Viaje a París. Séptima parte. ¡Campiña francesa y Sacré Coeur!


El tercer día fue un día extraño. Mi anfitrión debió ir a trabajar y teóricamente aquello debía llevarme a desperdiciar (en términos estrictamente turísticos)  la mañana; una mañana en la que el tiempo no podía ser más aleatorio.

Sin embargo, yo no la consideré un desperdicio. Durante esa mañana conocí más a los compañeros de residencia de Miguel: a Pablo Miró, a su entonces novia Angie, que al igual que yo estaba de visita, y a Juanjo. No diré nada del italiano que sufrió ese colapso social cuando intenté saludarle dándole los dos besos porque parecía más un objeto del mobiliario que un compañero de residencia.

Quizá de quién supe más en esa ocasión fue de Juanjo. Con Pablo y con Angie, ambos caricaturistas, hablé más en otros momentos, pero de Juanjo supe que, además de ser un gran aficionado al country y a la ópera, tiene una intuición fuera de serie (me echó las cartas sin saber nada de mí e intuyó cosas que de ninguna forma él podía conocer) y un fondo sólo propio en personas que han sufrido más de lo que la gente imagina cuando les conoce.

Como Angie y yo regresábamos el mismo día y considerando lo bien que se portaron nuestros anfitriones, decidimos organizar una especie de fiesta de despedida; así que, en cierto sentido, si la memoria no me falla, hubo una fiesta cada noche, más allá de que por una cuestión de síntesis y a veces de memoria, no haya hablado de todas, que fueron las siguientes:

  • Primera noche: Fiesta en la que conocí a Vanessa, de la que sí he hablado.
  • Segunda noche: Fiesta en la que conocí a Paloma y en la que le acabé pidiendo un secador al que le di buen uso cuando llegué de mi tour parisino.
  • Tercera noche: Minifiesta también en casa de Paloma, en la que conocí a un ex-habitante de Aguadulce, pueblo de mi tierra. Almerienses everywhere.
  •  Cuarta noche: En la que, si la memoria no me falla demasiado, conocí la discoteca de los trabajadores de Disney (y si no fue esta noche, fue la anterior) que se encuentra situada en pleno Disney Village, zona sobre la que me explayaré ampliamente en el próximo capítulo, y, sobre todo, en la que Angie y yo invitamos a todos a cerveza y patatas fritas al son de la música más bizarra que éramos capaces de encontrar gracias a Youtube.

Para invitar a la gente no quedaba más remedio que hacer algo que en aquella zona da mucho miedo: ir de compras. Podría pensarse, al fin y al cabo es la lógica con la que nos movemos en España, que en aquel pueblo de la campiña francesa habitado por trabajadores Disney los productos saldrían más baratos que en la capital.

Pues no. El “Carrefour” (por si no lo sabíais, una empresa más gala que Astérix y Obélix) estaba absolutamente prohibitivo, tanto que me quedé con el deseo de haber fotografiado algunos precios; si bien me fui con el orgullo de haberme encontrado el gazpacho Alvalle y la horchata Chufi promocionados como productos número uno en España y, en consecuencia, a coste de uranio.

También fue memorable que, a la salida del centro comercial, nos diera por despotricar en nuestro idioma acerca del clima cuando, de pronto, una señora que se encontraba en la parada del autobús nos interrumpió para darnos la razón y contarnos cómo había acabado allí después de haber vivido en Francia durante su juventud y haber decidido que nunca más volvería allí. Como os estaréis imaginando, otra historia más sobre la crisis.

Algo me impactó especialmente de aquella conversación y fue ver a esta mujer desaconsejando a la gente ir a menos que no le quedara más remedio, porque a quien vuelve y encuentra posibilidades más o menos estables allí, le sucede que luego se siente psicológicamente incapaz de volver a España, por más que lo desee, debido a la situación que tenemos aquí ahora mismo.

Por suerte, y como a nadie le amarga un dulce, gracias a este paseo disfruté de las veredas, los árboles, el césped, los lagos (alrededor de los cuales, al parecer, se celebra algún botellón secreto), la mamá pata seguida por sus patitos (una escena de postal) y, gracias a Juanjo, de los postres de una confitería del lugar. ¡Exquisitos!

Cuando mi anfitrión estuvo en condiciones, me llevó al famoso Barrio Rojo de París, conocido mundialmente por albergar al Moulin Rouge (que vi por fuera) y por ser, por más elegante que suene en francés, el barrio de las putas y los chorizos de la zona. Jamás había visto tantas tiendas eróticas juntas – pero no como las de Almería, en cuyos escaparates sólo se ve lo que podría llamarse lencería festivalera, sino a tiendas en cuyos escaparates se exhibían consoladores como camiones- que formaban un paisaje singular junto a los locales de shows, los cines X y… las, dándole una notable patada al diccionario, kebaberías.

Por cierto, en una de aquellas me tomé un trozo de pizza, alcanzando así los límites de lo absurdo. Sólo a mí se me podía ocurrir ir a un Kebab en París para  pedir un alimento propio de la gastronomía italiana; sólo comparable a ir a un  restaurante español en Alemania para pedir comida china.

No obstante, no había más pretensión que llenar el estómago para disfrutar sin más preocupaciones de la visita al Sacré Coeur; la basílica que corona Montmartre, un mirador espectacular de París desde el cual, por paradójico que resulte, no se puede atisbar la Torre Eiffel.

Para llegar, debimos subir desde el Barrio Rojo a una especie de teleférico.  Comprar el billete para acceder a él supuso un momento de emoción, ya que allí nos encontramos otra pelea de negros en apariencia bastante borrachos; pero las vistas resultaron imponentes, la basílica muy bella, la zona circundante era el vivo retrato de la imagen bucólica de París, con sus pintores, sus terrazas y sus calles empedradas, y otro montón de negritos, estos pacíficos, que al escucharme hablar mi lengua me saludaron con un “¡Iniesta, Iniesta! ¡España campeona!”.

Todo sea por vender un cacharrito que emitía unas lucecillas verdes.

Alguien debería explicar a aquel tipo que “Iniesta” siempre va seguido por “de mi vida” y, en ocasiones de alta exhaltación deportiva, se puede emular a aquel periodista deportivo al que escuché decir: “¡Iniesta de mi vida! ¡de su vida! ¡de la vida de todos!”. 

Iniesta está everywhere; hasta en los carteles de propaganda de los helados.

Tras esto, tocó una pequeña carrera desafiando a la suerte, pues tocaba ir con puntualidad británica para coger el último metro, el último tren y el último bus para alcanzar la residencia sin problemas.

Muy de agradecer que en esa ocasión el Factor Silvia me respetara optando por quedarse quietecito.

¡Ay! ¡Ya sólo me queda un día por contar en París!

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Acerca de vengatriz

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6 respuestas a Viaje a París. Séptima parte. ¡Campiña francesa y Sacré Coeur!

  1. sickofhell dijo:

    Jeje que bonica experiencia la de las fiestas, los negritos llamandote Iniesta, los patitos siguiendo a su mamá…que chulada. Tendré que ir a Francia para ver qué tiene de especial. jajaja. Enhorabuena, compañera!

  2. Explorador dijo:

    Jajajajajaja, consoladores como camiones, Iniesta de nuestra vida, botellones secretos y una Iglesia. Y lo que callarás, picarona… ;PP

    El sacre coeur me impresionó mucho. Luego conocí su historia, un edificio erigido para conmemorar el aplastamiento de la comuna de París, y hoy cuando lo veo o lo oigo citar, siento algo extraño…

    ¡Un besote! 🙂 Me alegra que lo hayas pasado bien

  3. kalisse para todos jijijijiji, lo de iniesta de mi vida es una gran frase de Camacho cuando ganamos el mundial, manda narices al menos nos conocen fuera por el futbol jijiji

    • vengatriz dijo:

      ajajaj ya, pero a mí me encantó lo del periodista que le citó y se hizo un taco, lástima que técnicamente no lo vi, sino que lo escuché, porque yo sólo pasaba por el salón, y me hizo tanta gracia la frase que decidí colarla en la primera oportunidad que surgiera,como así ha sido 🙂

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