Educando la voluntad


¡Hola a todos! Hoy os voy a regalar (o a torturar, según se mire) con una entrada pura y dura, propia de un blog de oposiciones. Matizo esto porque este blog ha ido de muchas cosas y quizá de lo que menos haya hablado a lo largo de los últimos cuatro años sea de las benditas/ malditas oposiciones.

La idea de hablar de esta entrada surgió a raíz de una conversación con un amigo cuyos intereses se dividen entre la ingeniería y la música. Él me pasó un vídeo TED sobre cómo el tocar un instrumento musical estimula todas las áreas del cerebro. Por si os interesa (es un vídeo muy breve y muy interesante) lo adjunto:

A raíz de esto yo entré en modo meditabundo. Echo de menos escribir. Es más, echo de menos tener la oportunidad de escribir bien, porque todavía soy capaz de publicar de vez en cuando, pero parece que he perdido toda mi capacidad para la narrativa, cuando hace muy pocos años las ideas para historias me surgían como churros y, más allá de eso, cuando me apetecía plasmar una historia sobre el papel (o sobre la pantalla) la falta de fluidez no era un problema, las palabras surgían solas. Ahora es muy difícil tener una idea y casi imposible plasmarla y, si alguna vez lo intento, el resultado es peor que mediocre, me aburro y la abandono. Así de triste, así de cierto.

El caso es que le comentaba a mi amigo que sería maravilloso que se enseñaran lengua, inglés  y ciencias sociales a través de la literatura, música a través de las matemáticas, educación física a través de las ciencias naturales y plástica en relación a todo ello y muy especialmente al uso de las nuevas tecnologías. Al fin y al cabo la etapa en la que puedes ser a la vez escritor, matemático, científico, escritor, dibujante, inventor, investigador, deportista, aventurero y miles de cosas más en la vida es desde el nacimiento hasta los 25 años. Deberíamos matarnos para que los chavales sacaran realmente la mayor cantidad  (y calidad) de experiencias posibles en lugar de sepultarles en deberes, porque  luego entre los 25 años y los 60 más que en desarrollar nuestra inteligencia y explotar nuestras capacidades por el gusto de crecer nos tenemos que centrar en vulgaridades como socializar, tener relaciones de pareja si así lo elegimos, crear nuestra familia o cuidar la que tenemos, limpiar la casa o pagar el coche y la hipoteca. Digo “vulgaridades” pero no deja de ser el cuento de la cigarra y la hormiga: al final queda la vejez a partir de esos sesenta años, una vejez a la que llegamos agotados y en la que lo suyo es centrarnos en descansar y disfrutar de lo conseguido; de un hogar en el que caernos muertos, un plato que llevar a la mesa y gente que nos cuide y que nos quiera, porque sólo nos queda ir enfermando y muriendo con la conciencia lo más tranquila que podamos.

No es por deprimir a nadie. Es simplemente la verdad, al menos mi verdad. Así, poco a poco, hay que ir enterrando las ambiciones de la adolescencia y asumir que lo que viene es la madurez, una época en la que se pierde esa indulgencia y esas protecciones que siempre van asociadas a la condición de joven, sustituyéndolas por una lluvia interminable de exigencias y juicios de valor por parte de los demás.

El hecho es que toca opositar. Asegurar la vejez. Preparar el camino para otra clase de ambiciones que acompañan a la vida de los adultos. Incluso incluirme dentro de ellos, ya que a las chicas de más de 30 años comienzan a llamarlas “señoras” en la tele, mal que nos pese, aunque siempre me haya incorporado a todas las etapas con retraso. Yo estaba sola cuando mis amistades comenzaban a tener parejas. Cuando empecé a tener vida sentimental azarosa, los demás ya estaban metidos en relaciones estables y comenzando a independizarse. Cuando me independicé, los demás estaban ocupados teniendo hijos. Aún no llegué a la fase de los hijos y la gente de mi quinta comienza a divorciarse, entrando en la segunda ronda sociológica para encontrar pareja estable, si así se quiere, antes de morir, tal y como está programado.

Volviendo a mí, ya estoy en la época de pensar en que algún día me apetecerá tener una hipoteca y todo lo que ello implica. Tengo tres mascotas y apenas puedo cuidarlas. Estudio y trabajo a la vez (y cobro una mierda, por eso oposito) y conjuntamente con mi pareja llevo una casa en la que hay más animales que personas. Incluso ya toca pensar en cuidarme yo misma, los 30 no son los 20 y hay algunos temas de mi salud que toca afrontar antes de los 40, que es cuando vienen las “madresmías” si no te has cuidado durante las décadas anteriores. Y en mi caso cuidarme implica ponerme a dieta estricta, mover el culo,  hacerme analíticas cada cierto tiempo y vigilar mi peso mientras viva. 

Escribir pasa a ser una afición, alejándome cada vez más de aquellos años delirantes en los que pensaba que podría vivir de mis letras, asumiendo además que estoy en una fase en la que ser “productiva” se convierte en una prioridad y en las que las aficiones son algo marginal, renunciando a adquirir aficiones nuevas (no tengo tiempo para iniciarme en aficiones nuevas desde 0) y centrándome en no olvidar totalmente las que tenía de antes, que están tan enraizadas en mí que siento que si las pierdo, me voy a perder a mí misma como persona, más allá de que acabe convertida en una pieza más de la maquinaria productiva, como todos. Lo que viene siendo dejar de ser soñadora y convertirme en una persona de provecho, quitándome de encima esta sensación de perpetua adolescente y, sobre todo, educando la voluntad.

Y esa es la relación con el tema del principio y con el título de esta entrada. Hay una parte de mí que siempre verá las oposiciones con un castigo, más allá de que me meta en ellas con más o menos entusiasmo, con más o menos alegría, con más o menos convencimiento de demostrar ante un tribunal que soy la mejor aunque sea mentira; siendo la experiencia la que te hace un buen profesional y no un examen memorístico de mierda. De hecho, creo que jamás me he enfrentado a unas oposiciones con mayor disposición, estabilidad y madurez que a estas, y espero tener por ello mejores resultados que en intentos anteriores, pero no por ello dejan de ser un castigo porque me restan tiempo para escribir y para desarrollarme como persona con múltiples inquietudes que van mucho más allá de la docencia.

A este amigo le comentaba que si por mi fuera, igual hasta aprendería warhammer. Podéis reíros, en realidad como actividad no me atrae nada. Si veo una partida me parece un tormento infumable, pero la considero intelectualmente interesante. No deja de ser un ajedrez (y me encantaba el ajedrez en su momento) en el que:

  • Influyen a la par la estrategia y el azar.
  • Los contrincantes no son iguales, ni siquiera jugando con el mismo ejército.
  • Las normas cambian con el tiempo: quien hoy es fuerte mañana puede ser débil, y viceversa.
  • Hay variables relacionadas con el terreno.
  • Tiene cierto componente artístico (pintar figuras diminutas con gran nivel de detalle y gusto tiene su mérito).

Por tanto, sirve para amueblar la cabeza. Y todo lo que sirve para amueblar la cabeza me interesa. Y también es interesante saber por qué las chicas suelen (solemos, hasta la fecha soy mujer) mostrar una indiferencia absoluta hacia esta actividad. Quizá sea por el componente bélico- competitivo o quizá por la asociación de esto con el “frikismo” y las mujeres, como aún estamos debilitadas por tantas cosas, sufrimos de más miedo al rechazo social que ellos [feminismo mode ON].  Pero no estoy yo para meterme ni a warhammer, ni a tocar un instrumento musical, ni a aprender a cantar o a dibujar… cuando apenas puedo seguir escribiendo, viajando de vez en cuando (otra cosa a la que no pienso renunciar) y haciendo compatible esto con mantener una vida sentimental, social, académica y laboral – y que la casa entretando no se nos caiga de mierda-.

Y eso que no tengo hijos. Que alguien le pregunte a mis amigas madres si tienen algún tiempo para aficiones personales fuera de los pequeños viajes para los que echan mano de los abuelos para que les cuiden a los chiquillos.

Con todo, aunque nunca he entendido que haya personas que no tienen aficiones, ya que para mí las aficiones nos construyen,  ahora soy más indulgente con las personas que se han dejado arrastrar por el ritmo de la vida y me incluyo entre ellas, pero quejarse es de débiles y debo buscar algún argumento para quitarme esa sensación de amargura. 

Y creo que lo he encontrado: las aficiones nos construyen, pero no son lo único que nos construye. Hay otro instrumento que nos ayuda a mejorar y ese instrumento son LOS RETOS. Y si hay algo que me cuesta es tener voluntad. Siempre he comenzado las cosas con energía y siempre he acabado viniéndome abajo debido a mi atención dispersa: me atraen demasiadas cosas al mismo tiempo, no me gusta nada que me obliguen a meter todos los huevos en la misma cesta,  pero luego no soy capaz de gestionarlas todas simultáneamente. Y ojo, siempre habrá quien diga “Fulanita pudo”, “Menganito también lo hizo”. Perfecto, son mejores que yo, al menos en esa capacidad. Pero ya basta de envidiar a los demás, no se trata de mirar a los otros,se trata de lograr mis metas teniendo en cuenta mis propias características, ya sean puntos fuertes (fáciles de reconocer) o débiles, los más duros de admitir y más en público.

Evidentemente, siguiendo con el símil, lo de no meter todos los huevos en la misma cesta suele ser lo más inteligente para llegar con algún huevo a puerto cuando las aguas son más o menos tranquilas, pero hay puertos a los que sólo se puede llegar cuidando de una sola cesta, por lo que toca cuidarla muy muy bien. Y eso es lo que pasa con las oposiciones, por lo que debo pedir, como Odiseo, que me encadenen al mástil y tapen los oídos de toda mi tripulación para evitar que mi barca pueda distraerse por culpa de los seductores cantos de las sirenas.

Y eso es lo que supone esta oposición para mí. Sacrifico al Dios del sentido común todo aquello a lo que me dediqué en el pasado como precio para educar mi voluntad, para vivir como quiero vivir y, sobre todo, para ser la persona que quiero ser,  con la esperanza, algún día, de poder retomar las cosas que me dejé a medias o, quizá, emprender algunas que todavía me gustaría explorar.

Por eso opositar, perder 30 kilos y evitar la acumulación de ropa sobre las sillas (uno de mis vicios) es lo mismo. Debo demostrarme que tengo la capacidad de sacrificarme por una meta mayor. Que tengo voluntad, que puedo seguir el camino marcado, para que si decido abandonar algún camino esto sea verdaderamente una elección y no una muestra disimulada de debilidad.

Y ahora a ducharme, darle la medicación al pájaro y a poner la mesa. 

Un abrazo a todos. 

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Acerca de vengatriz

Opositora crónica. Si también eres opositor crónico ¡espero tu testimonio!
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2 respuestas a Educando la voluntad

  1. David dijo:

    Sin palabras,simplemente maravilloso

  2. casirubia dijo:

    Gracias, en un momento de bajón me acabas de ayudar un montón.
    Te copio lo del Dios del sentido común para copiarlo en mi blog protegido que solo leeré yo 😀
    La voluntad es a mí lo que más me falla y suscribo todo lo que dices al 100%

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