Del Factor Silvia y los electroduendes (III)


Ya sé, la siguiente entrada debía ir sobre cosas peculiares que había visto en Madrid… pero nuevamente los planes no se acaban de ajustar con los hechos y, como la historia del post anterior ha dado un giro inesperado, es más prioritario continuar con su narración.

Hoy me desperté con una tierna llamada. No era mi mami ni ningún enamorado, se trataba de la Policía Nacional, para anunciarme que toda mi documentación y mis tarjetas habían sido encontradas por un barrendero muncipal en los alrededores de la estación de Atocha. No obstante, del dinero no quedaba nada, ni del billete de tren, de mi cartera tampoco. Lo del billete de tren ya había quedado solucionado el día anterior: al ser imposible reimprimírmelo tocó ir a Atocha a comprar otro. Cabe decir que dentro de mi mala estrella tuve buena suerte: el billete que re-compré era el último que quedaba para volver a Almería el 23. Llego a tardar más y me veo celebrando la Nochebuena en Madrid. En cuanto a la cartera, era bien grande, bien bonica, y estaba en perfecto estado, así que próximamente quedará a la venta en cualquier mercadillo de Madrid.

Fui a la comisaría. Ésta no era en la que hice la denuncia. Había denunciado en la que se encuentra en la Calle Leganitos – ¿Qué es un leganito? ¿Es un habitante bajito de Leganés?- y me tocó recoger mis cosas en la de la Calle Huertas.

 No tardaron nada en atenderme. Me dio especial alegría volver a ver mi DNI; hasta ahora para sacar dinero me veía obligada a identificarme con la denuncia. Ya no me haría falta vivir con la denuncia a cuestas. En los breves instantes en los que estuve en la sala de espera, conocí a una señora mayor y a un señor latino de mediana edad; a ellos también les habían robado la cartera. Es imposible sentirse especial contando anécdotas como estas cuando descubres que a medio Madrid se la roban y al otro medio también. Me dieron la enhorabuena por la recuperación de mis documentos y tarjetas y yo les deseé la mejor de las suertes y unas felices fiestas.

Ahora empieza lo bueno. El Factor Silvia vuelve a entrar en acción.

Tras sacar dinero en una Caixa cercana, y teniendo en cuenta que aquella mañana no había desayunado, me fui a un bar a tomar un tentempié, puesto que para comer ya estaba comprometida con el amigo que me había acompañado el día de autos (mec, mec). En el bar volví a encontrarme al latino que estaba en Comisaría. Y como le caí en gracia, se empeñó en invitarme a cerveza y croquetas y me contó su vida, que era la siguiente (supuestamente):

– Nació en Zaragoza (¿o era en Zamora?). Eso le convierte en español, a menos que existan ciudades homónimas en América Latina. No se lo pregunté, así que no me lo especificó.

– Se educó en EEUU.

– Es hijo de un embajador.

– Uno de sus hermanos vive en Grecia. De hecho, él debía estar en Grecia, pero el asunto del robo le había retrasado.

– Otro de sus hermanos vive en Nicaragua.

– Son una familia que tiene dinero. Mueven varias empresas que a él no le interesan. A él lo que le interesa es el oro. Y tiene más de 2000 € en su poder en este momento. Casi ná.

Una vez realizada esta exhibición, sazonada con frecuentes comentarios del tipo “el dinero no importa” – a la vista está por qué a él le importaba menos que a mí- le vi maniobras extrañas como:

– Decirle a todo el bar “¿Qué hacéis tan callados? Seguro que si os invito a tres cervezas habláis todos”. Supongo que todos se quedaron callados porque les asombraba ver el estilo dialéctico de este señor.

– Intentar tocarme el pelo, en una maniobra cuya cercanía física estaba totalmente fuera de lugar.

– Preguntarme qué pensaba hacer después. Una aquí intentaba ya no pensar mal, pero cuando este señor me pidió que me quedara con él pese a que le había dicho que ya tenía planes, es mosqueante… aparte de iluso: no iba a cancelar los planes porque él me lo pidiera, por más que luciera ante mí su solvencia económica.

– Cuando ya le expliqué la historia, que vine a ver a un amigo de México que cada 4 o 5 años nos visita, y al que, por tanto, no iba a dejar plantado porque no puedo verle todos los días, comentó que México es muy bonito (le faltó marcarse una ranchera), que la distancia no está en los kilómetros, sino en el corazón (¿?) y mostró interés en que se lo presentara (¡!).

Recordé mi vieja máxima, que aprovecho para formular: A excepción de familiares y amigos muy cercanos; si un hombre muestra una tendencia recurrente a querer invitarte a una consumición (o a todo lo que consumas), no pretende hacer nada gratis: te lo quiere cobrar en carnes. Valga esto para el caso de hombres heterosexuales ante mujeres.

Así pues, el señor volvió a la Comisaría, rogándole que le esperara cuando acabara mi consumición, ya que le tocaba declarar. A fin de asegurarse mi permanencia, pagó cuando salía del bar, de tal manera que su vuelta se quedó encima de la barra.

Creo que nunca he devorado tan rápido unas croquetas. Y eso que ardían. En cuanto al dinero, no tuve el menor problema de conciencia: alerté al camarero de que me marchaba y le pedí que guardase la vuelta, asegurando que el señor con quien había estado hablando regresaría a por ella.

La espantada evitando calles en las que pudiera encontrarme con el tipo hasta localizar un taxi que me devolviera a Gran Vía fue memorable. Me daba yuyu la simple idea de encontrármelo, a pesar de que el tipo era correctísimo, parecía estar forrado y hubiera sido un braguetazo (aunque fijo tiene dos esposas y siete hijos esperándole en dos países distintos) pero va a ser que ese, por muy desesperada que me tengan las opos y el desempleo, no va a ser el recurso que tome para encarrilar mi vida.

O, al menos, no por ahora XD

PD: Mirad todo lo que me ha pasado…. y todavía toca sobrevivir aquí dos días más.

¿Continuará?

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2 respuestas a Del Factor Silvia y los electroduendes (III)

  1. Pingback: Del Factor Silvia y los electroduendes (III) | Madrid

  2. Coral dijo:

    Curioso (y típico) caso. Me encanta eso de México y que la distancia no está en los kilómetros, sino en el corazón.
    Qué morro el tipo.

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