Atrapados en la nevada

¡Feliz año, gente!

No tengo mucho tiempo para escribir, pero esto tenía que contarlo. Total ¿no me había propuesto como objetivo para el 2018 el escribir, al menos, un texto al mes?.

Quienes me leéis desde hace tiempo, sabéis que hace unos años, cuando contaba por aquí cosas bastante más personales que las que cuento ahora, solía hablar de lo que llamaba el Factor Silvia y que se resumía en la siguiente máxima: “a mí me pasa todo aquello que puede pasarle a cualquiera”.

Este año ha entrado así para mí. Primero, me cargué el ordenador del padre de mi conviviente. Nótese el circunloquio para no llamarle “suegro”, ya que técnicamente no estoy casada. Después, el coche se averió y nos vamos a gastar unos cuantos y muy dolorosos euros en su reparación. Ya sé lo que estáis pensando, “cabroneiros”: aunque tenga la “L” la avería no ha sido mi culpa… ¡y menos mal!. Y ya, como remate, guinda del pastel o como lo queráis llamar, resulta que Noel y yo fuimos dos de los miles de afortunados que nos quedamos atascados en la nieve en la AP6 el día 6 de enero.

Ya sabéis, hay dos tipos de personas: aquellos a quienes les toca la lotería de Navidad y los (pringados) que nos quedamos atascados en la nieve. Indudablemente, yo tenía que pertenecer al segundo grupo.

Noel y yo pasamos veintidós horas en aquel ALSA, diecisiete de ellas atascados en la nieve, y quiero pensar que en el fondo fue una suerte que el coche se quedara en Asturias. En el autobús contamos con botellas de agua durante muchas horas, aunque llegaron a acabarse, caramelos, bolsitas de frutos secos, calefacción y, lo más importante, acceso a un cuarto de baño a cubierto. Noel hubiera preferido que le ocurriera en su coche, pero, como mujer, valoro mucho el no haber tenido que hacer mis necesidades al fresco.

Al principio no nos pareció raro. Llevo unos cuantos años yendo al norte en Navidad. He visto nevar mucho más fuerte sin que sucediera absolutamente nada. Hasta el momento, lo peor que nos había podido pasar era afrontar el riesgo de encontrarnos el puerto cerrado dos o tres horas, pero jamás nada como esto.

Al final socializas con la gente que hay cerca. Había un señor que perdió un enlace con otro autobús que le llevaba a Algeciras y que tenía miedo de perder un billete de avión. Una chica a la que le tocaba trabajar el domingo también llegó a perder, o eso creo, su jornada de trabajo. Luego, en el bus, había niños y personas mayores que no soportan igual de bien lo de pasar un prácticamente un día sin comer ni dormir. De hecho, la Guardia Civil debió rescatar a un señor mayor que había en el autobús de detrás (hubo varios autobuses atascados) al que le dio un ataque de ansiedad. También vi como la UME sacó a una mujer de algún coche con un bebé de muy poco tiempo en los brazos.

¿Qué no vi? Máquinas quitanieves, sal, información en los medios hasta que la cosa se puso muy grave… baste decir que el pitote comenzó a las 19.30 de la tarde pero no leí en prensa que Iberpistas hubiera pedido ayuda hasta las 1.30 de la mañana, que fue cuando avisaron a la Guardia Civil y a la UME.

Tampoco vi a la ayuda circular por nuestra zona (kilómetros 80 al 75) hasta bien adentrada la mañana del día siguiente. Luego entendí por qué: el ejército estaba liberando a los vehículos uno a uno, a paladas. Por cierto, menos mal que un vecino de la zona, que merece un monumento, decidió facilitarle la vida a nuestros salvadores abriendo un camino en la nieve con un tractor.

Imagino que no os podéis imaginar lo nerviosos que nos pusimos cuando, unas tres horas antes de nuestro rescate, el guardia civil que fue a ayudar al señor del ataque de ansiedad del bus de atrás nos comunicó precisamente que 1. la ayuda no llegaría a nosotros hasta dentro de dos o tres horas y 2. que no tenían ni idea de cómo o cuándo nos iban a poder sacar de allí. 

Ya por esa hora se estaba acabando el agua y Noel decidió coger las botellas de plástico vacías de las botellas que nos habíamos bebido y llenarlas con nieve para poder ir bebiendo la nieve derretida.  La chica que conocimos en el bus nos ofreció comida y la rechazamos explicándole que más nos valía a todos ir racionando los alimentos, por lo que pudiera pasar. El bus abrió sus puertas para que a gente que se había ido quedando sin calefacción o gasolina pudiera pasar, ir al baño, etc… y ese baño pronto pareció más una ciénaga que otra cosa.

Después de diecisiete horas y (por mi parte) tres películas y algunas partidas al backgammon y al solitario para matar la ansiedad y (por parte de Noel) hacerse un experto en jugar a las damas, vivíamos pegados a Twitter, el medio más eficaz para informarse de algo que está sucediendo en directo, ya que a través de la prensa o de la radio no se llegaba a nada claro. Sin ir más lejos en un programa de radio (creo que de la SER) tuvo la desfachatez de decirse que éramos unas decenas los viajeros que habíamos quedado atrapados. ¡A ver, periodista, alma de Dios, que sólo en el bus ya éramos más de 50 personas!

Eso sí, por otro lado gracias a Twitter vimos que hubo gente en situaciones desesperadas: gente sin gasolina, gente sin calefacción, gente sin comida, pacientes diabéticos sin suficientes cargas de insulina… personas a las que les llegó antes la solidaridad de los viajeros de otros coches o de la gente de los pueblos cercanos que la ayuda que esperábamos. También hubo gente que fue llevada a refugios, pero que no recibieron absolutamente nada salvo el techo.

Desesperante es poco, y más aún cómo hay gente que nos dice que la culpa es de los viajeros. ¿Quién nos manda querer incorporarnos el lunes a nuestros trabajos?

Ahora ando pendiente de las reclamaciones. Por un lado, me he apuntado a la iniciativa de la OCU. Por otro, a una plataforma de afectados por la nevada que está organizando un abogado que se vio afectado con el fin de plantear una reclamación colectiva (información en los enlaces).

Ya os iré contando en qué queda todo esto.

¡Ya tengo una historia que contar a mis nietos, si algún día los hubiere*! Si no, seguiré dando por saco a mi alumnado con mis batallitas.

*Adopta a un verbo en futuro de subjuntivo. Está en peligro de extinción. Él nunca te abandonaría.

 

 

 

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Objetivos 2018 (realistas y detallados)

¡Hola, caracolas!

Os saludo aprovechando un ataque de insomnio. Sé que aún tengo pendiente la entrada del final de las vacaciones (no voy a poder escribirla en Asturias, me dejé mi diario de anotaciones en Madrid) pero entendedme: acabó el trimestre, estuve en Almería viendo a la familia y a los amigos, subí al norte a estar con la gente de Noel… esto por no hablar de que el fin de semana anterior anduve en Rabat visitando a mi querida Miss Beaton, que nos devolverá la visita después de Reyes (¡yupi!).

Es muy probable que esta sea mi última entrada del año 2017, así que apelaré a un clásico entre los clásicos: la famosa lista de buenos propósitos. Quiero hacerla concreta y realista, porque sé que si no lo hago así, no voy a cumplir ni uno. Los voy a ordenar por ámbitos y puede que escriba unos cuantos. Supongo que esto es como la lotería, si cuantos más números compre más posible es que me toque, cuantos más objetivos redacte, más probable es que los cumpla… y, además, a diferencia de lo que ocurre con la lotería, redactar deseos es gratis.

Alguien me podría decir “qué leches me importan tus propósitos para 2018”. Además, tendrá razón, no importan a nadie más que a mí y a quienes convivan conmigo muy de cerca y se vean afectados de algún modo por ellos. Sin embargo, los seguiré escribiendo y publicando porque es un buen ejercicio y porque, según termine el 2018, podré valorar si he hecho o no los deberes.

ALIMENTACIÓN:

  1. Comer de un modo más casero. Lo hago ya bastante, pero quiero mejorar eso.
  2. Eliminar los refrescos con gas de mi vida. Prácticamente han sido erradicados de mi vida diaria los embutidos, el queso de untar, los patés, la sal… incluso añadiría el alcohol, pues ya no bebo casi nunca. Sin embargo, es durísimo quitarse de la Coca Cola.
  3. Intentar aumentar el consumo de verduras/ frutas. Hay temporadas donde tomo muchísimas y otras en las que me descuido más. Toca intentar lograr las 5 piezas de fruta/ verdura al día.
  4. Controlar el peso. Vigilar si subo o bajo. Intentar no subir.

DEPORTE: 

  1. Continuar practicando Wing Tsun del modo más regular posible.
  2. Conseguir al menos dos grados más de Wing Tsun en los próximos 12 meses. Eso me permitiría vestir a partir de ese momento la camiseta negra. Ojo, no confundáis la camiseta negra con un cinturón negro, todavía voy a seguir muy lejos de eso si cumplo ese objetivo. Lo que sí conseguiría es, digamos, cumplimentar la parte básica de defensa personal del sistema, lo que te permite defenderte si te aborda un cabestro por la calle que no tenga conocimientos ni se espera que los tengas.
  3. Bajar mi última medida de 62 pulsaciones. Eso implica fortalecer el corazón. El año pasado tenía más de 70.

SALUD:

  1. Vigilar mis temas de salud pendientes: mantener el asma alérgica bajo control, hacerme un chequeo general anual (me va tocando analítica), comprobar si la miopía ha aumentado (que me temo yo que sí), hacerme otra limpieza de boca (dentista), continuar con la costumbre de ponerme la vacuna de la gripe y mantener a raya un hongo que me ha salido en la uña de un pie (putadón de los buenos).

ESCRITURA:

  1. Retomar mi proyecto de hacer un recopilatorio de cuentos para autopublicarlos.
  2. Intentar rescatar aquel texto pendiente que tenía con “Caterina”.
  3. Pensar qué puedo escribir en materia pedagógica, para no dejar de lado tampoco esa vertiente de mi trabajo.
  4. Escribir, aunque sea, un texto al mes. Los buenos hábitos que forman parte de mí no hay que dejarlos.

INTELECTO:

  1. Aprobar 3º de la Escuela Oficial de Idiomas (EOI) de inglés.
  2. Tratar de presentarme por libre a un examen que me acredite un B2 de inglés.
  3. Aprobar 1º de la EOI de… la otra lengua a la que me apunté.
  4. Retomar mis hábitos lectores, que están de capa caída (como mis hábitos escritores) y eso no puede ser.
  5. Realizar algún curso más relacionado con nuevas metodologías para la docencia.
  6. Continuar viajando a, al menos, un destino fuera de España en 2018.

CASA:

  1. Terminar de dar el alta a los suministros y adquirir los muebles básicos. A ver si, con un poco de suerte, Noel y yo podemos disfrutar bien de ella aunque sea en Semana Santa.

AUTONOMÍA:

Nota previa: sé que todos dependemos en cierta medida de los demás, pero se trata de depender lo menos posible. 

  1. He de comprarme en cuanto sea posible un coche de segunda mano, con el fin de practicar yo sola con el coche y hacer pequeños desplazamientos, aunque se trate de hacer recados dentro de Alcorcón. En mayo del año que viene se va a cumplir un año desde que obtuve mi “L” y moralmente no debería quitármela. Esto implica, paralelamente, adquirir un GPS. Uno de mis grandes miedos a conducir sola es lo mal que me oriento… por no decir que en realidad no me oriento en absoluto.
  2.  Aumentar mi recetario de cocina. El pobre ha permanecido encogido, entre otras cosas, por las restricciones dietéticas que tenemos, pero hay que aprender a sortearlas.
  3. Debo analizar cómo gestionar mi tiempo. A finales de 2018 empezaré de nuevo a preparar oposiciones y el gran reto no superado de este año fue prepararlas a la vez que trabajaba. Podría optar por no trabajar mientras estudio, pero ahora mismo cada punto de experiencia cuenta mucho.
  4. Echar CV por el norte el año que viene. A la larga, quiero salir de Madrid y vivir en mi casa aunque, eso sí, preferiblemente trabajando de lo mío. Siendo muy sincera, y aunque de corazón estoy comprometida con la pública, si lograra trabajar en la enseñanza con unas condiciones dignas acercándome a la ciudad en la que quiero vivir y quitándome de encima la esclavitud de opositar… pues yo sería muy feliz, qué queréis que os diga. No necesariamente ha de ser en colegios privados, hay otras opciones relacionadas con la educación que me gustarían. De todos modos, si no sale lo que quiero, seguiremos estudiando y tratando la mudanza por otras vías.

Hay algunos propósitos de otra índole que no redactaré. Ahora distingo mejor que hace algunos años qué debo poner y qué no debo poner en un blog… pero esos son tan importantes que no los voy a pasar por alto por no escribirlos.

¿Qué me decís de los vuestros? ¿Compartís alguno conmigo? Si queréis, podéis hablarme de ello en los comentarios.

¡Abrazos a quienes aún hoy, pese a todo, seguís pasando por aquí!

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Resumen de mi viaje a Tailandia (4)

Día 11:  Excursión guiada al Templo Blanco y al Triángulo Dorado.

Km recorridos: en coche unos cuantos, a pie “cerete”.

Monzón: justo al volver al hotel, de noche, así que volvimos a librarnos.

Hitos: 

  • Visitamos unos manantiales de agua caliente (hotsprings) en los que cuentan que es posible cocer un huevo. Nosotros eso no lo hicimos, pero sí lo de mojarnos los pies, que es lo que hacían locales y extranjeros.
  • Luego fuimos al Templo Blanco. Se trata de un templo budista a medio acabar que el constructor está haciendo enteramente a su capricho, como único socio capitalista. De hecho, no acepta grandes donaciones particulares. Hay que tener en cuenta que en los exteriores del Templo hay incluso un museo en el que se exponen las obras artísticas del constructor. El Templo merece la visita: desde el exterior es blanco casi en su totalidad (cosa que no ocurre con los otros templos budistas), que los baños sean dorados (para indicar que lo importante es el interior), que haya tantas llaves “colgando por ahí” y, sobre todo, las representaciones icónicas del interior del Templo, que son las que lo han hecho famoso. Dentro os podéis encontrar a Bush, Bin Laden, las Torres Gemelas, Pikachu, Batman, Sailor Moon, los Angry Birds… por lo que nos explicaron, es un modo de explicar que ni los superhéroes de las películas nos pueden salvar del infierno. Matizo: Por cómo estaban representados, Bush y Bin Laden están ya ahí (con independencia de que Bush esté vivo).
  • Después nos fuimos a “No man’s land” (Triángulo dorado), la zona que se encuentra entre Tailandia, Laos y Birmania. Antiguamente era una zona alegal en donde era muy fácil asesinar sin ser juzgado o ejercer de traficante, pero lograron convertir aquello en una zona turística muy vigilada para evitar tales tentaciones. Desde ahí, entramos en Laos (donde Noel bebió un chupito de escorpión; también le ofrecieron de cobra y de geko y acabó comprando la botella del licor de cobra) y después partimos hacia la frontera con Birmania.
  • También nos llevaron a la versión turística del pueblo de las mujeres- jirafa. Para quien no sepáis quiénes son, se trata de una tribu en la que alargan los cuellos de las chicas insertándoles gradualmente anillos desde la infancia, llegando a un punto en el que, si se los quitaran, acabarían con el cuello partido. Hablo de una “versión turística” porque realmente no viven en la zona que se visita. Nosotros igualmente nos negamos a entrar, ya que no queremos fomentar con el turismo que esa práctica se perpetúe.
  • El día del viaje a Krabi, antes de coger el vuelo, visitamos un templo de Chiang Mai en el que había una zona en la que no podían entrar las mujeres. Ni él ni yo entramos. Lo comento porque más gente puede verse en esa situación. En los templos es importante: a) no entrar donde no te dejan, b) no enseñar muchas piernas ni mucho escote (por eso hay en los mismos templos vendedores que te ofrecen pañolones para taparse), c) no tocarle a nadie la cabeza (ni en los templos ni en ninguna parte, es ofensivo),  d) no señalar a nadie con los pies y e) quitarte los zapatos cuando te lo manden. En esas situaciones o bien te encuentras con unos estantes para depositarlos o bien te dan una bolsita para llevarlos.
  • Lo mejor: en el tour  ofrecen la posibilidad de que te pongan en el pasaporte un sello del “Triángulo Dorado”, para que conste que has pasado por las fronteras. Por supuesto, Noel y yo pagamos por nuestros respectivos sellos. Es una tontería, pero nos gusta.
  • Para reflexionar: nuestra guía, que pertenecía a ese 1% de población que es cristiana y puede beber alcohol nos contó que en Tailandia la población es en su mayoría budista, pero luego cuentan también con hindúes y musulmanes. Lo mejor: no hay conflictos religiosos, viven en perfecta armonía.

Choques culturales/ anécdotas:

  • Primer despiste: tuve que comprar dos veces las entradas al Templo Blanco. La primera vez me las dejé olvidadas en el muy distractor baño dorado.
  • Segundo despiste: bien pude autoenvenenarme. Tras diez días cumpliendo escrupulosamente las instrucciones sanitarias que se recomiendan (no beber agua que no esté embotellada, no aceptar hielo en la bebida, no tomar helados, no consumir fruta local, alimentos muy bien cocinados…) por pura inercia me bebí un vaso de agua con hielo de origen desconocido que me sirvieron en el restaurante al que nos llevó la guía a comer. Para colmo, cuando Noel me miró espantado y me hizo LA PREGUNTA (¿¿Te has bebido el agua??) mi respuesta fue un espontáneo: “¡Y qué bien entró! ¡Qué fresquita estaba!”. Tardé un par de segundos en darme cuenta de la que había liado y, como apenas soy hipocondriaca (mode ironic on) ya me veía haciendo testamento… aunque la pobre guía, cuando le pregunté, me contó que era agua que guardaban en unos bidones pero que procedían del “Seven Eleven” (cadena de supermercados muy socorrida).
  • Podría hablar de que casi me “escogorcio” en el embarcadero (llegamos a Laos en barco) pero comparado con lo del agua es lo de menos.

Días 12, 13 y 14: Krabi.

Km recorridos: playa, sol y paseos. Kilómetros pocos.

Monzón: un par de ratos, pero bastó con ponerse bajo techo hasta que se cortó, por aquello de que se trata de lluvia intensa de corta duración.

Hitos:

  • Me cargué unos pantalones- elefante subiendo en barca. Hay que tener en cuenta que, aunque las playas de Krabi son espectaculares (se trata de playas de agua clara pero rodeadas por la selva) hay mucho negocio por parte de quienes llevan a los turistas en barcas de diversas calidades a diferentes playas, ya sea a modo de autobús o en plan circuito. De hech0, algunas islas son especialmente visitadas por haber sido escenarios de películas. En consecuencia, me tocó subir en barca y, muy mal acostumbrada a los embarcaderos como estructura, supe demasiado tarde que aquí se salta al barco desde el agua. Los pantalones- elefante, el uniforme del turista de corte hippie, tienen muy poca resistencia en la entrepierna y con muy poco esfuerzo acabaron rajados de arriba a abajo. Para colmo, cuando llegué a la playa se me rompió la parte de arriba del bikini y… Tailandia no parece una zona en la que sea buena idea atreverse a hacer topless. Además, el problema de las “islas desiertas” de Tailandia es que sólo son desiertas para lo que a ellos les interesa: en el lugar más remoto tienen un par de chiringuitos porque rincones de soledad no encuentras muchos (aunque tampoco llegan a estar masificadas) pero… ni una triste tienda de bikinis en aquella playa; tremenda falta de previsión considerando que para volver al pueblo había que volver en barca. No creo que haya sido la primera turista de la historia en tener un percance de este tipo. PD: aunque me encantaron, pese a los accidentes, yo, como almeriense que soy, estoy muy acostumbrada a playas de alta calidad. Quizá por eso esta fue la parte que menos me entusiasmó del viaje: aquella zona pierde autenticidad en detrimento de la adaptación al turista. Además, le tengo algo de manía a los lugares con mucho cambio de mareas… me resulta incómodo para el baño, no puedo evitarlo.
  • Noel tocó a un mono. Hay en Krabi una playa a la que se puede llegar cruzando una parte de parque natural a través de un puente (aunque, en función de la marea, también se puede llegar andando). Ojo, no es un puente apto para aprensivos: hace ruidos, no parece muy sólido, tiene tramos de escaleras, los escalones parecen a punto de soltarse, las barandas tampoco inspiran confianza… y (esto ya es bueno o malo según el punto de vista) llega un momento en el que estás caminando entre los árboles, rodeado de monos. De hecho, hubo un momento en el que yo me di la vuelta, pero Noel (al día siguiente) continuó por su cuenta y, viendo que tenía a un mono de espaldas, aprovechó para tocarlo levemente. ¡Y tan feliz! No tanto como cuando besó al elefante, pero casi.
  • Decidimos acabar de saltarnos las normas sanitarias. Ya que yo había sobrevivido a mi “autoenvenenamiento” decidimos soltar nuestros feos instintos y disfrutar de la estupenda fruta que hay en aquellas tierras, especialmente de aquellas que no existen en España, como la “fruta dragón”. Eso sí, no llegamos a probar el Durian, que tiene fama de oler fatal, se vende en muchos puestos callejeros (no hay que comprar nada de puestos callejeros) y está prohibida en bastantes hoteles o, al menos, eso nos comentó una chica con la que coincidimos el día que fuimos al Templo Blanco. Nuestro razonamiento fue el siguiente: “ya que estamos a punto de irnos y los días que nos quedan son de estar en la playa, si nos da el cagarro nos da igual, hemos venido a jugar”. He de admitir que sí, que algo lo notó nuestra digestión en aquellos días, pero tampoco fue un drama.

Anécdotas:

  • Es increíble lo pesadas que son las masajistas allí. Vamos a aclarar algo: ahí culturalmente la forma de vender es agresiva. La gente te sale al paso en la calle y pueden llegar a insistir bastante, porque además acostumbran a regatear, como creo haber comentado. Lo que sucede es que el masaje tailandés es una de las actividades favoritas de los turistas, en todas las ciudades a las que hemos ido te lo ofrecían, pero con la concentración tan grande de turistas que hay en Krabi, te encontrabas en el paseo marítimo dos o tres masajistas cada pocos metros. Por cierto, he de decir que el día de los elefantes, que acabé con una contractura en una pierna, acabé probando el masaje tailandés. A mí, que soy muy de tensiones musculares, me dolió como si me dieran una paliza (no es un masaje relajante, te estiran y golpean bien) pero sí que noté alivio, aunque la contractura de la pierna no desapareció totalmente hasta 3-4 semanas más tarde.
  • Otros que son muy pesados (además de los conductores de tuc tuc) son los vendedores de trajes. Es además un fenómeno que no entiendo. Si hay tantos vendedores de trajes, debe ser que hay gente que los compra, pero… ¿de verdad hay turistas en Tailandia que se dedican a comprar trajes? ¿PARA QUE?. De hecho, había camisetas en las que se podía leer (en inglés): “No quiero ni un tuc- tuc, ni un masaje ni ese estúpido traje”. Humor no les falta. Es más, luego es gente muy agradable.
  • Por las noches el paseo marítimo se llenaba también de Lady- boys. Un término  despectivo para referirse a las mujeres transexuales allí, lo sé, pero así es como son conocidas. Van vestidas en plan espectacular, casi de princesas Disney (pero con tremendas plataformas) son muy muy guapas (dicen que los mejores especialistas en cambio de sexo se encuentran ahí) y reparten folletos invitando a asistir espectáculos en los que hacen de animadoras. Como no asistimos, no puedo comentar más sobre los espectáculos, pero imagino que serán semejantes a lo que sucede en España.
  • Como curiosidad: el lugar en el que encontramos más musulmanes fue Krabi. El resto del viaje casi ni les veíamos. Me gustó ver que las mujeres musulmanas, aunque llevaran velo, trabajaban en todas partes: hoteles, restaurantes, puestos turísticos, conductoras…
  • El hotel de Krabi fue el único que pedimos en plan cómodo, por lo que también hicimos uso de la piscina (¡jamás habíamos ido antes a un hotel con piscina!). En lo único en lo que se notaba que no es primer mundo es en la ausencia total de ascensores (eso sucedió en casi todos los hoteles, salvo el último, el del hotel que pillamos en Bangkok antes de volar a Madrid).
  • Por otro lado, si en Tailandia se come genial, en Krabi ya es espectacular. Los mejores calamares de mi vida los he tomado ahí. Y no os digo nada del hojaldre de nutella con plátano frito… a ver si me leo el libro de comida tailandesa que Noel encontró y aprendo a preparar alguna de esas cosas ricas, porque las recetas tailandesas ya me están dando mucha morriña (¡necesito un Pad Thai!).
  • Finalmente, da qué pensar que la playa de Krabi en la que estuve fue la más dañada por el tsunami de hace catorce años. A lo largo de la playa hay algunos carteles conmemorativos. No es sólo toda la gente que murió (en torno a 20.000 personas), el nivel tan grande de destrucción que debieron afrontar, sino cómo han sido capaces de reconstruir Krabi en su totalidad. Nadie que no sepa lo que sucedió podría imaginarlo viendo en qué condiciones tan estupendas se encuentra ahora. Eso sí, todos los edificios nuevos…

Próximamente… EL RETORNO a España 🙂

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Informe del estado de la nación

¡Hola a todos!

Aquellos que me aprecian y aún me leen merecíais leer esta nota.

Pese a que los resultados de las oposiciones no fueron los deseados y a que he sufrido una rebaremación, el lunes he sido convocada por la DAT este para que se me asigne un centro educativo. ¡Vuelvo a las aulas! ¡Y en septiembre! Eso ha sido una gran alegría.

Próximamente os contaré más, aunque no mucho, ya que no daré datos que permitan ubicar el centro. Sí os diré que después de haber enseñado Valores Sociales y Cívicos en un centro de la sierra norte de Madrid de haber impartido clases de Lengua Castellana y Matemáticas en un instituto cercano a mi casa, lo que me apetece es tener una tutoría de Primaria, que es lo mío, pero haremos lo que la Administración me pida, como sabéis.

Por otro lado, a menos que el horario se me complique demasiado, en octubre empiezo con la Escuela Oficial de Idiomas.

En fin ¡la vida sigue! Con suerte, trabajo dos cursos más antes de jugármela de nuevo con otra oposición. Mientras tanto, disfrutaré del “año de vivir” que siempre sucede al “año de no vivir”.

Un abrazo a todos aquellos que se alegran por mí.

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Resumen de mi viaje a Tailandia (3)

Día 8: Las ruinas de Sukhotai

Lugares visitados: se fue todo el día en ver las ruinas, pero es que en esas ruinas hay mucho que ver. Son semejantes a las de Ayutthaya, pero más espectaculares en lo que se refiere a belleza monumental. Ahora bien, mientras que las de Ayutthaya daban una sensación de autenticidad inimitable por encontrarse en medio de la selva, estas han sido más acondicionadas para el turista y están rodeadas por un enorme jardín con diversos servicios. Salvando las distancias, la sensación era casi de haber mezclado Ayutthaya con el Retiro. Mucha gente aprovechaba la oportunidad para recorrer el complejo en bicicleta, pero a mí ver ruinas en algo más semejante a su entorno natural me resultó mucho más impactante. Es todo un debate entre los del “equipo Ayutthaya” y los del “equipo Sukhotai”, para que me entendáis; aunque creo que ambas son de visita obligatoria.

Kilómetros recorridos a pie: 6km. Hubieran podido ser bastantes más, pero nos sorprendió el monzón y eso nos obligó a recorrer un tramo con la ayuda del inevitable tuc-tuc, aunque en realidad todo empezó porque yo me vi agotada, decidimos subir al tuc-tuc y, justo en ese momento, comenzó a llover como si no hubiera mañana; por lo que, en dos días de monzón, nos habíamos mojado cero veces. Recordad que el monzón es intenso, pero bastante breve.

Anécdotas: Para mí el mayor choque cultural de ese día fue el autobús regular. Nosotros nos alojamos en la parte moderna de la ciudad, así que tuvimos que subirnos al autobús urbano para acercanos al complejo de las ruinas. No obstante, me estoy refiriendo al autobús con ese nombre atendiendo a su función, no a su apariencia. Para que os hagáis una idea, imaginad una camioneta pick up a la que se le ha añadido en la parte normalmente destinada a la carga una estructura de madera que la cubre, a excepción de la parte trasera, que tiene unos escalones que te permiten entrar y un par de barras metálicas verticales. Una vez que entras, ves tres bancos alargados (dos en los extremos, uno en el centro) que son donde se sientan los pasajeros. La estructura de madera cuenta con ventanas sin cristal para que circule el aire, y unas cortinillas que las puedes quitar o poner para protegerte de la lluvia. También cuenta con unos timbres dispuestos en el techo para que los pasajeros puedan solicitar la parada.  Evidentemente, el vehículo tiene más años que la tana, un olor sospechoso y, por supuesto, no pasaría la ITV… aunque, ya lo que nos dejó muertos del todo fue, durante el trayecto de vuelta a la ciudad, fue ver a un grupo de escolares subirse a él desafiando las leyes de la física. Pista: como no todos los estudiantes cabían dentro del “autobús” hubo dos o tres de ellos que decidieron viajar colgados de las barras verticales situadas en la parte trasera del vehículo, es decir, físicamente expuestos a haberse caído, a que otro vehículo les diera un golpe, etc. Eso sí, dichos estudiantes (que debían tener trece o catorce años) tenían todos teléfono móvil.

Otra de programación televisiva. Como no nos dio tiempo a continuar viendo “Pasión de Ramayanes” (ver entrada anterior) nos pudimos a ver “Hatim” (adjunto enlace), muy impactante también, sobre todo por las dotes interpretativas de los actores, aunque no tan traumática estéticamente como la otra. Igualmente, echadle un ojo al enlace.

Días 9: Llegada a Chiang Mai (combate de Muay Thai).

Monzón: ¡Sí!

Distancia “pateada”: 2km; la mitad recorriendo una misma calle hacia arriba y hacia abajo, haciendo tiempo para el combate.

Horas de autobús: siete, que se hicieron insoportables.

Anécdotas y choques culturales: el bus estaba absolutamente lleno de españoles. El modo de averiguarlo fue muy épico: una chica catalana estaba triste porque le tocaba sentarse separada de su amiga y, creyendo que no la entendía nadie, empezó a quejarse de la situación en voz alta, ya que “el autobús está lleno de guiris” (estrictamente cierto; pero tan odguiris como ella misma). A partir de ese momento, entre risas, todos comenzamos a identificarnos como españoles hasta demostrarle que estaba rodeada.

Por lo demás, durante las paradas descubrimos dos cosas: 1) El eslabón perdido entre los caramelos y las gominolas, una textura demasiado moderna para mí, y 2) Que las grandes compañías de cerveza (Shingha y Chan) también son marcas de agua mineral. Imaginad que San Miguel y Cruzcampo produjeran cerveza y agua. Tiene su gracia.

Sobre Chiang Mai: como casi todas las ciudades que visitamos, a excepción de Bangkok y de las aldeas de la selva profunda, se trata de un lugar que, si no cuenta como primer mundo, está cerca. Se ve que la gente tiene cierta calidad de vida. No es un lugar con grandes puntos para visitar, pero es un lugar que se ha hecho conocido por todas las excursiones y actividades que ofrece, lo que convierte a Chiang Mai en un lugar idóneo para tenerdiversas experiencias y muy turístico.

Ya que el primer día habíamos llegado agotados del viaje en autobús, decidimos invertir la tarde- noche en una de esas actividades: presenciar un combate de Muay Thai.

El combate de Muay Tai, tal y como se prepara en Chiang May, es en parte un circo para turistas, pero sin perder la esencia (se pegan de verdad, no es una interpetación, y hay turistas pero también locales). Es algo duro presenciar combates infantiles (vimos gente de todas las edades y categorías, desde crías de 12 años en adelante) hasta que se cae en la cuenta de lo violentos que son los partidos de fútbol infantiles en España. Al final se trata de choques culturales. Quitando este choque, el combate me resultó interesante; el llevar un año en Wing Tsun me ha hecho capaz de apreciar ciertos detalles técnicos de los combates. No es que me vaya a aficionar ahora a verlos, pero me siento más capaz de entender un combate que un partido de fútbol. Además, el Muay es el deporte nacional y es interesante ver cómo lo viven, qué ambiente se crea, qué ritos y supersticiones tienen antes de empezar (comienzan espantando a los malos espíritus…) y qué respeto se muestran los contrincantes cuando terminan, llegando a arrodillarse ante quien lo ha hecho mejor antes del veredicto de los jueces… de hecho, en uno de los combates, se arrodillaron los dos ante el contrincante, ya que era dudoso quién sería el ganador. Ahora intentemos pedir, si veis que tal, a los futbolistas de un equipo que haya perdido que se arrodillen ante los ganadores y que les den un abrazo a continuación…

Día 10: Visita al santuario de elefantes.

Kilómetros recorridos: 3, pero muy jodidos.

Monzón: Sí. Nos pilló comiendo, bajo techo, pero la consecuencia fue que el suelo estaba resbaloso.

Descripción: decidimos ir al santuario porque ambos somos contrarios a que se explote a los elefantes, el adiestramiento es violento y acaban traumatizados. En el santuario los rehabilitan gradualmente para devolverlos a la selva. Eso sí, están en un lugar aislado de la civilización, por lo que lo primero es subir en una “pick up” customizada de las muy infames, con todo el mareo consiguiente. De hecho, íbamos inicialmente con otros dos españoles y uno de ellos tuvo que parar a vomitar, pues se le juntaron las malas carreteras, las curvas, el vehículo y la conducción brusca típica tailandesa. Cuando se llega, te invitan a comer en la selva, por cierto, todo riquísimo, aunque siguiendo las instrucciones que da Sanidad, mal que nos pese: no beber agua del grifo, no usar hielos y no comer fruta, por lo que no probamos frutos exóticos con un aspecto demencial.  Después de comer se llevaron a cabo varias actividades:

  • Charla inicial. Conocemos a los elefantes. Les damos de comer plátanos.
  • Aprendemos a preparar un laxante natural para elefantes. Se los damos.
  • Dimos a los elefantes un baño de barro en un lozadal.
  • Paralelamente, nos enseñaron cómo hacer un cigarro con una hoja bananera y una cáscara de fruta rallada mezclada con el tabaco para suplir la inexistencia de filtro.
  • Nos bañamos con los elefantes en el río. Eso supuso ir caminando-patinando ladera arriba y abajo por causa de la superficie irregular, con bastantes piedras, y de la lluvia que había caído mientras comíamos. También pasamos un puente de estabilidad dudosa y cruzamos un río caminand sobre sus piedras, lo que hace obligatorio llevar escarpines/ cangrejeras para hacer esa ruta. Llegó un punto en el que cada vez que el guía anunciaba que tuviéramos cuidado, que el suelo resbalaba, me echaba a temblar.
  • Visitamos una cascada y nos bañamos en ella.
  • Logramos salir de una pieza sin usar un helicóptero. Creedme, pasé buena parte del camino creyendo que me iba a despeñar y preguntándome cómo nos sacarían de allí si alguno de nosotros tenía una caída chunga… casi todo el mundo tuvo caídas más o menos aparatosas.

He de decir que lo pasé bastante mal. Soy bastante patosa y tengo mucho miedo a las caídas; y eso que tuve la suerte de encontrar un palo recio que me fue verdaderamente útil para apoyarme (me atrevería a recomendar un cayado, vista la experiencia). No obstante, la de los elefantes ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida… y de la de Noel, que salió encantado por haber besado a un elefante. Por cierto, son listísimos. Los más jóvenes parecían reír y jugaban con nosotros y uno de ellos, uno algo mayor y muy grande con el que estuvimos mucho, nos levantó la trompa a modo de despedida antes de marchar.

Realmente me fascinan. Fue EL MOMENTAZO del viaje, a pesar del sufrimiento.

¡Próximamente más! Aún quedan cinco días por contar.

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Resumen viaje a Tailandia (2)

Día 5 (continuación):

Por la noche nos pusimos a turistear por la caótica calle Khaosan, que se encontraba muy cerca de nuestro alojamiento. Comenzamos bebiendo Shingha y Noel se vino arriba, por lo que merece un apartado contando todas las cosas que hizo o intentó hacer ese día:

  • Comprar como guiri borracho de Shingha (bueno, eso ambos).
  • Casi se hace un tatuaje de henna.
  • Casi se toma un pincho moruno de escorpión… e insistió mucho.
  • Logró sacar dinero de un cajero tailandés.
  • Compró el típico gorro de la mujer- rana (una mujer de no sé qué tribu que va vendiendo ranas de madera que croan).
  • En suma, destiló magia, casi tanta como el karaoke maravilloso que presenciamos. Imaginad: está el sujeto que canta bien y al que la gente le pide bises y, tristemente, está el amigo henchido de orgullo y cerveza que intenta lo mismo y se enfenta a un chasco inolvidable.

PD (sobre la cerveza): Es un país esencialmente budista. Los budistas en principio tienen prohibido beber alcohol y, en general, consumir cualquier sustancia que les nuble el juicio. No obstante, conviven en Tailandia con un porcentaje de hindúes (no sé si esos podrán beber), de musulmanes (que tampoco pueden beber) y de cristianos, que han de beber por todos los, puesto que los garitos están llenos y no sólo de turistas. Como días después me dijo una guía cristiana que tuve en una excursión “nosotros no tenemos problema: nuestro Dios convirtió el agua en vino”. Además, disponen de una notable carta de cervezas, aunque hay dos que compiten: Shingha y Chan (que significa “elefante” en tailandés; el elefante es el símbolo del país). Como curiosidad, me encontré en Bangkok con lugares en los que servían San Miguel, aunque, qué queréis que os diga, no me voy a Tailandia a beber cerveza española.

Día 6:

Lugares visitados: trayecto en tren de Bangkok  a Ayutthaya y ruinas de Ayutthaya. Ya dentro de Ayutthaya vimos el complejo de templos. Se trata de una ciudad que en su día albergó a un millón de habitantes. Ahora tiene unos 60.000.

Resumen de distancias hasta el momento:

  • Día 2:5 km.
  • Día 3: 12 km, con escarpines.
  • Día 4:0 km (río “guay”).
  • Día 5: 12 km.
  • Día 6: 14 km,pero seguidos, como los campeones.

Anécdotas:

  • Es preciso adaptarse a que en coches y trenes hay ventiladores en el techo.
  • En ese tren las ventanas se abrían y cerraban a tortazos.
  • En los baños de la estación de tren había una máquina con un muñequito de un señor con turbante barbudo. La gente mete dinero y saca papelitos. Considerando el aspecto del barbudo, debe dar algo así como profecías prefabricadas. Ya las profecías no son lo que eran.
  • También en los baños te recomiendan usar el agua sabiamente por el honor de tu país. Hala.
  • Sin embargo, lo que más me impresionó de los baños fue ver las instrucciones de cómo usarlos y, lo más importante: cómo no usarlos. Eran tan claras, incluyendo dibujos, que me di cuenta de mi tremendo error usando baños tailandeses. Ellos tienden a ponerse en cuclillas sobre los baños occidentales porque esa es la postura para usar sus aseos típicos, aún muy presentes en muchos lugares. Yo he de confesar que hice la estupidez inversa en alguna ocasión: usar, como buenamente pude, un urinario tailandés (casi un agujero en el suelo con plataformas para poner los pies) del modo más occidental que pude. Pocas veces me he sentido tan estúpida como con este error,así que, niños, niñas, no orinéis sentados en los baños tailandeses POR FAVOR, que acabas apoyando las nalgas donde ellos ponen los pies. DE NADA.
  • De la estación al hotel fuimos en Tuc- Tuc.  Era tan espectacular vernos en Tuc-Tuc, con sus luces, espacios reducidos y conducción temeraria, con tres maletas que juraría que incluso un monje budista nos sacó una foto.
  • La selva de Ayutthaya parece sacada de un videojuego. Es muy auténtico visitar las ruínas paseando por la selva, es parte de la experiencia. Nosotros podemos presumir de haber visto ese día a un monitor (un primo del dragón de Komodo) a muy poca distancia de nosotros.

Observaciones:

  • El típico desayuno tailandés es sopa.  Está buena, pero no me pega nada para desayunar.
  • Vimos un árbol vestido de mujer, pero nunca entendimos por qué.
  • La Fanta rosa ( de fresa)es la favorita del Buda: se la sirven en todos los altares de los bares.
  • He visto tablones de estabilidad dudosa haciendo de puentes en esa selva (por cierto, el único lugar donde encontré gente que no sabía inglés) pero llega el Internet a treinta megas.

Día 7:

Lugares visitados: Viaje (infame) a Sukhotai en autobús de seis horas de duración.

Distancia recorrida a pie: poquico.

Hitos: prácticamente nos pasamos el día llegando. Una vez ahí, comimos, descansamos, dimos un paseo… ¡y al sobre!.

Anécdotas:

  • Es más cómodo este autobús que el tren (aunque la estación de bus tiene más pinta de descampado que de estación) pero no debes sentarte bajo la trampilla de emergencia cuando llueve. Y ese día me llovió. Fue el primer día de Monzón. Duró poco, aunque fue intenso, y al pillarnos en el autobús, no nos complicó el día.
  • También hay aquí Fanta Verde (la bebida insignia del viaje), la Mirinda (esa está en todas partes) y las Oreo rellenas con té verde (fijación tienen ahí con el té verde).
  • Lo más divertido es que tuvimos ocasión de disfrutar de la programación televisiva tailandesa. Ver “Ramayán” (en perfecto tailandés) o, a mi modo de ver, “Pasión de Ramayanes” fue un descubrimiento. Entendedme: sé que es una adaptación en forma de serie de la mitología hindú,  pero su estética me impactó sobremanera.

Os pongo un capítulo, dadle unos minutos… ¡las imágenes y el sonido son esenciales!

Lo siento, pero ¡qué pechá de reír me dí!

Como esto es insuperable, aquí acabo la entrada. ¡Ya vamos por la mitad del viaje!

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