La chica de la Cruz Roja (días 3,4 y 5 + bonus)


Día 3:

Llovía, pero a saco, a mala leche. Mi tierra no es de mucha lluvia, pero cuando cae, es agresiva, ventosa y desagradable. Aunque este no es el tema, puesto que a mí me llevaban y me traían en coche a los asentamientos. El tema era dónde dar clase si todavía no estaba lista el aula. El parque ya no era una posibilidad válida y… la casa de un grupo de mis alumnos, tampoco. Aunque la ofrecieron con su mejor intención, al llegar ahí descubrimos que su casa no tenía una pared que protegiera la casa de estar, no tiene luz, no tiene agua, no tiene ni losas en el suelo, lo que sí tenía eran siete gatos que se refugiaban bajo una de las mesas. Al final, ya que por suerte eran pocos, nos los llevamos en la furgo a un bar, pidiendo permiso a la camarera (rumana) y ella nos rogó que consumiéramos algo para que no la regañara la dueña si pasaban por el bar. De ese modo, pegándonos a la ventana y tirando de ordenador y presentaciones en power point, nos apañamos.

Cabe destacar, a modo de anécdota pedagógica, que cuando mis alumnos vieron en el material que había preparado a un antiguo presidente de su tierra, alguien de buena fama, se emocionaron de tal modo que comenzaron a gritar «Presidente, presidente».

El marroquí no se emocionó tanto al ver a la reina de su tierra. Debo pedir mil perdones y explicar que en aquel momento todavía no habían comenzado las manifestaciones en Marruecos y que para trabajar las nacionalidades me era más interesante una mujer relevante marroquí que un hombre… más que nada, porque estaban relacionando las nacionalidades con las diferencias entre el masculino y el femenino (hombre español / mujer española; hombre argentino/ mujer argentina) y era interesante que supieran que el adjetivo «marroquí» designa tanto a hombres como a mujeres… y a ver qué mujeres famosas hay en Marruecos que yo pueda conocer, siendo este un país que no da demasiado bombo a las mujeres.

En fin, hasta de los errores se aprende… o, quizá, sobre todo se aprende de los errores.

No obstante, entiendo mejor que al marroquí no le emocionara ver a su reina que el que a los otros les emocionara ver a un presidente (si oculto su nacionalidad es por no dar demasiadas pistas). Según me dijo una amiga, la nostalgia de la tierra propia puede ser tan grande que a mí, que no soy demasiado fan de la política ni hay nadie ahora mismo en ella que se haya ganado mi admiración, me brotarían unas lágrimas como brótolas si tuviera que irme de España, no pudiera volver a ella durante la cantidad suficiente de años, y de pronto alguien me mostrara una foto de Zapatero.

Dejémoslo en que lo dudo. Aunque Rajoy me emociona menos todavía. De hecho, temo que voy a acabar votándole a ET, pero no es cuestión de ponerme a hablar de política.

¿Sabéis otra cosa que me impactó? Pues, cuando les llevamos de nuevo a los asentamientos, a ese lugar de ruina, y uno de mis alumnos negritos proclamó alegremente «¡Bienvenidos a África!». Me quedé muy pensativa, sin saber si aquello era una muestra de hospitalidad y aprecio o un síntoma de humor negro, y nunca mejor dicho.

Día 4:

¡Primer día con aula! Toda una experiencia. Mi compañero no pudo venir, por causa de un curso de socorrismo – esos deben renovarse cada dos por tres, incluso aunque estés ejerciendo de socorrista, así que ha de ser un sacadineros de espanto- y la técnico tampoco, así que me acompañó aquel voluntario del que hablé en una entrada anterior, el que os conté que estaba muy quemado porque llevaba muchos años colaborando con la Cruz Roja, que tenía mucha experiencia en todas las áreas, que se ha hinchado a hacer cursos, etcétera, pero que nadie ha valorado ascenderle… mientras que ha visto cómo otros voluntarios entraban a trabajar con menos de un mes por una cuestión de contactos.

Pero, volviendo a los asuntos docentes, la entrega de la llave fue algo emocionante. El concejal, con su media sonrisa, daba a enteder que había conseguido el privilegio después de arduas tareas de mediación vecinales, ya que a los vecinos no les agrada la presencia de inmigrantes, dicen haber tenido conflictos con ellos en el pasado, al parecer ocasionaron algún tipo de desperfecto ¿? en una ocasión anterior en que les dejaron el aula, etc. De ahí vino la condición de que no introdujéramos en el aula más de 15 alumnos al mismo tiempo. 

No es algo que me preocupe, el grupo más grande que he tenido es de seis alumnos.

Cuando llegamos al aula, la clase estaba impoluta y era enorme, con unas mesas tan amplias que en cada una de ellas bien pueden acomodarse dos o tres personas (idóneas, por tanto, para el trabajo en pequeño grupo), buena iluminación, aire acondicionado… aunque sin papeleras, tizas o borradores, imprescindibles en una clase, brillaban por su sorprendente ausencia.

Otro elemento sorprendente era una cocina adosada detrás del aula. Este chico y yo la estuvimos examinando mientras llegaban los alumnos. En resumen: no habría papeleras, tizas y borradores… pero de atún, patatas fritas, refrescos, cubiertos, whisky, ron, embutidos, etc, estaban bien servidos.

Y usted me dirá, Doctor Watson, después de estas observaciones… ¿Cuáles son sus conclusiones acerca del uso habitual que la comunidad de vecinos hace del aula aquí descrita?

El término elegante es «convivencias».

Por suerte, una buena gadgeto-maestra siempre lleva tizas en la mochila… y eventualmente los pañuelos de papel pueden servir de borradores.

¡Soy una mujer de recursos!

Día 5:

Otro día sin mi compi. En esta ocasión me ha acompañado la técnico. Traía consigo un borrador y tizas de colores, para complementar a mis tizas blancas. La clase transcurrió sin mayores problemas, así que de ella sólo caben destacar las siguientes curiosidades:

– Supe que si los uniformes de Cruz Roja tienen tanto tallaje y quedan tan rematadamente mal es porque… ¡son todos de hombre! Volvemos a los tiempos en los que el hombre, entendido como varón, era la medida de todas las cosas. Y a las nenas nos suele favorecer otro tipo de corte y ropa algo más entallada. ¿Tanto les cuesta?

– A la técnico y a mí nos dio por fabular. Ya sabéis, cuando eres voluntario cometes el error de creerte buena persona y, cuando te crees buena persona (incluso obviando que entraste ahí por puro interés) caes en tentaciones como querer arreglar el mundo en cinco minutos. Se nos ocurrió, ya que teníamos noticias de que los inmigrantes no estaban bien valorados por los vecinos, que a modo de desagravio por lo que sea que hubiera ocurrido anteriormente, que podíamos aprovechar esa cocina tan bien surtida y ese espacio tan amplio de aula para hacer una «convivencia gastronómica» entre ellos y los vecinos. Ellos, por ejemplo, podrían preparar comida de sus respectivos países e invitar a los vecinos a probarla. De paso, se crea una oportunidad de que conversen los unos con los otros y así aprendan a reconocerse mutuamente como personas mientras que los alumnos practican su español al mismo tiempo. Otra idea que se nos ocurrió, ya que una amplia mayoría de ellos saben inglés, es que podían intercambiar clases de conversación con los adolescentes del pueblo; ellos practican español con los adolescentes a cambio de que estos puedan practicar su inglés con ellos.

Y a mí por un lado me parecía estupendo y por otro… no podía evitar olvidarme de mi casi ex alumno (o ex casi alumno o, lo que él hubiera querido ser, alumno casi ex) de Costa de Marfil, el que me metió en su casa tan fácilmente y que luego me complicó tanto la tarea de salir… supongo que es bueno perderles el miedo, pero no totalmente. Y no por una cuestión de raza. Más bien de pobreza, de desesperación, de cultura (algunos vienen de sociedades muy machistas), de que se tiran años y años sin catar una mujer y andan más salidos que el pico de una plancha…

Qué complicado es mantener el término medio, el término justo.

– También me comentó la técnico que en Cruz Roja hay una especie de «red social» interna y que me mandaría una clave para poder utilizarla, porque sería bueno crear un banco de recursos para que pusiéramos cosas en común todos los profesores de español. Eso estaría genial, ahora sólo falta que me invite, llevo días esperando.

Bonus:

Hoy hubiera sido mi sexto día de clase. No fui el anterior (y no fue nadie, mi compañero seguía haciendo su curso) porque pillé un resfriado de los de convertirse casi en mujer elefante. Hubo quien me regañó por faltar a un trabajo que en realidad es voluntario y del que se deriva que no me pagan, acusándome de irresponsable. Por cierto, es la clásica regañina que viene secundada por heróicos ejemplos de gente que trabaja mucho más que tú en un estado mucho peor que el tuyo, obviando el innegable hecho de que esa gente cobra. Si yo tuviera un contrato, iría a trabajar hasta con el tifus. No teniéndolo, si no me siento bien y tengo ronquera, afonía, cantidades horrorosas de mocos y una voz tremendamente nasal… puedo ahorrarme dar clases de español. Y si no cobrar no fuera suficiente argumento, tengo otro igual de bueno: si un profesor no puede hablar, no puede trabajar, su herramienta fundamental de trabajo es LA VOZ. Es por ello que la faringitis crónica consta en el catálogo de enfermedades laborales como típica de este colectivo.

La gente opina por todo, sobre todo cuando no sabe, y se ceban además cuando tu situación personal es mala… me da bastante coraje y a todos los desempleados nos ocurre, sobre todo si excedemos cierta edad.

Volviendo al asunto, no fui el día anterior, pero iba a ir este, y de nuevo con mi compañero, porque ya se reincoporaba al voluntariado después de haber acabado su curso. El tema es que este compañero me mandó un sms anoche (no temprano precisamente, os hablo de las doce de la noche) diciéndome «Recién llego a casa, mañana no puedo ir. Lamento no haberte podido avisar antes. Saludos».

Yo di por hecho que, ya que él iba a faltar,era su obligación no sólo avisarme a mí, sino avisar a Cruz Roja, pero no lo hizo. Yo, convencida de que sí lo debía haber hecho (maxime teniendo en cuenta que me avisó tan tarde y que la clase tocaba hoy por la mañana) preparé mis cosas, me arreglé y, cuando quedaban unos minutos para que me recogieran, mandé un mensaje a la técnico diciéndole algo como: «Cuando llegues dame un toque y bajo. Si no vienes, que me lo dé quien venga a recogerme» (me recogen muy cerca de mi casa y es tontería estar esperando).

Menos mal que hice eso. Si no, a saber el rato de espera que me hubiera comido en la calle EN VANO, ya que nadie iba a venir, todos estaban convencidos de que mi compañero asistiría.

Al rato del sms, recibí una llamada de Cruz Roja comentándome que no había nadie disponible y que si tenía los teléfonos de los alumnos para llamarles y que no se quedaran esperando. Bravo, la persona responsable de toda la sección de inmigrantes no tenía sus datos – esto sólo es una muestra de lo comentado anteriormente; el peso real del trabajo lo llevan los voluntarios-. Afortunadamente, una es de guardarlo todo en tablitas excel y, debido a aquella entrevista inicial que les pasé, sí me había tomado la molestia de recopilar los teléfonos.

La cosa es que esa persona cobra (y bien) y una se come los mocos mientras recibe acusaciones de incompetencia.

Lo bueno de eso es que al menos he podido desahogarme blogerísticamente.

¡Continuará!

Acerca de Hécate

Lee y me cuentas.
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5 respuestas a La chica de la Cruz Roja (días 3,4 y 5 + bonus)

  1. Ceci dijo:

    Pues, te ha quedado una entrada muy amena.

    A respirar hondo, el mundo está lleno de incompetentes, yo estoy convencida de que cuánto más incompetente eres, mejor cobras y más poder adquieres, mira ZP.jajaja

    • vengatriz dijo:

      Ceci: Dos horas me ha llevado escribirla. ¡De reloj! Me alegra que te haya sido amena, porque larga es seguro.

      Lo que dices de la incompetencia me recuerda a una de las (pocas) cosas que aprendí durante el master de rrhh. Existe un principio, aplicado a los ascensos, al que podríamos llamar «ley de la incompetencia» y que sostiene que las personas ascienden hasta su máximo nivel de incompetencia… porque mientras son competentes para hacer su trabajo, siguen ascendiendo. Sólo cuando dejan de serlo, dejan de ascender. Imagina las impicaciones en las cúpulas laborales, jejeje…

  2. hengo dijo:

    Si hacen uniformes distintos para hombre y para mujer, nos quejaríamos de discriminación.
    En el fondo somos unas tocapelotas.
    No sé qué uniforme utilizáis vosotros, pero el de Socorros, yo creo que no lo han hecho ni a medida de hombre ni de mujer, nos queda a tods igual de mal xD

    • vengatriz dijo:

      Hengo: Tampoco digo que sean MUY distintos. Sólo que se adapten más a la forma del cuerpo. No voy a pedir ir con faldas a dar clase y, la verdad, no me quiero imaginar qué faldas haría Cruz Roja si le diera por hacer faldas.

      Concuerdo en que somos unos tocapelotas, jeje. Pero insisto: no sé qué es menos sexy, si el uniforme de CR o un traje regional. Con eso lo digo todo.

      Te cuento cómo es mi uniforme: pantalón de chándal gris con rayas rojas a los lados (y cruz incluida) y luego (para verano) camiseta blanca (de las que clarean a saco) con su Cruz colorá y su lema y (para invierno) jersey rojo romate, cuate, con las cruces delineadas en blanco. Una de las cruces se encuentra a la espalda y es enorme y la otra cruz es chiquitita y se encuentra en la parte del frontal a la altura del tetamen.

      Hace una figura absolutamente cuadrada. Y a las que somos mujeres grandes, más todavía. Puajjjjj.

  3. Mar dijo:

    debes estar monísima con ese uniformeee…jajja!! Mucho ánimo compi opositora 😉

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