Ser mujer y practicante de un arte marcial


¡Hola! ¿Qué tal vamos?

Aquí me tenéis, sigo cumpliendo con mis propósitos para el 2018. Qué menos que una entrada al mes para no perder las habilidades mínimas de redacción, ya que lo propiamente literario lo tengo olvidado de momento. 

Hace varios meses que la idea de una entrada me rondaba la cabeza, pero no me había visto con tiempo, ganas o claridad mental para sentarme ante el ordenador y ordenar la marabunta de ideas que pretendo exponer. 

Lo que quiero contaros se resume en dos grandes temas. El primero, lo que me está aportando el arte marcial que he estado practicando el último año y medio. El segundo, lo que supone practicar un arte marcial siendo mujer. Jamás pensé que este asunto tuviera tanta importancia, pero la tiene.

Os aviso: aunque parezca que vaya a escribir sobre estos dos tópicos entre sí, en realidad el abordaje será conjunto, puesto que, evidentemente, se encuentran muy conectados. 

Comenzamos. 

Empecé a practicar Wing Tsun en septiembre de 2017. Mi chico se llevó un pequeño susto relacionado con su salud (no os preocupéis, todo controlado) y decidimos empezar a hacer algún deporte juntos. 

Yo sugería unos, él otros, pero no acabábamos de ponernos de acuerdo. El problema de base era el mismo: las típicas actividades que se suelen ofertar en los gimnasios nos aburrían y la clave para mantener una actividad a la que no estás habituado en el tiempo es que dicha actividad te guste.  El reto era encontrar algo que nos gustara a los dos. 

En estas estábamos cuando un día encontré en mi Facebook un vídeo de una chica realizando una especie de exhibición de Krav Magá. Me resultó atractivo y fue cuando le planteé la propuesta de buscar un gimnasio en el que se impartiera algún arte marcial por nuestra zona. La idea le encantó, así que emprendí la búsqueda. Sin embargo, sólo había dos gimnasios cercanos que ofrecieran algún arte marcial. En uno se impartía Aikido y en el otro Wing Tsun.

Realmente nos tocó elegir sin criterio, ya que partíamos de una ignorancia total.  El Aikido nos sonaba a llaves y proyecciones, por aquello de las películas de Steven Seagal (esto a Noel, que yo tampoco es que sea muy de películas de acción). El Wing Tsun nos sonaba a “chino” y tocó indagar por Internet. Así supimos que era el arte marcial de la que partió Bruce Lee para desarrollar el Jeet Kune Do. De paso, a través de la investigación sobre Bruce Lee conocimos la figura de Ip Man; pero esto fue llegando con el tiempo. 

¿Cómo nos decantamos por el Wing Tsun? Fue pura selección natural. Cuando me presenté en el gimnasio en el que se impartía Aikido, vi que el responsable intentaba sutilmente disuadirme de su práctica y dirigirme hacia el Kick Boxing. Supongo que el tipo pensaba que yo sólo quería orientarme a la pérdida de peso o tal vez pensaba que mis cualidades físicas no eran apropiadas para la práctica del Aikido, pero tampoco tuvo la honestidad de decírmelo claramente y a mí, sin una razón clara, no me parece bien que me prejuzguen y que me disuadan de algo que pueda desear hacer. 

Por el contrario, el profesor de Wing Tsun nos animó a probar tres clases gratis, nos dio a entender que éramos bienvenidos y nos hizo ver que era un arte marcial que era adaptable a nuestra forma física (no es necesario ser un joven ciclado de veinte años, que era el ambiente que temíamos encontrar en el gimnasio). 

Un año y medio después me encuentro encantada. Aquel año me tocó trabajar en un instituto dando clase en un aula de compensación educativa a adolescentes en situación social muy deprivada (imaginaos lo peor: acertaréis, aunque nunca lo escribiré porque los años me han enseñado prudencia). Yo vivía con un estrés terrible y, parece que no, pero ir a soltar adrenalina a un tatami tres veces a la semana ayuda a sobrellevar las situaciones estresantes. Añadid a eso que, además, estaba preparando la oposición (es decir, más estrés) por lo que creo que de no haber estado en Wing Tsun hubiera explotado (modo dramático on) dejando todo lleno de sangre, vísceras y órganos (modo dramático off) así que eso que ganamos. 

Además de liberar estrés, se puede decir que:

  • Me ha ayudado a mejorar la concentración. Una vez una mujer budista que conocí en Blablacar me contó que meditar es ese estado en el que la mente se queda centrada únicamente en el presente (porque lo de dejar la mente en blanco no es posible, puedes centrarla en la música, en una voz, en tu respiración…). Pues bien, aunque lo que esté de moda sea meditar desde la quietud, resulta que se puede meditar desde el ejercicio si alcanzas un alto grado de concentración y a mí me resulta más sencillo meditar desde la atención a mis movimientos que desde la quietud total.  Por tanto, recomiendo la práctica de las artes marciales a las personas dispersas, y muy especialmente, a niños y a adultos con TDAH.

 

  • Me ha ayudado a resolver conflictos de pareja. Sí, porque un día estás cruzada con tu novio (o viceversa) y tras hora y pico de pegarse civilizadamente y con unas pautas en un tatami, cuando sales del gimnasio se te ha pasado todo el enfado que pudieras tener… y eso es sanísimo. Por cierto, también es muy bueno para una relación de pareja, pienso yo, tener una afición en común. Hay parejas que no se separan para nada, que eso no me parece bien porque acabas sin individualidad, pero tampoco es bueno no tener aficiones en común, así que para parejas que no estén en “plan lapa” empezar un deporte así juntos puede ser muy buena cosa (aunque haya quien prefiera apuntarse a bailar salsa, gustos hay para todo). 

 

  • He notado mejora física, aunque no haya bajado de peso. Considerando mi costumbre de ganar diez kilos con cada oposición, el hecho de no haberlos subido ya se puede considerar una ganancia. No obstante, hay cosas que son mucho más importantes del peso, aunque se nos haya inoculado a las mujeres que la finalidad principal de hacer deporte es adelgazar. Por ejemplo, yo he ganado bastante fuerza en brazos y piernas (sin ponerme cuadrada, si una mujer no hace nada extraño, es imposible que muscule salvajemente sólo a base de deporte). También he ganado flexibilidad, resistencia y equilibrio. Además, algo muy interesante: cuando practicas artes marciales, te enseñan a caer. Todos nos caemos unas cuantas veces a lo largo de nuestra vida y una mala caída puede suponer una avería bastante seria, así que imaginad la ventaja que supone el haber entrenado para caerte del modo menos lesivo posible. 

 

  • Soy más consciente de mi cuerpo. Toda la vida me he sentido muy torpe. No diré que sea mentira, sigo siendo torpe… pero no tan increíblemente torpe como me sentía o como me llegaron a hacer sentir. Mis problemas de coordinación suelen tener que ver con algún problema de lateralidad de base pero, una vez que aprendo un movimiento, desarrollo una gran rapidez aplicándolo. Estoy en un momento en el que empleo muy bien los brazos. Me ha costado más tener control de las piernas pero, tras muchos meses de lucha, comienzo a parar el 50% de las patadas que me lanzan (no es cosa fácil). La progresión ha sido increíble: de no parar ninguna a ser ya capaz de parar la mitad. En resumen… tengo una visión más certera de mis puntos fuertes y débiles en el uso de mi propio cuerpo y me veo prosperar, ya que lo trabajo por objetivos y los voy cumpliendo. Por supuesto, todo lo que sea mejorar mi coordinación en las artes marciales supone mejorar mi coordinación en el manejo general de mi cuerpo. Tengo la convicción interna de que haber estado preparando el carné de conducir a la vez que entrenaba me ayudó a obtener el carné. 

 

  • He adquirido una mayor tolerancia a la frustración. Es lo que ocurre cuando te empeñas en hacer algo para lo que no tienes habilidades naturales. Te toca asumir que aprenderás, pero despacio, dejas de competir con los demás y compites contra tu propio desarrollo, aprendes a gestionar los días en los que no sale nada y disfrutas mucho más de los días en los que superas esos retos y te van saliendo las cosas. Da humildad y añade fuerza al carácter. 

 

  • La obviedad: me siento más segura de mí misma, más capaz de defenderme si alguien intentara agredirme. No es que sepa demasiado, muchísima gente sabe más que yo, pero a buen seguro sé más de lo que un atacante potencial podría presuponer (nadie espera que una treintañera gorda practique un arte marcial, confiesa) y eso ya sería una ventaja para mí en esa situación hipotética. 

 

Como veis, tengo mucho que agradecerle al Wing Tsun, estoy encantada de haber permitido que algo así entrara a mi vida, pero cuando comento esto en mi entorno lo que suelo encontrar es una apatía absoluta. Sin ir más lejos, recuerdo que el año pasado dos de mis compañeras del instituto estaban hablando de qué deportes practicaban y, cuando quise entrar en la conversación me ignoraron, aunque quiero pensar que lo hicieron inconscientemente. Supongo que pensaron que no era un deporte tan eficaz o yo no sería una persona muy seria si practicaba un deporte y seguía gorda. 

No me llamaría tanto la atención el tema de la apatía total si no fuera porque veo que cuando mi chico comenta entre sus amistades o sus compañeros de trabajo algo relacionado con el deporte que practicamos, las reacciones son muy distintas: le hacen preguntas, muestran interés, lo ven como algo bueno

Cuando decidí apuntarme varias personas me preguntaron si no me daba miedo que me pegaran o si no me daba apuro estar en un lugar rodeada de hombres. Supongo que muchas mujeres temen practicar una actividad en la que puedan recibir algún golpe, sufrir dolor o ir a casa con alguna marca física. Si, por casualidad, eres mujer, estás interesada en practicar un arte marcial y estás leyendo esto, ve tranquila. Hay gente a la que le gusta trabajar con más contacto y hay otra que tolera menos, hay gente que trabaja con más intensidad que otra gente y, lo más importante, a nadie le gusta ir a un lugar a sufrir. Una persona seria te hará trabajar con protecciones, no te pedirá hacer nada inasumible y, además, hallarás compañeros que respetarán tus límites al igual que tú respetarás los suyos. Os sorprendería saber lo seguro que es y la tasa tan baja de lesiones que hay: me da a mí que en muchos deportes considerados más seguros (fútbol, ciclismo, running…) se producen más lesiones… pero me toca aguantar que la gente dé por hecho que soy una especie de masoquista que se ha aficionado a ir a gimnasio a recibir palizas (falso, falsísimo). 

Lo de estar rodeada de hombres merece una ampliación. Realmente yo esperaba que hubiera más hombres que mujeres, las convenciones sociales están ahí y son muy difíciles de superar, pero no esperaba que en mi grupo sólo hubiera dos mujeres: otra chica y yo (y la otra chica asiste poco, así que la mayoría de las veces soy la única mujer de mi grupo). No es algo particular de mi gimnasio, pues cuando tenemos un examen de cinturón en el que nos juntamos varias escuelas, la proporción de mujeres por gimnasio sigue siendo la misma, así que en los exámenes no he llegado a ver ni siquiera a diez mujeres. 

Un día hablaba de esto con un compañero que ha alcanzado el primer Dan (es decir, que ya está en condiciones de dar clase) y me dijo que las mujeres no suelen apuntarse a los grupos mixtos, que lo que tiene éxito con ellas es el formato de curso de defensa personal conformado exclusivamente por mujeres.  De hecho, él tenía intenciones de montar uno. 

De esta información se pueden deducir dos cosas: 

  • Las mujeres prefieren dar unas cuantas clases al año de “defensa personal” que ser fieles y constantes en la práctica de un arte marcial. 
  • Las mujeres prefieren dar clases en un grupo femenino que en un grupo mixto. 

Dos datos que me parecen tremendos, ya que la única manera de sacar provecho de esos talleres, de interiorizar lo que allí se enseña, es con la práctica continua, ya que se trata de memorizar a nivel instintivo (memoria muscular, si lo preferís) unos movimientos que os aseguro que no salen de forma natural. No basta con saber que existen porque si eso fuera así, nos bastaría con ver tres veces “Karate Kid” para aprender a hacer kárate, por poner un ejemplo. 

Por otro lado, las mujeres por el hecho de ser mujeres estamos más expuestas a ser atacadas físicamente que los hombres (robos, violaciones, malos tratos). Además, contamos (de promedio) con menos fuerza física; deberíamos estar mucho más interesadas en saber defendernos que ellos (que sí, que la culpa es de los agresores y no de las víctimas y una mujer no tendría por qué saber defenderse físicamente en un mundo civilizado, pero resulta que este mundo no es todo lo civilizado que debería y a veces, mal que nos pese, pueden hacer falta algo más que palabras). 

Bicheando en Internet, vi que existen unos talleres de “autodefensa feminista” que al final es esto mismo: una serie de talleres que se dan sin continuidad, mezclados con nociones psicológicas acerca de qué postura física adoptar, qué tono de voz y demás claves no verbales para mostrarse como alguien fuerte ante un agresor potencial. Imagino además que en estos talleres, por estar formados únicamente por mujeres, se hablará de cómo usar elementos como los accesorios femeninos (tacones, anillos, uñas largas) a favor propio en una situación de peligro. 

A propósito de nada ¿habéis notado que la moda femenina siempre va en contra de la libertad de movimientos? faldas cortas, ajustadas, tacones, escotes, bisutería, cabello largo, anillos, pulseras, pendientes… últimamente me ha dado por pensar en lo complicado que debe ser correr con un vestido ceñido y tacones, lo fácil que es tirar a alguien del pelo o, incluso, de unos pendientes largos, el peligro que hay de hacerse daño a una misma si das un puñetazo con un anillo puesto… la ropa considerada femenina no contribuye a reforzar nuestra comodidad, autonomía y capacidad de defendernos. 

Volviendo a los talleres de “autodefensa feminista”, al final me toca reiterarme: si no hay continuidad, con uno, dos o tres talleres al año no aprendemos nada. Las habilidades sólo pueden aprenderse de un modo: la práctica repetida y constante. Por no hablar de que lo más probable es que una mujer no sea atacada por una mujer, sino por un hombre, por lo que, de cara a entrenar sus habilidades, precisamente lo que interesa es practicar con compañeros de diferentes alturas y complexiones físicas. Si sólo practicamos nuestras habilidades contra mujeres, estaremos perdidas el día en el que nos aborde un atacante de 1.80 y 100 kilos, así de simple. 

Por lo demás, he tenido la suerte de contar con unos compañeros estupendos de los que aprendo y que no me dan problemas, a excepción de dos pequeñas situaciones que intento combatir: 

  • Muchos van suave de más, por mi condición de mujer. Tienen miedo a darme un golpe, a hacerme daño. Yo lo entiendo, hay que tener cuidado con los compañeros, pero no deberían tener más cuidado conmigo que con cualquier otro miembro de la case. Si son “demasiado blandos” va en contra de mi aprendizaje. 
  • Algunos dan por hecho que sé menos que ellos y no necesariamente es cierto. Admito que no soy la persona más hábil de mi grupo (no lo soy ni de lejos, de hecho estoy entre los menos hábiles si hablamos de los dones que nos da mamá Naturaleza) pero no siempre estoy equivocada (aunque sea por cabezona, acabo aprendiendo). A veces alguien que ha ido menos a clase o sabe menos de algún aspecto en particular que yo se empeña en corregirme o en no escuchar mis aportaciones y, supongo, que algo de “micromachismo” hay en todo eso. También hay quien simplemente es así con todo el mundo  pero todos y cada uno de ellos me parecen excelentes personas, así que estoy intentando resolver ambas situaciones desde el cariño, la pedagogía, la paciencia y la sutileza. 

Importante: sí hay compañeros (muchos) que me tratan con igualdad, que me corrigen pero que también aceptan mis correcciones si en algún aspecto estoy “más fuerte”, que practican conmigo igual que con cualquier otro y de los que, en consecuencia, algún golpe he recibido (igual que los he dado). Y me parece genial, es así como se aprende, es la gente con la que más me gusta entrenar. Si no asumiera ningún tipo de contacto físico, como suelo decir a mis compañeros para tranquilizarles, me hubiera apuntado a baile de salón en lugar de a un arte marcial.

Un último dato: ¿sabíais que el Wing Tsun (eso dice la leyenda) fue desarrollado por una monja budista? ¿y que su primera alumna fue otra mujer a la que enseñó a defenderse de un hombre que la perseguía? Pensad en ello. 

Espero que os haya resultado instructivo o, al menos, que esta parrafada no os haya aburrido demasiado. 

¡Un abrazo a quienes me seguís leyendo!

Acerca de Hécate

Lee y me cuentas.
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