Hacía tiempo que no os contaba nada de mis actividades en Cruz Roja. Es lógico, no he vuelto a colaborar con nada (o casi con nada, es matizable), aunque eso no quita que tenga algunas novedades en la recámara.
La primera novedad es que me llamaron esta semana para ir a recoger mi título de Cooperante Internacional. Es algo que me extraña mucho porque, como recordaréis algunos, se suponía que para recibir un título de un curso becado (gratuito, por la pertenencia a Cruz Roja) tocaba demostrar actividad voluntaria al menos durante seis meses una vez finalizada la formación. En otras palabras, ser voluntario es un modo de contar con cursos gratuitos pero no son tan gratuitos: se pagan en especie.
Así pues, quizá me informaron mal, o lo entendí mal, o la cosa cambió y yo no me había enterado… o puede que, cuando diga de recoger la formación, me den a elegir entre pagar una cantidad y colaborar esos seis meses de los que hablaba. Ya os contaré, mi intención es ir la semana que viene a por el título.
La segunda novedad, es que me pidieron que colaborara con una actividad de seguimiento a mujeres y niños inmigrantes y también que echara una mano a una enfermera con un taller de primeros auxilios. Inicialmente iba a apuntarme, y no sólo “por interés” sino, como sabéis, porque me apetece hacerlo. Como he explicado en alguna ocasión, aunque entré a este voluntariado para adquirir experiencia profesional docente y completar mi CV sin coste, una vez que estoy dentro y veo las cosas tan fuertes que suceden, me acabo implicando emocionalmente porque soy una persona y no un adoquín. La cuestión es que a última hora debí cancelar ambas actividades debido a un asunto personal bastante doloroso. Voy a resumirlo, aunque todavía no es momento de escribir claramente sobre él porque aún me falta información.
El asunto trata sobre la salud de mi madre. Ella hace años que sufre dolores y pérdida de movilidad debido a una osteoporosis. No obstante, desde el pasado mes de octubre ha pegado tal “bajón” que comenzamos a ir de médicos y… parece ser que la cosa es mucho más que una simple osteoporosis. La primera noticia que tuvimos de eso fue el 28 de diciembre, estamos a 27 de enero y aún sigue de pruebas. La cita con el médico, a partir de la cual ya se supone que dispondré de toda la información, será el uno de febrero. Imaginaos, un mes enterito, aunque hay que decir que esta lentitud insoportable para obtener el diagnóstico se debe a la existencia de las vacaciones de Navidad, el derecho del personal sanitario de tomarse vacaciones a cualquier precio y, cómo no, la crisis económica. Para que os hagáis una idea, suponed que os tienen que hacer unas pruebas para descartar o confirmar una dolencia que, lamentablemente, podría ser mortal. Vais angustiados, porque en estas cosas un tratamiento rápido quizá suponga la diferencia entre vivir o dejar de hacerlo. El médico que necesitáis acudir es un internista, pero ¡qué cosas! el buen señor está de vacaciones y el hospital (centro privado, por cierto, que en el público está todavía más complicado conseguir una cita) no dispone de NADIE que le sustituya, lo que obliga a esperar un par de semanitas.
Retomando el hilo conductor, mi madre está de pruebas y, como la curiosidad es muy mala, en esta casa no se respetan los sobres cerrados. Y no sólo no se respetan, cada vez que aparece en un papel una palabra que no se entiende (cosa habitual en cuanto es redactado por un médico), una acude a internet y se pone a leer todo lo que sale, que además tiende a ser la información más alarmista del mundo. Os diría que no hagáis eso (ni lo de abrir sobres ni lo de buscar en Internet) pero me consta que es imposible resistirse a esa tentación y menos aún cuando hay algo importante en juego. Pues bien, el miércoles, al recibir los resultados de las dos últimas pruebas, leímos (toda la familia) cosas muy feas, fuimos a buscarlas en Internet y… directamente, nos hundimos… a pesar de no conocer cómo está de avanzada la enfermedad, qué pronóstico tiene ni qué tratamiento se le va a dar.
Por ello, he avisado a mi coordinadora que mi actividad como voluntaria queda suspendida provisionalmente hasta febrero. Una vez que sepa qué hay, podré decidir si continúo o no. Existe la posibilidad de que sea mucho más necesaria en casa que por los invernaderos del levante almeriense. También he cancelado mi asistencia a las clases de inglés. El motivo es que la academia está muy lejos de mi casa, cada vez que voy y vengo me toca cruzar la ciudad y dependo del bus o de mis piernas pues no tengo carné de conducir – ni ganas de sacarlo, ni dinero para hacerlo-. Prefiero buscarme una academia que quede más cerca, pues sigo queriendo presentarme al B2, pero esto también está en revisión. Esta semana hablé con un amigo que, por la mitad de lo que me cobran en la academia, me puede echar una mano con el asunto del inglés a través del ordenador y del teléfono, con un horario totalmente flexible, que es lo que yo necesito ahora, ya que no sé a qué eventualidades me voy a tener que enfrentar. Pero como os digo, esto tampoco es seguro, depende de lo que me digan.
También cancelé una clase particular y un encargo que me había salido – tengo una fuente de ingresos esporádica como “negra académica”, es decir, haciendo trabajos universitarios por otras personas, lo que al menos me permite presumir de haber recibido dinero por mis méritos literarios; no todo el mundo puede- porque no tenía ánimo. Lo que está ocurriendo en mi casa acapara mi atención y mis esfuerzos. No obstante, soy consciente de que no debo jugar con mis fuentes de ingresos, no son demasiadas y ahora más que nunca es importante ahorrar.
Y me diréis: ¿Qué pasa con la Operación Dublín? Obviamente, está en revisión. Si el veredicto que nos va a dar el médico sobre mi madre es, digamos, asumible, mi viaje a Irlanda sigue en pie. Pero si el veredicto va a ser tan serio como parece, el plan queda cancelado o, como mínimo, pospuesto a un cambio de circunstancias. Hablar de cancelación es demasiado fuerte. Por eso os digo que seguiré ahorrando… por eso y porque no sé cómo se me plantea el futuro; lo que sí sé es que la necesidad de ganarse la vida sigue estando ahí y también la verdad incontestable de que este país no da muchas facilidades a los jóvenes para que podamos vivir dignamente.
Y ahora me voy a atrever con otra confesión. Llevo unos días pensando en cerrar el blog. El motivo es que este espacio viene a ser una especie de “Diario de Guerra”, un blog de supervivencia. En suma, un espacio en el que puedo enfadarme, despotricar, pero siempre en tono positivo, con esperanza. Un espacio donde comparto mis intentos de salir adelante, que me unen a toda una generación – o a varias- con la idea de que, quizá, mi experiencia pueda serle útil a otras personas. Además, es un espacio con el que me encanta que la gente se ría, porque la risa es la mejor medicina para sacar fuerzas de donde no las hay y enfrentarse a los problemas.
Temo que las cosas salgan mal y mi ánimo caiga. No quiero que este sitio se convierta en un lugar oscuro.
Sin embargo, también he pensado que la vida es un lugar en la que hay luces y hay sombras y que quizá mis experiencias sean ahora todavía más útiles para quien me pueda leer. Se está añadiendo una nueva variable a mi situación y no soy, ni de lejos, la única que tiene que enfrentarse a ella. Igual leerme da ánimos a alguien o incluso, como me ha ocurrido muchas veces, soy yo la que puedo salir beneficiada de la interacción con vosotros. Más de una vez me habéis animado sin saberlo, ayudado a resolver problemas, despejado dudas… varias cabezas piensan mejor que una. Y, además, escribir es una actividad muy terapeútica que ayuda a poner la mente en orden y ahora, justamente porque se inicia una etapa difícil, preciso tener la mente más clara que nunca.
Por tanto, y mientras lo deseéis así, “Abajo las opos” permanecerá abierto e intentará mantenerse fiel a su espíritu irónico y combativo.
Y como no quiero que esta entrada os deje sólo con este amargo sabor de boca, quiero compartir con vosotros dos historias de esperanza.
La primera debí haberla contado hace tiempo. Trata sobre aquel chico al que debí comunicar que sufría Hepatitis B y que había llegado tarde para recibir un tratamiento, lo que le situaba en una situación complicadísima. Para quien desee más detalles, aquí está la entrada: Nueva Etapa (1).
En diciembre supe que la doctora mintió. El chico no había llegado tarde para recibir un tratamiento. ¿Qué pasó? Mucho me temo que esa mujer era racista y no quería que se hiciera gasto para un chaval que estaba desamparado por su condición de inmigrante sin papeles, sin recursos económicos y, para más INRI, ignorante de nuestro idioma; en suma, absolutamente vulnerable ante la mala voluntad de la gente.
La buena noticia es que ya ha comenzado a recibir su tratamiento y podrá superar la enfermedad. La mala noticia es que hay mucho hijo de puta suelto y, según veo, especialmente en el colectivo de los médicos, y espero que nadie se ofenda. Es que estoy teniendo unas experiencias muy malas, por razones distintas, con los médicos.
La otra historia ocurrió estas Navidades. Tengo una amiga que tiene una pastelería y el día que más vende es el 6 de enero, por el roscón de reyes. No sé si es por la falta de consideración de algunas personas o si esto se debe a la crisis económica, ella se pasó una noche en vela preparando los roscones para encontrarse conque varias de las personas que le encargaron un roscón la dejaron tirada.
Lo bonito de esta historia es que ella se comunicó conmigo y con otro chico más que también es voluntario de Cruz Roja y la cosa se movilizó para que la mañana del seis de enero se repartiera, junto con el desayuno que esta ONG reparte siempre entre los mendigos, un trocito de roscón. Es un detalle que hace esta asistencia más humana.
Así que ya sabéis qué hacer si os sobra comida. Ea. Más aún cuando ayer vi en las noticias que ONGs importantes de reparto de alimentos como Cáritas se está encontrando con los almacenes casi vacíos por culpa de esta maldita crisis.
Por suerte, aunque ahora parezca que no hay institución en España que no se haya corrompido, todavía podemos seguir teniendo fe en la bondad de la gente. De verdad que hay gente buena. La mala sombra es que para ser político o banquero se requieren instintos criminales, por eso la bondad no se encuentra ahí.
Nos seguimos leyendo
PD: Este finde volveré a intentar comentar mis blogs amigos. A ver si esta vez los electroduendes me lo permiten.