Viaje a París. Tercera Parte: ¡La llegada!


Nada más entrar en el avión me di cuenta de un detalle que me hizo enfurecer: si mis cálculos a ojímetro no fallan, el equipaje de mano hubiera entrado realmente en el estante. Mi ordenador portátil (otras cosas me dolieron, pero esa especialmente) hubiera podido venirse perfectamente conmigo. ¡Ay!

A continuación, pasé a fijarme en algo que me había comentado mi amigo Carlos: todas las chicas que trabajan para Ryanair parecen ser rubias de más de 1.80, aunque sean españolas. Es algo que se refleja no sólo en las azafatas, sino en toda su publicidad, aunque eso no me molestó en exceso: ya sabemos que el gremio de las azafatas no es demasiado diferente del de las modelos en cuanto a criterios; con la diferencia de que considero a las azafatas más preparadas e inteligentes.

Sí, vale, nunca viajo sin llevar conmigo mis prejuicios, aunque no quepan en la maleta. Nos pasa a todos. Dejadme chinchar a las rubias de 1.80, rebaja tensiones.

Bromas aparte, lo que me molestó realmente es que tratándose de un vuelo que salía de Málaga, las instrucciones a los pasajeros se dieran en inglés y en francés, pero no en español, aunque observé que al menos una de las azafatas sí lo hablaba. Me pareció una muestra grande de descortesía, aparte de una estupidez. Sin embargo, debo añadir, aunque me suponga adelantar información que aún no corresponde, que en el camino de vuelta de París a Málaga, sí que se daban las instrucciones en inglés, francés y español, que era lo lógico dado el itinerario del vuelo.

Durante el trayecto, a excepción del tanga, intentaron vendernos de todo: bebidas, snacks, revistas, periódicos y, como apuntaba Lluís en uno de los comentarios de las entradas anteriores del viaje, hasta intentaron colarnos cigarrillos marca “No Smoke” o, en otras palabras, cigarrillos falsos, de echar humo sin sustancia. ¡Ya son ganas!

Lo bueno es que el vuelo se hizo corto – al menos si lo comparamos con el bus- y en algo más de dos horas estaba aterrizando en Beuvais.

Antes de seguir, hay que explicar algo fundamental. Cuando yo compré el billete, esperaba aterrizar en París porque el aeropuerto recibía en la web el siguiente nombre “París (Beuvais)”. Eso hace pensar a cualquiera que no conozca la zona que Beuvais pertenece a París, pero ¡error! Hay un trechillo de distancia entre ellas, aunque no os puedo decir con exactitud de qué magnitud es el trechillo porque (sorpresa sorpresa) yo no me dirigía exactamente a París, sino a Eurodisney.

Sí, señoras y señores, otro mito que cae al suelo, Eurodisney no queda exactamente en París.

Por suerte, a esas alturas del cuento ya no estaba sola: Miguel, mi anfitrión, había venido a recogerme y me esperaba en el aeropuerto. No lo sabía en aquel momento, porque aunque me lo había advertido no imaginaba que la distancia sería para tanto, pero la broma debió costarle unos 72 eurazos, porque en el camino de vuelta, que me tocó hacer solita y pagué yo, me tocó soltar 24 euros, así que 24 para ir al aeropuerto, 24 para regresar y otros 24 porque quiso ser caballero e invitarme, dan lugar a la friolera de los mencionados 72 eurazos.

Pronto aprendería que París es una maravilla, pero que tiene como contrapartida que allí hasta pensar cuesta dinero – aunque con tanta referencia económica me expongo a que me toméis como materialista, cosa que considero falsa-.

El trayecto duró unas tres horas. Se trata de un bus que va haciendo paradas por los hoteles que llevan y traen a la gente de los hoteles al parque, del parte a los hoteles o de cualquiera de los dos sitios al aeropuerto. Miguel, cuyo trabajo consiste justamente en llevar y traer guiris que van o vienen de Eurodisney y responsabilizarse de sus equipajes, se conocía el recorrido al dedillo.

Menos mal que se vino a por mí, pese a que el trayecto le resultara tan caro. Yo llevaba en el cuerpo las dos horas de bus. Si a eso se le añadían otras tres de autocar, teniendo en cuenta además que por ahí no me sé mover y que no sé francés, conociendo el Factor Silvia ¡a saber dónde hubiera acabado!

Por cierto, dejé pasar (sin querer, pero así sucedió) dos fotos que me hubiera encantado realizar:

  • Cierto camino verde que estaba decorado con gaviotas y otras aves hechas en cartón. ¿Para qué hacer animalitos de cartón si los tienes de verdad? Eso lo hacemos en Almería y se entiende, pero te lo encuentras en Francia y no puedes por menos que reírte.
  • Ya en área urbana, un edificio enorme que recibía el nombre de “CENTRE D’ AFFAIRES”. Mi primer comentario ante eso fue un “¡Mira! ¡Aquí es donde ligan los franceses!” para sacar a continuación la cámara de fotos… y que el bus arrancara, dejándome compuesta y sin foto, para divertimento de mi amigo, que entre risas explicó   “Centre d’affaires significa centro de negocios“.
Lo de relacionar negocios y affaires echándole unas gotas de humor maligno lo dejo a vuestra creatividad, de la que no dudo. Seguro que ahora mismo se os está asomando una risilla.

Recapitulando. Salí a las 16.30 del aeropuerto de Málaga. Llegué alrededor de las 19 a Beauvais. Cuando el bus llegó a Eurodisney, si no recuerdo mal, debían ser las 22 horas. ¡Y todavía no habían acabado mis viajes en bus! Tocaba tomar otro desde el parque hasta la residencia de los trabajadores del parque, que era donde me iba a hospedar.

Como os explicaba, Eurodisney no está en París, sino en la campiña francesa, que es muy recomendable pero, como es lógico, el nombre de París vende más.

Cuando llegué al parque, varias cosas me llamaron la atención:

  • En la parada del bus que llevaba a los curritos a sus residencias (no hay una, sino varias) la población mayoritaria (al menos eso parecía) era española y muy joven, pongamos, entre 25 y 33. Pronto sabría que, además, muchos de ellos son titulados universitarios, hablan varios idiomas y… no han encontrado nada mejor que ir a Francia para presentar atracciones, servir hamburguesas y similares.
  • Después de españoles, hay italianos y ya, en una mezcolanza de proporciones muy inferiores, tendríamos a gente de otros países.
  • En Francia no se estila pagar el bus (a menos que sea el que vale 24 euros) porque ocurre algo muy curioso: el conductor considera que su rol es el de conductor, no el de revisor, de tal manera que aunque la mayoría pagan (tienen sus bonificaciones por trabajar allí) es extremadamente fácil entrar en el bus sin que nadie te pregunte nada. El peligro es que se dé la casualidad de que en algún momento suba el revisor, le dé por pedirte el ticket, y te caiga una multa, si no recuerdo mal, de 30 euros. Según mi amigo, en el año que lleva viviendo ahí, sólo ha visto al revisor en acción dos veces; lo que contradecía lo que me explicaba una compañera de trabajo suya que él me presentó: que ella, en un par de meses que llevaba residiendo ahí, no hacía más que encontrárselo constantemente; lo que me hace pensar que estas cosas dependen mucho de la suerte que tenga cada uno. ¡Para que luego digan que la suerte no importa!

Entre el tiempo que pasamos esperando al segundo autobús y la duración de su trayecto, estimo que debió pasar entre media hora y veinte minutos, pero valieron la pena porque, tras esto, llegamos por fin a (¡tatán!) ¡La Boisserie!

La Boisserie (que podría traducirse como “la ebanistería”, “los ebanistas” o similar) más que una residencia podría definirse como un conjunto residencial compuesto por casas de varias plantas con un par de apartamentos en cada planta. Los apartamentos no es que sean una maravilla pero tienen lo que deben de tener: salón-cocina, dos cuartos de baño y dos dormitorios con dos camas cada uno. Como os podéis imaginar, cada planta está destinada a ser ocupada por un máximo de cuatro personas. Además, según me explicaron, también cuentan con los servicios de lavadora y plancha (gratuitas) y, si deciden comer en el parque, comedor por dos euros*.

* Porfi, Miguel, si ves que la cago en algún dato, corrígeme, que estoy escribiendo todo esto de cabeza; no tomé notas.

Cuando llegué no hubo tiempo ni de darme una duchica: estábamos invitados a una barbacoa que había en uno de los apartamentos y nos quedaba el tiempo justo para soltar los bultos en el apartamento de mi amigo y presentarnos en ella; una fiesta, por cierto, en la que acabaría conociendo a Vanessa Treviño (¡hola Vane!) que dos días después me acompañaría en mi visita al parque, pero ya hablaré de ello cuando corresponda.

Claro que previamente había que sortear a cancerbero, el portero de la residencia. Resulta que quienes viven ahí no pueden introducir en la residencia a quienes quieran del modo que les apetezca, pues toca cumplir dos normas: 1. cada residente sólo puede invitar a una persona, de tal manera que si, por ejemplo, a mi amigo le visitaran su padre y su madre, tendría que pedir ayuda a uno de sus compañeros del piso para introducir a sus dos progenitores; 2. Cancerbero te reclama el DNI o el pasaporte para tomar nota de quién eres, cuándo entras y cuándo sales.

Este fue un detalle que me hizo entender que no tienen intimidad ninguna, al menos en mi opinión.

En cuanto sorteé la vigilancia de cancerbero y atravesé el umbral de la zona residencial, me invadió la sensación de estar contemplando algo la vida Erasmus*; medio mundo andaba de fiesta en fiesta. También hay que entender que sean más propensos a montarse una juerga ahí que a intentar salir de marcha por París y no sólo por los precios. Para ir a París tendrían que pillarse el autobús, ir de la residencia al parque, luego en el parque coger el tren de cercanías (del parque a París) y ya en la capital de la República Francesa a ver qué hacen… porque el metro, por extraño que os suene en una ciudad tan grande, resulta que no funciona por la noche.

* Nótese que esta expresión va con el mayor de los respetos hacia los Erasmus, que unas veces estudiarán y otras irán de fiesta. Lo malo es dedicarse sólo a estudiar o a ir de fiesta. Pero ya sabemos la fama que tienen y con esa idea juego 😛

Como os contaba, media residencia estaba de fiesta y no sé cómo serían las demás, pero la nuestra estaba bien sazonada con música retro-cani-cutre, desde los gorilas de Melody; pasando por El corral de “El Koala” o ciertas sevillanas eróticas de cuyo autor no puedo acordarme; más allá de que a ratos nos acordáramos de las bandas sonoras de Grease y Flashdance;  que nos marcáramos un baile con una canción francesa muy movida que no puedo recordar pero que, si alguien me la recordara, pasaría a adjuntar aquí; que me hicieran, a modo de recibimiento oficial, la coreografía del Magic Everywhere*; y que al final, con la melancolía que dan las copas, acabáramos entonando canciones dramáticas de Bunbury.

* Eurodisney cumple 20 años. Por esa razón se están haciendo cosas especiales para conmemorarlo. Una de ellas fue la composición de este tema, que suena en el parque constantemente, tanto que los curritos de allí concuerdan en que tienen la cancioncita incrustada en su Sistema Nervioso Central. Otra fue la realización de un Flashmob publicitario con los trabajadores de esta empresa y esta canción como fondo; de ahí (imagino) que se supieran la coreografía. Al parecer ese Flashmob puede buscarse por Internet; yo todavía no lo he hecho. Nota para anglófobos y curiosos: “Magic Everywhere” significa algo como “Magia por todas partes” y esto dio lugar a que a cualquier cosa que cualquiera encontrara repetitiva se hiciera la broma de añadir la coletilla “everywhere”, de tal manera que yo ahora mismo, en esa línea, podría escribir que en la residencia todo eran fiestas everywhere. Ya veis, la típica broma que no puede salir del lugar en el que fue inventada. El chiste está en que yo llegué a España haciéndola y, claro, ahí no se reía nadie. Y eso es muy triste.

Volviendo a la barbacoa; les pregunté (ya que me sorprendió la música que estaban escuchando, aunque bailarla fue divertidísimo) si acaso sentían nostalgia de España. Ellos dijeron que no (gente que conocí posteriormente sí echaban más de menos nuestro país) pero qué queréis que os diga… ponerse tan “patriótico” musicalmente en una fiesta significa algo*.

* Para quienes no reconozcáis las canciones y artistas antes citados, sólo decir que en su mayoría son puro gitaneo y, curiosamente, el gitaneo se considera altamente idiosincrático en España.

En fin, una panzá de reír y de bailar con gente a la que nunca había visto antes. Más tarde me iría a dormir con una sonrisa de oreja a oreja y una cantidad notable de sangría en vena.

¿Son o no son dignos de participar en Españoles por el mundo? Estoy tentada de sugerirlo a quien haga falta.

 

¡Próximamente más!

 

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Acerca de vengatriz

Opositora crónica. Si también eres opositor crónico ¡espero tu testimonio!
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6 respuestas a Viaje a París. Tercera Parte: ¡La llegada!

  1. Nieves dijo:

    Muerta de envidia y con ácido corriéndome por las venas me tienes!!!!!
    Casitas repletas de jóvenes sin madres ni abuelos ni vecinas Marujas… ¿Que esperabas mija? ¿Que estuvieran leyendo el Marca?
    O sera, que has pasado mas tiempo desplazándote por el mapa que disfrutando de los personajes Disney jejejejeje La próxima vez lleva la cámara en la mano, como toda turista que se precie!!!
    Lo de los cigarrillos esos lo tengo que probar… aunque solo sea por fastidiar a alguien en el bar.
    Un besazo mi niñaaaaaaaa!!!

  2. Marta dijo:

    Pues mochila entrada y entretenida… Espero impaciente la 4 parte de las 500 que pueda haber? Jijiji muackkk BOMBOM

  3. sickofhell dijo:

    Bonita historia, como me habría gustado haber estado contigo en ese viaje tan chupiguay! La Boisserie se habría hundido con los bailes que les metería yo. Esa coreografía de Magic Everywhere! tuvo que ser espectacular….por cierto, ¿en la próxima entrada entras al parque? jajaja

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