De Oporto a comisaría


¡Hola, coliflores!

Hoy me dispongo a contar una historia que empezó con un regalo y acabó en comisaría.

El regalo era para una amiga que se acaba de soltar un lastre muy importante en su vida y, digamos, lo merece.

El caso es que me puse de acuerdo con otra amiga común para prepararle conjuntamente un viaje de 2 días a Oporto. Previamente sería necesario engañar a la muchacha para traerla a Madrid, desde donde cogeríamos el avión.

El primer día nos divertimos mucho. Tuvo su limpieza de cutis, su restaurante y una dosis de diversión que no esperaba en una «Escape room», experiencia que recomiendo muy encarecidamente.

El segundo día comenzó en un avión. Oporto es una ciudad con encanto que merece ser visitada, contemplada, comida y bebida. ¡Hay más de cuarenta formas de comer bacalao y tantos o más vinos para elegir!

Además, Oporto es una ciudad idónea para la gente que como yo se comunica en español y en un inglés muy básico. Al final un día te descubres chapurreando en tres idiomas a la vez… y haciendo amigas de Brasil que coinciden contigo en el metro y con las que acabas intercambiando teléfonos (je je). También hay que tener en cuenta que los portugueses por lo general son personas verdaderamente amables.

No hay problema en usar el transporte público, los precios de las cosas son algo más baratos que en España, lo único malo son las cuestas y los adoquines.

Recomiendo visitar la librería Lello ( ojo, las colas son terribles y hay que guardar las pertenencias en una taquilla), la estación de Sao Bento, el Ayuntamiento, el mirador de la catedral, la Torre de los Clérigos y la calle de las flores. Además, hacer algún recorrido en barca por el Duero es obligatorio o debería serlo.

Todo iba bien hasta que la fatalidad empezó a cruzarse en nuestro camino (¿recordáis el «factor Silvia», lectores veteranos?). Y eso sucedió en el aeropuerto.

Como en el viaje de ida casi no embarcamos por culpa de un momento All Bran que duró demasiado, decidimos tomarnos el viaje de vuelta con tiempo, algo así como unas 5 horas antes del momento del embarque.

Primer microinfarto: vamos a pasar el control y no encuentro los líquidos de mi equipaje. Los di por olvidados en el baño del hotel. Pensé que, total, si había líquidos, ya me harían abrir la maleta. Un gel de 150 ml y pasta dental son dos artículos verdaderamente terribles.

Pero mi maleta, al igual que todas las demás, pasó dos veces el escáner y vi alguna que lo pasó tres veces.

Fue una risa (o quizá no) descubrir estos productos en mi maleta una vez que pude deshacerla en Madrid.

El segundo microinfarto ocurrió en la cola para embarcar. De pronto el avión no llegaba, aunque en ningún momento había aparecido el «Delayed» en la pantalla. El retraso fue de cerca de un par de horas y Ryanair no nos debe dinero por apenas cuarenta minutos.

Preguntando, supimos que el avión que debía llegar a Oporto desde Madrid había salido de Londres y que, precisamente en el aeropuerto de Londres, hubo restricciones en el tráfico aéreo, con lo cual hubieran podido avisarnos literalmente desde el principio.

Mi amiga, la del regalo (que era su primera vez en un avión) supo que ansiedad es cuando la gente pasa de hacer fila de pie a sentarse y desesperación, cuando la gente pasa de estar sentada a tumbada.

No obstante, al final subimos y nos quitaron el equipaje, pues últimamente Ryanair, además de cobrar un recargo por sentarte cerca de quienes quieres, te quita el equipaje de mano (aunque cumpla con las medidas) para tratarlo como si fuera equipaje facturado, es decir, para hacerte esperar más para irte con la esperanza de que, la próxima vez que viajes, accedas a pagar el correspondiente recargo.

Al salir del aeropuerto nos esperaba Noel, que corrió todo lo posible para poder pillar cuatro hamburguesas con sus correspondientes refrescos en el Mac Auto, que a las dos cierra. El hecho es que las pedimos y la dependienta, cerrándonos la ventanilla en las narices, nos largó una bolsa bien hermosa en la que sólo encontramos cuatro tristes Coca Colas una vez que miramos su contenido en mi casa… y ya, como imaginaréis, era demasiado tarde para reclamar.

Menos mal que esta buena gente días atrás trajo una ensaimada tamaño rueda de carro que nos resolvió la papeleta.

Pensaréis que por aquí termina la historia, pero lo leído no es más que la introducción (sí, los resúmenes siguen siendo mi fuerte). La verdadera historia comienza cuando, al día siguiente, llevo a estos amigos (las dos amigas y el marido de una de ellas) a la plaza de garaje que tenemos alquilada, les habíamos prestado y en la que no nos había sucedido nada en tres años y nos encontramos con la escena: el coche sin ruedas, apenas sostenido por cuatro extintores.

Continuará….

Acerca de Hécate

Lee y me cuentas.
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Una respuesta a De Oporto a comisaría

  1. Ana dijo:

    Tus historias son un show! Jajajaj. Yo pensaba que terminaria ahi la anecdota y me estaba preguntando que narices tendria que ver la policia en todo esto. Estoy deseando ver como continua!
    Detalle pequenho, pero que merece la pena nombrar, dice el British Council que tu ingles ya no es tan basico! 😉
    Perdona por las faltas de ortografia, el teclado checo me desconcierta (y me da una pereza loca ponerme a configurar este ordenador).

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