición de vestidos y carruajes que nos llevan a pensar que lo de presumir tiene ya algunos años; no lo inventaron los millenial. 

Obviamente, lo más espectacular del interior del Kremlin son las catedrales… y ver todo aquello repleto de militares, puesto que no deja de ser una ciudad dentro de Moscú empleada en su mayor parte con fines gubernamentales donde nos dejan gentilmente pasar a ciertas zonas muy acotadas para que disfrutemos de los bienes de interés cultural.

Es impactante, por cierto, que en las cinturas de los vestidos de lujo de una de las exhibiciones eran, en algún caso, del tamaño del puño de Noel. En consecuencia, es fácil ver qué relación tiene la evolución de la vestimenta con el feminismo.

Para quien no lo vea: tradicionalmente la elegancia femenina se ha asociado a la restricción de movimientos. En China se ve en la costumbre de vendar los pies para torcerlos y crear cierto efecto de fragilidad al caminar. En aquellos años, está claro que si las mujeres iban con esos corsés a duras penas podían respirar, comer, moverse… así que el sujetador es un gran avance en comparación con ello. Sin embargo, todavía usamos tacones, a pesar de que está demostrado que su uso daña los pies y que evidentemente es difícil moverse igual de bien con tacones que sin ellos. También es más fácil moverse con un traje de los considerados masculinos que con un vestido de los considerados femeninos.  Qué curioso que lo masculino se una a la comodidad y a la facilidad de movimientos y la “delicadeza” femenina se asocie a la fragilidad y a las dificultades para moverse. 

Imágenes difíciles de calificar o agrupar (si te lías, consulta este enlace con el itinerario del viaje): 

  • Un asiático, a quien conjeturo chino, que llevaba una camiseta rosa de Mao decorada con brillantitos (avistado en el Kremlin).
  • La cola para ver la tumba de Lenin, que podía tener una longitud de 500 metros. Como ya comenté en entradas anteriores, está muy bien embalsamado y luce como si se hubiera dormido ayer, o mejor. Es impactante entrar durante segundos en esa sala fría, a oscuras, con Lenin en el centro enfocado directamente por una luz roja. 
  • Un señor con una bandera rusa disfrazado de Putin (avistado en la Plaza Roja).
  • Un taller de contrucción de barcos vikingos para niños en una plaza (la de la Revolución).
  • Encontrar en una franquicia (el My My) una GASPACHO SOUP que no me atreví a probar.
  • Un museo en honor a las víctimas del Comunismo (al final de la calle Nicolás). Hubiéramos entrado, pero estaban de obras. Sí, lo pienso y lo voy a decir: parece que los rusos han sido más capaces de asumir que el comunismo mató gente que los españoles con respecto al franquismo. 
  • El metro de Moscú que, además de ser el más bonito del mundo, es el más largo y el más antiguo. Puedes ver pinturas, esculturas, lámparas de araña, hoces y martillos…
  • Aunque quizá lo más incalificable (para mi fue sorprendente y fuera de rango) fue la visita al Museo de los Cosmonautas, ya que, entre otras cosas, pudimos entrar dentro de una réplica de la estación espacial rusa MIR. Nota curiosa: el señor Gagarin está enterrado en el mismo cementerio al que pertenece el mausoleo de Lenin donde, dicho sea de paso, también está enterrado Stalin. 
  • El parque VDNX cuenta con el monumento a los agricultores. Primer lugar en el que veo un monumento a los agricultores.

La historia del niñato que intentó robarle a Noel: 

En uno de los desplazamientos en metro por Moscú nos encontramos con un niñato que no aparentaba más de quince años por su complexión, si bien iba completamente vestido de negro, encapuchado, con gafas de sol y una máscara en la boca que llevaba estampadas en color blanco las fauces de un tiburón.

El niñato intentó echar mano al bolsillo, pero Noel se giró con tales reflejos que el muchacho se acobardó e, incluso, se quitó la máscara.

Hay que decir que llevaba consigo una tablet con la que se puso a juguetear y yo, lo más discretamente que pude, me puse a cotillear de lejos qué andaba viendo. No es algo que yo acostumbre a hacer, pero el notas, entre las pintas y lo de haber intentado robar a Noel, mucha confianza no me inspiraba.

Así descubrí que el niñato se puso a ver vídeos de su pandilla (debía ser su pandilla porque él mismo salía) haciendo pintadas en los trenes o, incluso, subiéndose sobre su techo a lo Indiana Jones para grabar y difundir la hazaña.

La historia del ruso de los pines: 

En el quinto día de nuestro viaje fuimos al segundo Kremlin, situado en Izmailovo.

Debo dejar claro que en ruso “kremlin” significa “recinto amurallado”. Lo aclaro porque yo pensaba que sólo existía un kremlin y a) no es así y b) los kremlin tienen más de contrucciones históricas que de edificios gubernamentales.

El kremlin de Izmailovo es una construcción antigua y preciosa habilitada como espacio masivo de venta de souvenirs y que a la vez contiene un espectacular molino. De hecho, era uno de los sitios que se recomendaban en Internet para ir a comprar detallitos por la buena relación entre el precio y la variedad.

Entre otras cosas, nos encontramos con un retrato de Sergio Ramos vestido de militar ruso. Dicho retrato costaba tantos rublos que ya no puedo acordarme.

Pero la anécdota no la protagonizó Sergio Ramos, sino un señor mayor que venía muchísimos pines.

Recordad los problemas lingüísticos. Nosotros no hablamos ruso y ellos casi no hablan inglés. Sin embargo, el tipo nos abordó con una sonrisa y empezó a señalarnos pines (Gagarin, naves espaciales, deportistas, Gagarin, un oso ruso, Gagarin… parecía muy orgulloso de Gagarin).

Mas he aquí la maravilla de la comunicación no verbal. Entre tal oferta de pines nosotros buscábamos cosas muy concretas, en concreto, cosas comunistas. Al ver que no nos marchábamos y que seguíamos buscando algo, nos echó una sonriente mirada de placer culpable, como queriendo decir “amadme: sé lo que estáis buscando y lo tengo”.  Para nuestra sorpresa, aunque la mayor parte de sus pines andaban clavados en una tela, expuestos, muy a la vista, había una pequeña selección disimuladamente colocada en un plato de plástico, que no podías ver si él no te la mostraba. Simplemente preguntó, tras una pausa: “¿Lenin?”.

Obvio. ¡Lenin!. Acabamos con dos de Lenin y uno de la hoz y el martillo. Claramente no habíamos dado con un ruso, sino con un soviético, no sería el único, ya que en uno de los aeropuertos nos encontramos a una señora muy señora que le había encasquetado a su pasaporte una cubierta de la antigua URSS (se ve en las siglasCCCP“). Y ya días después, en Ekaterimburgo, vimos un coche que llevaba pegadas en letra bien grande estas mismas siglas. Cuando digo “bien grande” quiero decir “de no haber sabido de qué se trataba, hubiera pensado que era algún tipo de coche publicitario”.

Hasta aquí vamos bien de historias por hoy. Próximamente más batallitas. 

 

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