Atrapados en la nevada


¡Feliz año, gente!

No tengo mucho tiempo para escribir, pero esto tenía que contarlo. Total ¿no me había propuesto como objetivo para el 2018 el escribir, al menos, un texto al mes?.

Quienes me leéis desde hace tiempo, sabéis que hace unos años, cuando contaba por aquí cosas bastante más personales que las que cuento ahora, solía hablar de lo que llamaba el Factor Silvia y que se resumía en la siguiente máxima: “a mí me pasa todo aquello que puede pasarle a cualquiera”.

Este año ha entrado así para mí. Primero, me cargué el ordenador del padre de mi conviviente. Nótese el circunloquio para no llamarle “suegro”, ya que técnicamente no estoy casada. Después, el coche se averió y nos vamos a gastar unos cuantos y muy dolorosos euros en su reparación. Ya sé lo que estáis pensando, “cabroneiros”: aunque tenga la “L” la avería no ha sido mi culpa… ¡y menos mal!. Y ya, como remate, guinda del pastel o como lo queráis llamar, resulta que Noel y yo fuimos dos de los miles de afortunados que nos quedamos atascados en la nieve en la AP6 el día 6 de enero.

Ya sabéis, hay dos tipos de personas: aquellos a quienes les toca la lotería de Navidad y los (pringados) que nos quedamos atascados en la nieve. Indudablemente, yo tenía que pertenecer al segundo grupo.

Noel y yo pasamos veintidós horas en aquel ALSA, diecisiete de ellas atascados en la nieve, y quiero pensar que en el fondo fue una suerte que el coche se quedara en Asturias. En el autobús contamos con botellas de agua durante muchas horas, aunque llegaron a acabarse, caramelos, bolsitas de frutos secos, calefacción y, lo más importante, acceso a un cuarto de baño a cubierto. Noel hubiera preferido que le ocurriera en su coche, pero, como mujer, valoro mucho el no haber tenido que hacer mis necesidades al fresco.

Al principio no nos pareció raro. Llevo unos cuantos años yendo al norte en Navidad. He visto nevar mucho más fuerte sin que sucediera absolutamente nada. Hasta el momento, lo peor que nos había podido pasar era afrontar el riesgo de encontrarnos el puerto cerrado dos o tres horas, pero jamás nada como esto.

Al final socializas con la gente que hay cerca. Había un señor que perdió un enlace con otro autobús que le llevaba a Algeciras y que tenía miedo de perder un billete de avión. Una chica a la que le tocaba trabajar el domingo también llegó a perder, o eso creo, su jornada de trabajo. Luego, en el bus, había niños y personas mayores que no soportan igual de bien lo de pasar un prácticamente un día sin comer ni dormir. De hecho, la Guardia Civil debió rescatar a un señor mayor que había en el autobús de detrás (hubo varios autobuses atascados) al que le dio un ataque de ansiedad. También vi como la UME sacó a una mujer de algún coche con un bebé de muy poco tiempo en los brazos.

¿Qué no vi? Máquinas quitanieves, sal, información en los medios hasta que la cosa se puso muy grave… baste decir que el pitote comenzó a las 19.30 de la tarde pero no leí en prensa que Iberpistas hubiera pedido ayuda hasta las 1.30 de la mañana, que fue cuando avisaron a la Guardia Civil y a la UME.

Tampoco vi a la ayuda circular por nuestra zona (kilómetros 80 al 75) hasta bien adentrada la mañana del día siguiente. Luego entendí por qué: el ejército estaba liberando a los vehículos uno a uno, a paladas. Por cierto, menos mal que un vecino de la zona, que merece un monumento, decidió facilitarle la vida a nuestros salvadores abriendo un camino en la nieve con un tractor.

Imagino que no os podéis imaginar lo nerviosos que nos pusimos cuando, unas tres horas antes de nuestro rescate, el guardia civil que fue a ayudar al señor del ataque de ansiedad del bus de atrás nos comunicó precisamente que 1. la ayuda no llegaría a nosotros hasta dentro de dos o tres horas y 2. que no tenían ni idea de cómo o cuándo nos iban a poder sacar de allí. 

Ya por esa hora se estaba acabando el agua y Noel decidió coger las botellas de plástico vacías de las botellas que nos habíamos bebido y llenarlas con nieve para poder ir bebiendo la nieve derretida.  La chica que conocimos en el bus nos ofreció comida y la rechazamos explicándole que más nos valía a todos ir racionando los alimentos, por lo que pudiera pasar. El bus abrió sus puertas para que a gente que se había ido quedando sin calefacción o gasolina pudiera pasar, ir al baño, etc… y ese baño pronto pareció más una ciénaga que otra cosa.

Después de diecisiete horas y (por mi parte) tres películas y algunas partidas al backgammon y al solitario para matar la ansiedad y (por parte de Noel) hacerse un experto en jugar a las damas, vivíamos pegados a Twitter, el medio más eficaz para informarse de algo que está sucediendo en directo, ya que a través de la prensa o de la radio no se llegaba a nada claro. Sin ir más lejos en un programa de radio (creo que de la SER) tuvo la desfachatez de decirse que éramos unas decenas los viajeros que habíamos quedado atrapados. ¡A ver, periodista, alma de Dios, que sólo en el bus ya éramos más de 50 personas!

Eso sí, por otro lado gracias a Twitter vimos que hubo gente en situaciones desesperadas: gente sin gasolina, gente sin calefacción, gente sin comida, pacientes diabéticos sin suficientes cargas de insulina… personas a las que les llegó antes la solidaridad de los viajeros de otros coches o de la gente de los pueblos cercanos que la ayuda que esperábamos. También hubo gente que fue llevada a refugios, pero que no recibieron absolutamente nada salvo el techo.

Desesperante es poco, y más aún cómo hay gente que nos dice que la culpa es de los viajeros. ¿Quién nos manda querer incorporarnos el lunes a nuestros trabajos?

Ahora ando pendiente de las reclamaciones. Por un lado, me he apuntado a la iniciativa de la OCU. Por otro, a una plataforma de afectados por la nevada que está organizando un abogado que se vio afectado con el fin de plantear una reclamación colectiva (información en los enlaces).

Ya os iré contando en qué queda todo esto.

¡Ya tengo una historia que contar a mis nietos, si algún día los hubiere*! Si no, seguiré dando por saco a mi alumnado con mis batallitas.

*Adopta a un verbo en futuro de subjuntivo. Está en peligro de extinción. Él nunca te abandonaría.

 

 

 

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Acerca de vengatriz

Opositora crónica. Si también eres opositor crónico ¡espero tu testimonio!
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